La Novia Alquilada del Rey del Desierto

Capítulo 17

El viaje de regreso al oasis fue un sueño a medio camino entre la vigilia y la inconsciencia. Emma cabalgaba en los brazos de Zayd, su cuerpo agotado rindiéndose finalmente al cansancio acumulado durante dos días de terror. El balanceo rítmico del caballo, el calor de su pecho contra su espalda, el susurro constante de su voz en su oído diciéndole que todo iba a estar bien, que ya estaba a salvo, que no la iba a soltar nunca más... todo se fundía en una nebulosa de colores y sonidos que apenas podía distinguir.

—No te duermas —le decía Zayd cada vez que sentía que su cabeza se inclinaba demasiado—. Emma, escúchame. No te duermas.

—Estoy cansada —murmuraba ella, sus palabras arrastrándose como caracoles.

—Lo sé. Pero necesito que te mantengas despierta. Solo un poco más. El oasis está cerca. Layla te está esperando. Tiene medicinas, agua caliente, todo lo que necesitas.

—¿Layla? —Emma intentó enfocar la mirada, pero las dunas se difuminaban en una mancha dorada e indistinta—. ¿Dónde está Layla?

—En el palacio. La dejé al mando de la búsqueda mientras yo... —su voz se quebró un instante—. Mientras yo venía a buscarte.

Emma sintió un nudo en la garganta. Zayd había dejado a su gente, había dejado su reino, había dejado todo, para venir solo al encuentro de Faisal. Por ella.

—Eres un necio —susurró, y sus dedos, débiles por las horas de ataduras, se aferraron a su brazo—. Un necio testarudo que no sabe cuándo dejar que otros hagan el trabajo sucio.

Zayd soltó una risa baja, casi una exhalación.

—Eso me han dicho antes. Aunque no con esas palabras exactas.

—Deberías escucharlo más a menudo —dijo Emma, y por primera vez en horas, esbozó una sonrisa—. Podría salvarte la vida algún día.

—Hoy me la salvaste tú —respondió él, y su voz tenía un tono que Emma no podía descifrar—. Tus palabras a Faisal, tu valor al enfrentarlo... Emma, no sabes lo que sentí cuando te vi allí, atada, herida, y aun así desafiándolo como si él fuera el que estuviera a tu merced.

—No fui valiente —dijo Emma, recordando el terror que la había paralizado cuando Faisal acercó la daga a su rostro—. Estuve aterrorizada todo el tiempo.

—El valor no es no tener miedo —respondió Zayd, apretándola contra su pecho—. El valor es tener miedo y aun así hacer lo que hay que hacer. Eso es lo que hiciste. Eso es lo que siempre haces.

Emma no supo qué responder. En lugar de eso, cerró los ojos y se dejó llevar por el ritmo del caballo, por la voz de Zayd, por la certeza de que, por fin, estaba a salvo.

El oasis apareció en el horizonte como una promesa. Las palmeras datileras se recortaban contra el cielo del amanecer, sus copas oscuras como manchas de tinta sobre el rosa y el naranja. Las luces del palacio brillaban en la distancia, y cuando el caballo de Zayd cruzó las puertas principales, Emma oyó un grito que atravesó el silencio de la madrugada.

—¡Señorita Aisha! —era Layla, corriendo hacia ellos con las faldas recogidas, su rostro desencajado por la preocupación—. ¡Gracias a Alá! ¡Gracias a Alá!

Zayd desmontó y bajó a Emma con una delicadeza que contrastaba con la urgencia de sus movimientos. Layla la recibió con sus brazos, y Emma se apoyó en ella, sintiendo que sus piernas finalmente la traicionaban.

—Su tobillo —dijo Layla, arrodillándose para examinarlo—. Y las muñecas... ¿Qué le hicieron?

—Nada que no pueda curarse —respondió Zayd, y aunque su voz era firme, Emma vio cómo sus manos temblaban al apartar el cabello de su rostro—. Llévala adentro. Que la bañen, que le curen las heridas. Yo...

—¿Tú qué? —preguntó Emma, aferrándose a su mano cuando él intentó soltarla.

Zayd la miró, y en sus ojos Emma vio una batalla que no podía nombrar. El deber contra el deseo. La responsabilidad contra el corazón.

—Tengo que hablar con Hamad. Tengo que...

—Hamad puede esperar —dijo Emma, y su voz era más firme de lo que se sentía—. Tú no. Quédate conmigo. Por favor.

El silencio se extendió entre ellos, roto solo por el susurro del viento en las palmeras. Zayd la miró largamente, y luego, finalmente, asintió.

—Layla —dijo, sin apartar los ojos de Emma—, prepara los baños. Vendré con ella.

Layla asintió y desapareció en el palacio. Zayd levantó a Emma en sus brazos con la misma facilidad con que había levantado a una niña, y caminó hacia el interior. Emma apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo el latido de su corazón contra el de ella, y por un momento, el mundo se redujo a ese ritmo: el suyo, el de él, y la promesa silenciosa de que, después de todo, estaban juntos.

Los baños termales de Qasr al-Layl eran un milagro de agua y piedra. La estancia estaba iluminada por lámparas de aceite que proyectaban sombras danzantes en las paredes de mármol, y el vapor se elevaba en espirales perezosas desde la piscina central. Layla había preparado todo: ungüentos para las heridas, vendas de lino, infusiones de hierbas que llenaban el aire con aromas de menta y manzanilla.

Zayd la depositó suavemente en un banco de piedra junto al agua. Emma sintió el calor del vapor en su rostro, y por un momento, el dolor en sus muñecas y su tobillo pareció disminuir.




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