El golpe fue seco, brutal. Emma cayó unos tres metros sobre una saliente de piedra, y el aire escapó de sus pulmones con un gemido. Sintió un dolor agudo en el tobillo, un ardor en las costillas, pero no perdió el conocimiento.
—Te dije que no escaparas —dijo la voz de Faisal, flotando sobre ella como un buitre—. Ahora mira lo que has conseguido.
Emma levantó la vista. Faisal estaba en el borde de la grieta, mirándola con una expresión que era mitad enfado, mitad fascinación.
—No puedes detenerme —jadeó Emma, el dolor haciéndole ver estrellas—. Zayd vendrá. Y cuando lo haga...
—Cuando lo haga —la interrumpió Faisal—, estaremos esperando. Pero ahora, basta de juegos.
Ordenó a sus hombres que la bajaran de la saliente, y Emma, con el tobillo hinchado y las costillas en llamas, fue izada de vuelta al fortín. Esta vez, la ataron a una argolla de hierro incrustada en la pared principal. La cuerda era áspera, y cada movimiento le raspaba las muñecas.
—Eres más valiente de lo que pareces —dijo Faisal, observándola desde la mesa de piedra—. O más estúpida. Todavía no lo decido.
—¿Por qué haces esto? —preguntó Emma, y esta vez no pudo ocultar el miedo en su voz—. ¿Qué te ha hecho Zayd para que le tengas tanto odio?
Faisal guardó silencio por un momento. Cuando habló, su voz había perdido todo rastro de burla.
—¿Sabes lo que es ser el segundo? ¿El que siempre mira la espalda del primero? ¿El que siempre es comparado, siempre es encontrado insuficiente, siempre es el "casi pero no"? Mi padre fue el primogénito. Debía ser rey. Pero murió antes que mi abuelo, y el trono pasó a mi tío, el padre de Zayd. Y cuando mi tío murió, el trono pasó a Zayd. A un niño de veinte años. A un crío que no había hecho nada para merecerlo.
—No se trata de merecer —dijo Emma—. Se trata de lo que haces con lo que te dan.
—Zayd no hizo nada —escupió Faisal, y por primera vez, Emma vio la rabia desnuda en sus ojos—. Gobernó como había gobernado su padre, como había gobernado su abuelo. Siguiendo las mismas tradiciones, las mismas costumbres, los mismos errores. Yo le ofrecí ideas, planes para modernizar el reino, para traer inversión extranjera, para hacer de esto algo más que un desierto con petróleo. Y él me ignoró. Me envió al norte, a supervisar pozos de agua y disputas de pastos. Como a un niño al que se le da una tarea para que no moleste.
—Y en lugar de seguir intentándolo, en lugar de demostrarle que tenías razón —dijo Emma—, decidiste traicionarlo. Decidiste que si no podías ser rey por mérito, lo serías por la fuerza.
—El poder no se pide —respondió Faisal, y su voz era fría como el acero—. El poder se toma.
Un silencio tenso se instaló entre ellos. Emma lo miró, y en ese momento, lo vio con claridad. No era un monstruo, no era un villano de cuento. Era un hombre que había pasado toda su vida sintiéndose invisible, sintiéndose menos, y que había convertido ese dolor en un veneno que ahora lo consumía.
—Faisal —dijo Emma, su voz más suave—. Aún puedes detener esto. Aún puedes...
—¿Detenerlo? —se rió él, pero era una risa sin alegría—. ¿Después de todo lo que he hecho? ¿Después de haber levantado un ejército contra él? ¿Después de haber secuestrado a su prometida? No, Emma. Ya no hay vuelta atrás. Y francamente, ya no quiero hablarle.
Se puso de pie, y por un momento, Emma pensó que se iría. Pero en lugar de eso, sacó un pergamino del cinto y lo desenrolló sobre la mesa.
—Ahora —dijo, sacando un estilete de plata—, vas a escribirle a Zayd. Y esta vez, no voy a aceptar un no por respuesta.
Emma miró el pergamino, luego el estilete, luego los ojos de Faisal. No había súplica en ellos, ni siquiera amenaza. Solo una fría determinación.
—¿Qué quieres que diga? —preguntó, y su voz apenas era un susurro.
Faisal sonrió, y esta vez la sonrisa llegó a sus ojos.
—Algo sencillo. Algo que sepa que es verdad, pero que lo destroce igual. Algo así como...
Tomó el estilete y comenzó a escribir, deletreando en voz alta mientras la punta de plata trazaba las letras sobre el pergamino.
"Zayd: Estoy en el fortín de Al-Mutlaq, al norte del oasis de las palmeras negras. Faisal dice que si no vienes solo, me matará. Por favor, no vengas. No permitas que se convierta en lo que tú no pudiste evitar que su madre se convirtiera. Emma."
Cuando terminó, mostró el pergamino a Emma. Su letra era elegante, precisa, la de un hombre educado en las mejores escuelas.
—¿Qué te parece? —preguntó—. Creo que le llegará al corazón.
—No va a funcionar —dijo Emma, pero su voz temblaba—. Sabe que es una trampa.
—Lo sabe —admitió Faisal, enrollando el pergamino con cuidado—. Pero eso no importa. Porque vendrá de todas formas. Porque es Zayd. Porque no puede evitarlo. Porque esa es su debilidad, Emma. La misma que tuvo su madre. La misma que lo ha perseguido toda su vida. Cuidar de los demás antes que de sí mismo.
Llamó a uno de sus hombres y le entregó el pergamino.
—Lleva esto al oasis. Deja que lo encuentren. No te acerques al palacio. Solo déjalo en el camino, donde uno de sus exploradores lo vea.
Editado: 02.04.2026