La Novia Alquilada del Rey del Desierto

Capítulo 20

La noche que Emma escapó de Qasr al-Layl, el desierto entero pareció contener la respiración.

Las estrellas brillaban con una intensidad irreal sobre su cabeza mientras el camello se movía con ese balanceo hipnótico que había aprendido a reconocer durante sus primeras semanas en Al-Sahra. Pero ahora no había maravilla en sus ojos, ni asombro. Solo el vacío frío que había reemplazado a su corazón desde que las palabras de Hamad se habían clavado en su pecho como dagas.

Llevaban casi tres horas cabalgando cuando uno de los escoltas, un hombre de rostro curtido por el desierto llamado Rashid, redujo la marcha hasta quedar a su lado.

—Señorita —dijo en un inglés entrecortado—, debemos descansar. Los camellos necesitan agua, y usted... —la miró con algo que podría haber sido preocupación— usted necesita beber.

Emma asintió sin realmente escuchar. Sus manos seguían temblando sobre el cuello del animal, y el pergamino que Hamad le había dado —el contrato, la maldita cláusula decimotercera— estaba doblado en el bolsillo interior de su chaqueta, quemándole contra el pecho con cada latido.

Rashid eligió un lugar entre dos dunas, donde unas rocas ofrecían algo de sombra contra la luna creciente. Los hombres prepararon un pequeño fuego —no para calentarse, porque la noche del desierto comenzaba a enfriarse, sino para mantener a raya a los escorpiones— y sacaron provisiones de sus alforjas: dátiles, pan seco, una pasta de aceitunas que Emma había aprendido a tolerar en las últimas semanas.

—Coma, señorita —insistió el otro escolta, un joven llamado Tariq que no podía tener más de veinte años—. El camino hasta la frontera es largo. Necesita fuerzas.

Emma tomó un dátil, pero solo lo sostuvo entre los dedos, mirándolo sin verlo.

—¿Cuánto falta? —preguntó, y su voz sonó como si perteneciera a otra persona.

—Si seguimos a este ritmo, llegaremos al puesto fronterizo mañana al anochecer —respondió Rashid—. Allí hay gente de confianza del jeque Hamad. Nos darán documentos, un coche para llevarla a Marrakech. En tres días puede estar en Casablanca, y desde allí...

—Desde allí puedo volver a casa —terminó Emma, y las palabras supieron a ceniza en su boca.

Casa. Denver. Su pequeño apartamento en Capitol Hill, con las cortanas de encaje que su abuela le había regalado y la ventana que daba al callejón donde los vecinos sacaban a pasear a sus perros todas las mañanas. Había pasado seis meses soñando con volver allí, con recuperar su vida, con olvidar que algún día había puesto un pie en el desierto.

Ahora la perspectiva de ese regreso le parecía una condena.

—Señorita —Tariq se acercó con una cantimplora—, si me permite preguntar... ¿por qué se va?

Rashid lanzó al joven una mirada de advertencia, pero Emma levantó una mano para detenerlo.

—Está bien —dijo, y algo en su tono debió sorprenderla a ella misma, porque Tariq dio un paso atrás, como si de repente la viera bajo una luz diferente—. Es una pregunta justa. ¿Por qué una mujer se va en medio de la noche, sin despedirse, dejando atrás un anillo de compromiso y un rey que jura amarla?

Tomó un sorbo de agua. Estaba tibia, con un ligero sabor a cuero de la cantimplora, pero el líquido le supo a todo lo que había perdido.

—¿Conocen la historia de Zayd? —preguntó de repente—. ¿La de su madre?

Los dos hombres intercambiaron una mirada que Emma no supo interpretar.

—Todos en Al-Sahra conocen esa historia, señorita —dijo Rashid con cuidado—. Es... parte de nosotros. De lo que somos.

—¿Y qué saben ustedes? —insistió Emma, y había un filo en su voz que no había estado antes—. ¿Sabían que Layla no murió de una enfermedad? ¿Que su hermano, Hamad, fue quien la mató? ¿Que Zayd ha pasado veinte años cargando con esa mentira?

El silencio que siguió fue tan denso que Emma podía palparlo.

—Sabíamos que algo no estaba bien —dijo finalmente Tariq, con la voz baja—. Mi padre sirvió en el palacio cuando yo era niño. Decía que el jeque Zayd había cambiado después de la muerte de la reina. Que se había vuelto... duro. Frío. Como si algo dentro de él se hubiera roto.

—Pero nunca supieron la verdad —dijo Emma, y no era una pregunta.

—La verdad en Al-Sahra es como el agua en el desierto, señorita —respondió Rashid, y había siglos de sabiduría en sus palabras—. Aparece cuando menos la esperas, y a veces, cuando la encuentras, no es lo que creías.

Emma se quedó en silencio por un largo momento, mirando las llamas danzar sobre la arena.

—¿Y si la verdad fuera que todo esto fue una mentira? —dijo finalmente, tan bajo que los hombres tuvieron que inclinarse para escucharla—. ¿Y si Zayd nunca me amó? ¿Y si solo fui un medio para un fin? ¿Una herramienta para ganar un Majlis que nunca debió ser suyo?

Rashid la miró con una intensidad que la hizo sentir desnuda.

—¿Eso es lo que le dijo el jeque Hamad?

Emma no respondió, pero su silencio fue más elocuente que cualquier palabra.

—Señorita —Rashid dejó el pan que estaba partiendo y se arrodilló frente a ella, con el fuego ardiendo entre sus rostros—, conozco a Zayd al-Rashid desde que era un niño. Lo vi crecer en este palacio. Lo vi reír con su madre, lo vi llorar cuando ella murió, lo vi convertirse en el hombre que es hoy. Y nunca, en todos estos años, lo he visto mirar a nadie como la mira a usted.




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