Un año después
La luz del amanecer se derramaba sobre las dunas como miel dorada cuando Emma abrió los ojos. Por un momento, no supo dónde estaba. Las sábanas de seda bajo sus dedos, el olor a incienso y jazmines, la brisa cálida que entraba por los arcos de piedra... todo le resultaba familiar y nuevo al mismo tiempo.
Hasta que sintió el brazo de Zayd rodeando su cintura, y recordó.
Recordó el año que había pasado. Las peleas y las reconciliaciones. Las noches de miedo y las mañanas de esperanza. El día que Zayd se arrodilló frente a ella —no como un rey, sino como un hombre— y le pidió que se casara con él. De verdad. Sin contratos. Sin cláusulas. Solo con un anillo nuevo —el mismo que le había dado su madre, pero ahora grabado por dentro con dos palabras en árabe que Emma había aprendido a leer: hubi al-abad. Mi amor eterno.
—Estás despierta —murmuró la voz de Zayd contra su nuca, ronca por el sueño—. Te he sentido sonreír.
Emma se dio la vuelta entre sus brazos hasta quedar frente a él. Sus rostros estaban tan cerca que podía contar las canas que habían comenzado a aparecer en sus sienes —cansancio del año, le gustaba decirle a él, aunque ambos sabían que era solo el paso del tiempo, implacable incluso para los reyes.
—¿Puede uno sonreír dormida? —preguntó ella, pasando un dedo por la línea de su mandíbula.
—Tú puedes —respondió Zayd, atrapando su mano y besando la palma—. Tú puedes todo.
Emma rió, y la risa resonó en la habitación como una campana de cristal.
—Eres un adulador.
—Soy un rey —corrigió él, con esa sonrisa que Emma había aprendido a reconocer como la que guardaba solo para ella—. Los reyes no adulan. Los reyes dictaminan. Y yo dictamino que eres la mujer más hermosa que ha pisado este palacio en cien años.
—¿Solo cien? —Emma alzó una ceja—. Pensé que merecía al menos doscientos.
Zayd la besó, y el beso fue suave al principio, luego más profundo, luego urgente. Emma sintió cómo el mundo se reducía a ese instante, a ese hombre, a esa certeza que había tardado un año en construir.
Cuando finalmente se separaron, estaban sin aliento.
—Te amo —dijo Zayd, y Emma escuchó esas palabras como las escuchaba cada día desde hacía un año: como una promesa renovada, como un juramento que no necesitaba papel sellado ni testigos—. Te amo, Emma al-Rashid.
Emma todavía no se había acostumbrado a su nuevo nombre. Emma al-Rashid. Sonaba extraño y maravilloso al mismo tiempo, como si fuera el nombre de otra persona. Pero era ella. La misma que había llegado a Al-Sahra un año atrás, perdida y asustada, con una mochila a la espalda y un corazón lleno de dudas.
—Y yo te amo a ti —respondió, acariciando la barba que Zayd había dejado crecer en los últimos meses—. Aunque ronques.
—No ronco.
—Roncaste anoche. Te grabé.
—Mientes.
Emma sacó su teléfono de la mesita y reprodujo un audio. El sonido de un ronquido profundo y rítmico llenó la habitación. Zayd la miró con una mezcla de horror y diversión.
—Borrarás eso.
—Nunca.
—Emma...
—Es mi tesoro más preciado —dijo ella, guardando el teléfono con una sonrisa de satisfacción—. Cuando seas viejo y estés sentado en tu trono rodeado de nietos, lo pondré en altavoz.
—Eres una mujer cruel, Emma al-Rashid.
—Eso dicen.
Zayd la atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza. Emma apoyó la cabeza en su pecho y escuchó los latidos de su corazón. Thump-thump. Thump-thump. El sonido más reconfortante del mundo.
—Hoy es un día especial —dijo Zayd después de un momento.
—Lo sé —respondió Emma—. Un año. Un año desde aquella noche en que volví.
—Un año desde que empezamos de cero —corrigió él.
Emma levantó la cabeza y lo miró. En sus ojos, ya no vio el miedo que había visto aquella primera mañana después del regreso. Vio paz. Vio gratitud. Vio, sobre todo, amor.
—¿Arrepentido? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Ni un segundo —respondió Zayd—. ¿Tú?
—Ni medio segundo.
Se quedaron en silencio un rato, escuchando el canto de los pájaros en los jardines. Afuera, el palacio comenzaba a despertar. Se oían pasos en los pasillos, voces lejanas, el tintineo de las bandejas de té que los sirvientes llevaban de un lado a otro.
—Layla dijo que vendría hoy —comentó Emma—. Quiere enseñarme una receta nueva. Algo con cordero y almendras.
—Layla siempre quiere enseñarte algo —dijo Zayd con una sonrisa—. Creo que disfruta más siendo tu maestra que siendo mi prima.
—Es que soy una alumna excelente.
—Eres una alumna terrible. Aún confundes "gracias" con "por favor" en árabe.
—¡Eso fue una vez!
—Tres veces. La semana pasada.
Emma le dio un golpe en el pecho, pero sin fuerza.
Editado: 06.04.2026