Emma despertó antes del amanecer.
Por un momento, mientras sus ojos se acostumbraban a la penumbra azulada del desierto, no recordó dónde estaba. Vio las estrellas desvaneciéndose en el horizonte, sintió la arena fría bajo la manta, escuchó el rumor lejano del viento entre las dunas. Y por un instante, solo un instante, creyó que era una de esas mañanas en el campamento beduino, cuando Zayd la despertaba con té de menta y promesas de un nuevo día.
Pero entonces el recuerdo la golpeó como un puñetazo en el estómago.
El contrato. La cláusula. La francesa. Hamad. La huida.
Se incorporó tan rápido que la sangre se le fue a la cabeza y tuvo que cerrar los ojos para no caer. A su alrededor, los dos escoltas ya estaban despiertos, recogiendo las mantas y preparando a los animales para la jornada. Rashid le lanzó una mirada de reojo mientras ensillaba su caballo.
—Dormiste bien, señorita?
Emma se llevó una mano a la frente. Le dolía la cabeza, y la boca le sabía a arena.
—Tuviste pesadillas —dijo Tariq mientras se acercaba con la cantimplora—. Hablabas en sueños. Nombres. Uno, sobre todo.
Emma lo miró, y el joven bajó la vista con vergüenza.
—No quise escuchar, señorita. Pero...
—¿Qué nombre? —preguntó Emma, aunque ya sabía la respuesta.
Tariq tragó saliva.
—Zayd. Llamabas a Zayd. Una y otra vez. Como si estuvieras perdida y él fuera el único que pudiera encontrarte.
Emma sintió que las lágrimas comenzaban a formarse nuevamente, pero esta vez las contuvo. Había llorado suficiente. Había huido suficiente.
—Señorita —Rashid se acercó con el camello ya preparado—, si queremos llegar a la frontera antes del anochecer, debemos partir ahora. El sol será cruel hoy, y no podemos permitirnos retrasos.
Emma asintió y se dejó ayudar a montar. Pero mientras el camello se levantaba con ese movimiento brusco que ya conocía demasiado bien, sintió que algo en su interior se resistía. Algo que no quería seguir adelante. Algo que quería volver.
El sol comenzaba a asomarse sobre las dunas cuando empezaron a cabalgar. La luz se derramaba sobre la arena como oro líquido, tiñendo el desierto de colores que Emma había aprendido a amar: ámbar, ocre, el rosa pálido de las rosas del desierto que crecían en los oasis.
—¿Señorita? —la voz de Tariq la sacó de sus pensamientos—. ¿Puedo preguntarle algo?
—Dime.
—¿Por qué no le preguntaste? A Zayd, quiero decir. Antes de irte. ¿Por qué no le preguntaste si era verdad? ¿Sobre el contrato, sobre la francesa, sobre todo?
Emma guardó silencio por un largo momento. Era una pregunta justa. Una pregunta que ella misma se había estado haciendo desde que había cruzado las puertas del oasis.
—Porque tenía miedo —dijo finalmente—. Miedo de que la respuesta confirmara lo que Hamad me había dicho. Miedo de que me mintiera otra vez. Miedo de que... —su voz se quebró— ...de que al final, no fuera más que otra de sus mentiras.
—Y ahora —insistió Tariq—, ¿qué sientes?
Emma miró hacia el horizonte, donde el sol seguía elevándose, implacable, quemando las sombras de la noche.
—Ahora —dijo, y su voz era más firme de lo que se sentía—, ahora creo que tal vez cometí un error.
Rashid redujo la marcha hasta quedar a su lado.
—¿Qué quiere decir, señorita?
—Quiero decir —Emma detuvo al camello, y los dos hombres hicieron lo mismo, mirándola con una mezcla de sorpresa y expectación—, que huí porque tuve miedo. Porque las palabras de Hamad encontraron un eco en mi interior, en todas las inseguridades que he tenido desde que llegué aquí. Porque en el fondo, siempre he pensado que no merecía esto. Que no merecía a Zayd. Que era demasiado buena para ser verdad.
Desmontó del camello con torpeza, sintiendo el tobillo protestar por el esfuerzo. Pero no le importó. Necesitaba tener los pies en la arena para decir lo que tenía que decir.
—Pero ahora —continuó, mirando a los dos hombres a los ojos—, ahora me pregunto: ¿y si Hamad mintió? ¿Y si el contrato era real pero Zayd ya no quería cumplirlo? ¿Y si la francesa existió pero yo soy diferente? ¿Y si todo lo que sentí, todo lo que viví en estas semanas, no fue una mentira sino la verdad más real que he conocido?
Rashid la miró con una expresión que Emma no supo descifrar.
—¿Qué quiere hacer, señorita?
Emma respiró hondo. El aire del desierto entraba en sus pulmones con ese sabor a sal y arena que había aprendido a reconocer como el sabor de su nueva vida. La vida que había elegido. La vida que tal vez había tirado por la borda por miedo.
—Quiero volver —dijo, y las palabras salieron más firmes de lo que esperaba—. Quiero hablar con Zayd. Quiero que me mire a los ojos y me diga la verdad. Y si me miente... si realmente todo fue una mentira... entonces me iré. Pero no así. No huyendo en medio de la noche como una ladrona. No sin saber.
Tariq sonrió, y por primera vez desde que lo conocía, Emma vio en su rostro algo que se parecía al orgullo.
Editado: 06.04.2026