La Novia Alquilada del Rey del Desierto

Capítulo 21

Zayd encontró a Hamad en el jardín pequeño, exactamente en el mismo lugar donde había estado con Emma horas antes.

El anciano estaba sentado en el mismo banco de piedra, con el rostro vuelto hacia la fuente seca, como si esperara algo. No se sorprendió cuando Zayd apareció en el umbral, con el anillo de su madre apretado en un puño y el pergamino de Emma en el otro.

—¿Dónde está? —la voz de Zayd era baja, controlada, pero Hamad había vivido lo suficiente para reconocer la furia que bullía debajo—. ¿Dónde la has enviado?

—A salvo —respondió Hamad sin mirarlo—. Lejos de ti. De tus mentiras. De tus planes.

Zayd cruzó el jardín en tres zancadas y se plantó frente a su tío. Por un momento, Hamad pensó que iba a golpearlo. Pero Zayd solo se quedó allí, temblando, con el rostro desencajado por un dolor que Hamad conocía demasiado bien.

—¿Qué le dijiste? —preguntó—. ¿Qué mentiras le metiste en la cabeza?

—Mentiras? —Hamad finalmente levantó la vista, y en sus ojos había algo que Zayd no esperaba. No era triunfo. No era locura. Era algo peor. Era convicción—. Le dije la verdad, Zayd. La verdad que tú no tuviste el valor de contarle. Sobre el contrato. Sobre la cláusula decimotercera. Sobre la francesa.

Zayd sintió que la sangre se le helaba en las venas.

—¿Cómo sabes...?

—¿Cómo crees que sé? —Hamad se puso de pie con dificultad, y aunque era viejo y estaba cansado, había una dignidad en él que Zayd no había visto desde antes de la muerte de su madre—. Soy tu tío, Zayd. El hermano de tu padre. El hombre que te crió después de que maté a tu madre. ¿Crees que no conozco tus secretos? ¿Crees que no sé cómo operas? Los contratos en Suiza, las mujeres que traes, los planes que tramas. Todo. Lo sé todo.

—No es lo mismo —dijo Zayd, y su voz se rompió—. Emma no es como las otras. Emma es...

—¿Qué? —Hamad alzó la voz, y por primera vez, Zayd vio en su rostro algo que se parecía a la furia— ¿Especial? ¿Diferente? ¿La única? ¿Eso te dijiste también de la francesa? ¿Y de la mujer de Marrakech antes de ella? ¿Y de todas las que usaste y desechaste antes de que pudieran hacerte daño?

—¡No fue así! —el grito de Zayd resonó en el jardín, rebotando en las paredes de piedra—. Yo nunca...

—¿Nunca qué? —Hamad dio un paso hacia él, y a pesar de su edad, había una fuerza en su mirada que hizo retroceder a Zayd—. ¿Nunca usaste a nadie? ¿Nunca mentiste? ¿Nunca prometiste amor eterno a cambio de un servicio?

Zayd abrió la boca para responder, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Porque Hamad tenía razón. No sobre Emma —sobre Emma nunca tuvo razón— pero sobre el resto... sobre el resto, cada palabra era verdad.

—Sí —dijo finalmente, y su voz era apenas un susurro—. He usado a mujeres. He mentido. He prometido cosas que no podía cumplir. Pero nunca con Emma. Desde el principio, ella fue diferente. Ella...

—¿Ella qué? —Hamad se acercó aún más, y Zayd pudo oler en su aliento el vino que había estado bebiendo—. ¿Ella te miró de una manera que ninguna otra lo había hecho? ¿Te hizo sentir que podías ser alguien más? ¿Te hizo olvidar que eres un hombre que ha pasado veinte años mintiéndole al mundo?

—¡Cállate! —Zayd levantó el puño, y por un instante, Hamad vio en sus ojos la misma furia que había visto en los ojos de su hermano la noche que Layla murió. Pero entonces algo en Zayd se rompió, y el puño cayó a su lado, inútil—. ¿Por qué? —preguntó, y su voz era la de un niño perdido—. ¿Por qué hiciste esto? ¿Por qué no pudiste dejarme ser feliz?

Hamad lo miró, y por primera vez en veinte años, Zayd vio algo humano en sus ojos. Algo que no era cálculo, ni locura, ni el vacío frío del asesino. Era algo peor. Era arrepentimiento.

—Porque te quiero, Zayd —dijo, y su voz se rompió—. Porque te he visto sufrir durante veinte años, y no podía soportar verte sufrir más. Esa mujer... ella no podía darte lo que necesitabas. Nadie puede. Lo que llevas dentro, Zayd... esa herida... no se cura con amor. No se cura con nada.

—Tú no sabes nada de lo que llevo dentro —escupió Zayd—. Tú mataste a mi madre. Me robaste la infancia. Me convertiste en este... en esto. Y ahora, cuando finalmente encontré algo bueno, algo que podía salvarme... tú lo destruiste. Como destruyes todo lo que tocas.

Hamad asintió lentamente, y por un momento, Zayd vio en su rostro algo que no esperaba. Aceptación.

—Sí —dijo simplemente—. Soy un destructor. He pasado veinte años huyendo de eso, pero no puedo negarlo. Destruí a tu madre. Destruí a tu padre. Destruí tu vida. Y ahora he destruido esto. Pero escúchame, Zayd —dio un paso hacia él, y aunque Zayd era más joven, más fuerte, más alto, en ese momento Hamad parecía tener el tamaño del mundo—. Si Emma se fue, no fue solo por lo que te dije. Fue porque en el fondo, ella sabía. Sabía que no eras sincero. Que el contrato no era un juego. Que tú... tú la habías elegido porque encajaba en un plan. No porque fuera ella.

—¡No es cierto! —Zayd lo agarró por los hombros, y sus dedos se clavaron en la carne del anciano con una fuerza que hizo que Hamad enmudeciera—. Yo la amo. La amo como no he amado a nadie en mi vida. Y tú... tú has arruinado lo único que me quedaba.

Hamad lo miró sin miedo, aunque los dedos de Zayd amenazaban con romperle los huesos.




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