La otra mitad

Prólogo

La librería estaba especialmente tranquila esa tarde, de hecho, el timbre de la puerta sonó solo un par de veces en todo el día, y cada vez que eso pasaba yo levantaba la vista con una sonrisa automática que ya me salía sin pensar.

Había aprendido a querer ese sonido.

Las estanterías de madera clara, el olor constante a papel viejo y café recién hecho, la mesa central con las novedades que Alice cambiaba de lugar cada semana como si fuera un ritual sagrado. Todo eso era mi hogar.

La habíamos fundado Alice y yo apenas terminamos la universidad, con más ilusión que dinero y una idea muy romántica de lo que significaba vender libros. Contra todo pronóstico, había funcionado. Éramos nosotras dos a tiempo completo y TJ, un universitario que trabajaba por las tardes y que, con toda seguridad, sólo había aceptado el trabajo para poder leer gratis las novedades, pero al menos compensaba su falta de interés con entusiasmo.

—Si vuelvo a escuchar esta canción una vez más, me voy a tatuar la letra solo para que deje de perseguirme —dijo TJ desde la sección de ficción contemporánea.

Sonreí sin mirarlo.

—Eso es porque Spotify sabe que la odias —respondí—. Y disfruta de tu sufrimiento.

Estaba acomodando un pedido nuevo cuando el teléfono del mostrador sonó. Lo que era raro, tomando en cuenta que la mayoría de nuestros clientes nos contactaban mucho más a través de otras vías.

Contesté sin pensarlo.

—Librería El Lomo Rojo, buenas tardes.

Hubo una pausa al otro lado. Un silencio extraño, pesado.

—¿Claire? —preguntó una voz masculina y mayor, que no reconocí de inmediato.

—Sí, soy yo.

Volvió a callar, como si estuviera buscando las palabras correctas.

—Soy Elliot Grayson.

El apellido me apretó el pecho antes de que pudiera evitarlo.

—Es sobre James.

El mundo siguió funcionando a mi alrededor durante unos segundos. Escuché las quejas lejanas de TJ, el zumbido de la cafetera, el sonido suave de una página al pasar. Todo normal. Demasiado normal.

—¿Está todo bien? —Las palabras salieron de mi sin que pudiera controlarlo, porque no se me ocurría una razón por la que Elliot Grayson me estaría llamando si las cosas estuvieran bien.

—Claire, tu abuelo tuvo un ataque al corazón esta mañana —explicó—. Está en el hospital.

Después de esas palabras, todo estaba borroso. No recuerdo haber dicho nada más. Ni haber colgado. Solo haber dejado el teléfono en su sitio y caminar hacia la parte trasera de la librería como si alguien más estuviera moviendo mis piernas.

Alice estaba sentada frente al escritorio pequeño, rodeada de facturas y una calculadora que odiaba.

—Claire, dime que no volvimos a gastar más de lo que teníamos disponible en esos royos de canela para las reuniones del club de lectura porque te juro que yo… —empezó a decir, pero se detuvo al verme la cara.

—Tengo que irme —dije, sin rodeos—. A Boston. Mi abuelo está enfermo.

Alice se levantó de inmediato.

—¡Dios mío! ¿Qué tan grave es?

—Un ataque al corazón.

—¡Por Dios! —repitió, como si no supiera qué más decir— ¿Quieres que te acompañe?

Negué antes de que terminara la frase.

—No. Alguien tiene que quedarse aquí.

—Podemos dejar a TJ —replicó Alice recorriendo los pasos hasta mí y tomándome por los hombros—. No quiero dejarte sola en este momento.

Enarqué una ceja con el poco de sarcasmo que quedaba en mi cuerpo y no tuve que decir nada más porque mi amiga identificó lo que quería dejar dicho. Si había una persona que no estaba preparada para quedarse a cargo de la librería, ese era TJ. Era muy bueno acomodando libros y haciéndose cargo del almacén, pero estaba segura de que si lo dejaba solo quemaría el local.

—Tienes razón —se encogió de hombros y me abrazó sin discutir, como si así pudiera sostenerme entera.

En silencio agradecí el gesto, porque no lo sabía hasta ese momento, pero en serio necesitaba aquel abrazo.

—Avísame de todo. De absolutamente todo —añadió al separarse.

Asentí, aunque no estaba segura de poder hacerlo.

Salí de la librería con el corazón acelerado y la cabeza al otro lado del país. El mundo seguía girando con una crueldad absurda mientras yo caminaba hacia el auto pensando en mi abuelo; en sus llamadas de los domingos, en cómo siempre preguntaba si había leído algo bueno esa semana, en la forma en que pronunciaba mi nombre. Había sido él quien me enseñó a amar los libros, quien me regaló mi primer libro “de adultos” a los doce, quien estuvo ahí para mí con una sonrisa orgullosa siempre que no necesité, haciendo la ausencia de mis padres un poco más llevadera.

Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero las aparté de un manotazo, negándome a permitir que los malos pensamientos tomaran el mando de mi cabeza. Elliot había dicho que estaba bien, y Elliot era lo más cercano a la familia que tenía después de mi abuelo, así que no me mentiría. Solo debía tomar un vuelo, llegar a Boston y encontrarme con él, de seguro se burlaría de mí al verme llegar y haría algún chiste de como solo lo visitaba si estaba cerca de la muerte, lo cual no era del todo mentira.




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