La Novia Alquilada del Rey del Desierto

Capítulo 25

El sol se filtraba a través de los arcos de piedra del jardín pequeño cuando Emma despertó. Por un momento, no supo dónde estaba. Las sábanas de seda bajo sus dedos, el olor a incienso y rosas del desierto, la luz dorada que bailaba en las paredes encaladas... todo le resultaba familiar y extraño al mismo tiempo.

Hasta que sintió el brazo de Zayd rodeando su cintura, y recordó.

Recordó la huida. El regreso. Las palabras dichas y las lágrimas derramadas. Recordó el anillo que aún brillaba en su dedo, y la promesa que ambos habían hecho sin necesidad de firmar nada: empezar de cero.

—Estás despierta —murmuró la voz de Zayd contra su nuca, ronca por el sueño—. Te he sentido moverte hace rato.

Emma sonrió, aunque él no podía verla.

—¿Y por qué no dijiste nada?

—Porque me gusta verte dormir —respondió él, y Emma sintió cómo sus labios trazaban un camino desde su hombro hasta su oreja—. Es la única vez que no te vas.

El comentario, dicho en tono de broma, llevaba consigo un peso que Emma reconoció de inmediato. Zayd aún temía que ella desapareciera. Aún necesitaba pruebas de que no se iría.

Se dio la vuelta entre sus brazos hasta quedar frente a él. Sus rostros estaban tan cerca que podía contar sus pestañas.

—No voy a irme —dijo, y puso una mano sobre su mejilla—. No otra vez. Lo prometo.

Zayd cubrió su mano con la suya y cerró los ojos.

—Lo sé —dijo, pero su voz tembló ligeramente—. Lo sé. Es solo que... —abrió los ojos, y Emma vio en ellos todo el miedo que había estado conteniendo— ...es solo que nunca he tenido algo que valiera la pena conservar. Y ahora que lo tengo, no sé cómo... no sé cómo no tener miedo.

Emma lo besó. Fue un beso suave, casi un susurro de labios contra labios.

—El miedo no se va —dijo cuando se separaron—. Al menos, eso es lo que he aprendido. Pero se puede caminar con él. Se puede mirar a los ojos y decirle: "Sé que estás ahí, pero voy a seguir adelante igual". Eso es lo que quiero hacer contigo. Seguir adelante. Aunque tengamos miedo. Aunque no sepamos qué viene después.

Zayd la miró durante un largo momento, y Emma vio cómo algo en su interior se relajaba. Como si hubiera estado sosteniendo una respiración durante horas y finalmente se permitiera exhalar.

—¿Qué hice para merecerte? —preguntó, y había asombro en su voz—. ¿Qué hice bien en esta vida para que el destino pusiera en mi camino a una mujer como tú?

—Nada —respondió Emma con una sonrisa—. Absolutamente nada. Por eso es gracioso.

Zayd rió, y la risa le salió libre, sin el control que siempre ponía en cada gesto, en cada palabra.

—Eres terrible —dijo, apretándola contra su pecho—. Terrible y maravillosa.

—Eso dicen —murmuró Emma contra su piel.

Se quedaron en silencio un rato, escuchando los latidos del otro, sintiendo la calidez de la mañana que entraba por la ventana. Y en ese silencio, Emma sintió que algo se reconstruía dentro de ella. Algo que había creído roto para siempre.

Fue Zayd quien rompió el silencio.

—Emma —dijo, y su voz había cambiado. Ya no era el susurro íntimo de hacía un momento. Era algo más serio, más consciente—. Necesito que sepas algo. Sobre lo que pasó. Sobre Hamad.

El nombre cayó entre ellos como una piedra en un estanque tranquilo.

—No quiero hablar de él —dijo Emma, y sintió cómo su cuerpo se tensaba—. No hoy. Tal vez no nunca.

—Lo sé —Zayd la soltó ligeramente, solo lo suficiente para mirarla a los ojos—. Y si pudiera, nunca volvería a pronunciar su nombre. Pero hay cosas que tienes que saber. Cosas que él no te dijo. Cosas que yo tampoco te dije.

Emma sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Qué cosas?

Zayd se incorporó, apoyando la espalda en la cabecera de la cama. Emma hizo lo mismo, y por un momento, se miraron como dos extraños que están a punto de contarse sus secretos más oscuros.

—El contrato —comenzó Zayd, y Emma vio cómo sus manos se cerraban en puños sobre las sábanas—. La cláusula decimotercera. Te dije que era real. Que la firmé. Pero no te dije por qué.

—Dijiste que tenías miedo —recordó Emma—. Que si te decía la verdad, me iría.

—Eso también es verdad —admitió Zayd—. Pero no es toda la verdad. La verdad completa... —respiró hondo, como si se preparara para saltar al vacío— ...la verdad completa es que la cláusula decimotercera no era para protegerte de mí. Era para protegerme de mí mismo.

Emma frunció el ceño.

—No entiendo.

Zayd se pasó una mano por el rostro, y Emma vio en ese gesto todo el cansancio de un hombre que ha vivido demasiado tiempo con secretos.

—Las mujeres que vinieron antes que tú... la francesa, y otras antes de ella... yo las usé, sí. Les mentí, sí. Pero también... —su voz se quebró— ...también hubo momentos en que casi creí lo que les decía. Momentos en que casi olvidé que era un plan. Momentos en que casi... casi las amé.

Emma sintió un nudo en la garganta, pero no dijo nada. Sabía que necesitaba escuchar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.