El sol se elevaba sobre el palacio cuando finalmente salieron de la habitación. No hablaron de lo que había pasado en esas horas entre las sábanas de seda. No hicieron falta palabras. Algunas cosas, pensó Emma mientras caminaba de la mano de Zayd por los pasillos del palacio, se dicen mejor sin palabras.
Layla las esperaba en el jardín pequeño, con una bandeja de té de menta y dátiles recién cogidos. Cuando los vio aparecer, una sonrisa iluminó su rostro.
—Por fin —dijo, y aunque su tono era ligero, Emma vio el alivio en sus ojos—. Estaba empezando a pensar que se habían mudado a esa habitación.
—Layla —dijo Zayd con severidad, pero sus mejillas se oscurecieron ligeramente—. Eso es...
—¿Verdad? —lo interrumpió Layla, sirviendo el té con manos hábiles—. No te preocupes, jeque. No voy a contar nada. Aunque todo el palacio ya lo sabe.
—¿Todo el palacio? —Emma sintió que el rostro se le encendía.
—Bueno, no todo —concedió Layla, guiñándole un ojo—. Solo los que estaban despiertos. Y los que madrugan. Y los que...
—Layla —la interrumpió Zayd nuevamente, y esta vez su voz tenía un tono de advertencia—. El té.
—Sí, sí —Layla les tendió las tazas con una sonrisa que no ocultaba su diversión—. El té. Que calma los ánimos y refresca la memoria. Porque hay cosas que es mejor olvidar. Como, por ejemplo, los gritos que se escucharon hace un rato desde la habitación del jeque.
Emma quiso hundirse en la tierra. Zayd, en cambio, soltó una risa que sorprendió incluso a Layla.
—Eres terrible —le dijo a su prima, tomando la taza de té—. Terrible y deslenguada.
—Eso dicen —respondió Layla con una reverencia exagerada—. Ahora, si me disculpan, tengo cosas que hacer. Cosas que no implican escuchar a través de las puertas.
Y dicho esto, desapareció entre los arbustos del jardín con una agilidad que contrastaba con su aparente calma.
Emma se sentó en el banco de piedra, el mismo donde Hamad le había roto el corazón la noche anterior, y sintió que el mundo daba vueltas a su alrededor.
—¿De verdad escucharon? —preguntó, llevándose las manos al rostro—. ¿Todo el palacio?
Zayd se sentó a su lado y le puso un brazo sobre los hombros.
—No todo el palacio —dijo, y Emma pudo escuchar la sonrisa en su voz—. Solo Layla. Y tal vez los guardias. Y probablemente los sirvientes. Y...
—¡Zayd!
—Es broma —dijo él, y la atrajo hacia sí—. O tal vez no. En este palacio los muros son delgados y las lenguas largas.
Emma apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos. El sol calentaba su rostro, y el olor a té de menta se mezclaba con el aroma de las rosas del desierto.
—¿Y ahora qué? —preguntó—. ¿Qué hacemos con todo esto? Con Hamad. Con el Majlis. Con las tribus. Con tu madre. Con todo.
Zayd guardó silencio por un momento. Cuando habló, su voz era serena, como la superficie de un lago en calma.
—Ahora, enfrentamos todo. Juntos.
—¿Juntos? —Emma levantó la cabeza y lo miró.
—Juntos —repitió él—. Hamad va a enfrentar la justicia. No porque yo quiera vengarme, sino porque es lo correcto. Mató a mi madre. Eso no puede quedar impune, aunque hayan pasado veinte años. Aunque sea mi tío. Aunque lo quiera.
—¿Lo quieres? —preguntó Emma, sorprendida.
Zayd tardó un largo momento en responder.
—Es complicado —dijo finalmente—. Hamad fue como un padre para mí después de que mi madre murió. Me enseñó a cabalgar, a negociar, a gobernar. También me enseñó a mentir, a esconder la verdad, a vivir con secretos. Pero a pesar de todo, a pesar de lo que hizo... es mi tío. Es la única familia que me queda. Bueno, aparte de Layla.
—Y de mí —dijo Emma, sin pensarlo.
Zayd la miró, y en sus ojos brilló algo que Emma no había visto antes. Algo que se parecía a la esperanza.
—Y de ti —repitió, como si probara las palabras en su boca—. Sí. Y de ti.
Se quedaron en silencio un rato, mirando el jardín que había sido testigo de tantas verdades y tantas mentiras.
—¿Y las tribus? —preguntó Emma finalmente—. ¿Qué pasa con ellas? Hamad dijo que ahora te apoyan. Que el Majlis está ganado.
—Lo está —dijo Zayd—. Faisal huyó después de lo del fortín. Nadie lo ha visto desde entonces. Las tribus del norte, las que estaban indecisas, han jurado lealtad. Por ahora, Al-Sahra está en paz.
—Por ahora —repitió Emma—. ¿Y después?
Zayd suspiró.
—Después... después vendrán otros desafíos. Otras tribus que querrán probar mi liderazgo. Otros enemigos que intentarán aprovecharse de cualquier debilidad. Pero eso siempre será así. La vida de un rey no es fácil, Emma. Nunca lo ha sido.
—No pedí que fuera fácil —dijo Emma, y su voz era firme—. Pedí estar contigo. Y eso incluye lo difícil. Incluye las tribus, los enemigos, los desafíos. Incluye todo.
Zayd la besó en la frente, un beso suave como una promesa.
Editado: 06.04.2026