La Novia Alquilada del Rey del Desierto

Capítulo 18

Las horas que siguieron fueron un remanso de paz después de la tormenta. Layla trajo comida —pan recién horneado, queso de cabra, dátiles rellenos de almendras— y Emma comió con un apetito que la sorprendió a ella misma. Zayd se sentó a su lado, alimentándola con sus propias manos cuando el dolor en sus muñecas le impedía sostener los alimentos.

—No voy a romperme —protestó Emma cuando él le acercó un dátil a los labios.

—Lo sé —respondió él, imperturbable—. Pero permíteme cuidarte. Al menos por hoy.

Emma cedió, no porque realmente lo necesitara, sino porque la ternura con que él realizaba cada gesto la desarmaba por completo. Era extraño ver a Zayd al-Rashid, el Rey del Desierto, el hombre que había enfrentado a un ejército con la mirada, sosteniendo un dátil entre sus dedos largos como si fuera el objeto más preciado del mundo.

—¿Y ahora qué? —preguntó Emma cuando terminaron de comer, recostada contra los cojines que Layla había dispuesto alrededor de la piscina.

Zayd, que estaba secándole el cabello con una toalla de lino, detuvo sus movimientos.

—¿Ahora?

—Faisal se ha ido. Hamad ha confesado. Las tribus te apoyan. El Majlis ha terminado. ¿Qué sigue?

Zayd dejó la toalla a un lado y se sentó frente a ella, sus rodillas casi tocando las suyas.

—Lo que sigue —dijo, y su voz era grave, meditabunda— es construir. Construir un reino que no dependa de mentiras ni de secretos. Construir una vida que no esté gobernada por el miedo. Construir... nosotros.

Emma sintió que un nudo se formaba en su garganta.

—¿Y si no sé cómo? —preguntó, y la vulnerabilidad en su propia voz la sorprendió—. He pasado toda mi vida huyendo de algo. De las deudas, de las responsabilidades, de las expectativas. No sé cómo se hace eso de... quedarse.

Zayd tomó sus manos vendadas entre las suyas.

—Yo tampoco —admitió, y había una honestidad en su voz que la desarmaba—. He pasado veinte años huyendo de mi culpa, de mi pasado, de la sombra de mi madre. Pero contigo... contigo aprendí que quedarse no es rendirse. Es elegir. Elegir a alguien cada día. Elegir crecer, aunque duela. Elegir perdonar, aunque cueste.

—¿Y tú? —preguntó Emma, mirándolo a los ojos—. ¿Puedes perdonar a Hamad? ¿Después de lo que hizo?

Zayd guardó silencio por un momento. Cuando habló, su voz era baja, pero firme.

—No lo sé. No sé si podré perdonarlo nunca. Pero sé que no quiero que su culpa defina mi vida. No quiero pasar otros veinte años atrapado en el pasado. Quiero... quiero mirar hacia adelante. Contigo.

Emma apretó sus manos con fuerza, a pesar del dolor.

—Entonces lo haremos juntos. Como todo lo demás.

Zayd asintió, y en sus ojos Emma vio la promesa de un futuro que, por fin, no estaba escrito en ningún contrato.

La mañana siguiente amaneció con un sol que parecía más brillante, un cielo más azul, un desierto más vivo. Emma despertó en sus aposentos, envuelta en sábanas de seda, con el olor a jazmín filtrándose por la ventana. Layla entró poco después, con una bandeja de té y una sonrisa que iluminaba todo su rostro.

—El Sheikh ha preguntado por ti —dijo mientras servía el té en tazas de porcelana—. Dice que cuando estés lista, quiere mostrarte algo.

—¿Mostrarme algo? —Emma se incorporó, el dolor en su tobillo recordándole que aún no estaba completamente recuperada—. ¿Qué?

—No ha dicho —respondió Layla, y sus ojos brillaban con un secreto que apenas podía contener—. Pero ha estado preparándolo desde antes de que te fueras.

Emma bebió el té con lentitud, disfrutando del calor que le recorría la garganta. Cuando terminó, Layla la ayudó a vestirse con una thobe de color crema, ligera y fresca, y le colocó el brazalete de la madre de Zayd en la muñeca vendada.

—¿Crees que debería llevarlo? —preguntó Emma, dudosa.

—El Sheikh dijo que siempre lo lleves —respondió Layla, con una sonrisa—. Dijo que es tuyo ahora. Como todo lo demás.

Emma salió de sus aposentos con la ayuda de un bastón que Layla le había proporcionado. El palacio estaba más silencioso de lo habitual, y por un momento, Emma temió que algo hubiera pasado. Pero luego vio las flores.

Estaban por todas partes. Jazmines, rosas del desierto, flores de azahar, colocadas en jarrones, en arcos, en el suelo, formando senderos que la guiaban hacia algún lugar. Emma caminó lentamente, siguiendo el rastro de pétalos, y cuando llegó al gran jardín interior, se detuvo.

Zayd estaba allí, en el centro del jardín, vestido con una thobe blanca inmaculada, sin el bisht ni el shemagh, con el pelo al descubierto. A su alrededor, todos los jeques de las tribus estaban sentados en semicírculo: Hamad entre ellos, con el rostro grave pero sereno; los ancianos de barbas blancas; los guerreros que habían luchado a su lado; las mujeres que habían preparado el festín. Layla estaba entre ellas, con una bandeja de dátiles y leche de camella.

Y en el centro, sobre una alfombra de pétalos de rosa, había un pequeño cofre de madera de sándalo.

—Emma —dijo Zayd, y su voz resonó en el jardín—. Te he traído aquí porque hay algo que necesito hacer. Algo que debí hacer hace mucho tiempo.




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