La otra mitad

1—En caso de no aceptar

Llegué a Grayson & Hayes dos días después del funeral de mi abuelo.

No era una frase que me gustara formular así, como si se tratara de una cita agendada o de una diligencia administrativa, pero esa era la verdad. El entierro había ocurrido cuarenta y ocho horas antes, bajo un cielo gris que no parecía triste ni solemne y desde entonces lo único que había querido era largarme de Boston y no volver a pisar esa ciudad nunca más. Tenía mi regreso prácticamente decidido cuando Elliot me convenció de quedarme para la lectura del testamento. No era que Elliot fuera el más persuasivo, pero era el mejor amigo de mi abuelo, lo sentía como un tío que siempre había estado ahí y cuando me miró con esa paciencia que siempre había tenido conmigo y me dijo, simplemente, que le debía eso al abuelo, no tuve el valor de seguir negándome.

Así que ahí estaba ahora, de pie frente al trabajo de mi abuelo de los últimos cincuenta años; bueno, de mi abuelo y de Elliot. Un edificio que debería resultarme familiar, pero que no sentía como un hogar, ni me provocaba orgullo. Lo único que había amado realmente de ese lugar era cuánto lo amaba mi abuelo.

El interior olía a papel viejo, café recalentado y madera pulida; un olor denso y específico, que me habría resultado entrañable si no estuviera tan cansada.

La recepcionista me dedicó una sonrisa amable hasta que le indiqué quien era y para qué venía, y entonces su gesto cambió a uno un poco torpe, nervioso y robótico, como si pensara que había hecho algo grave por ser amable.

Le dediqué mi sonrisa más cálida para dejarla tranquila y avancé hacia la sala de reuniones con una incomodidad creciente, demasiado consciente de mi presencia. Cuando entré en el ascensor y este se cerró solo conmigo, me miré en el espejo y me felicité por haber tenido la lucidez suficiente para levantarme de la cama la mañana anterior e ir a comprar un traje de chaqueta decente. No porque me importara la formalidad, sino porque no estaba dispuesta a encerrarme en una oficina con tres hombres vestidos de traje mientras yo parecía una indigente.

Mi armario, fuera de Boston, estaba compuesto casi en su totalidad por ropa informal y vestidos floreados que eran bastante apropiados para atender El Lomo Rojo o para asistir a las presentaciones de Pete, pero que nada tenían que ver con mis compromisos actuales. Nada de lo que había empacado mientras salía corriendo de mi casa cuatro días atrás gritaba lectura de testamento. Y, sobre todo, lo único que lograría sería que Theo volviera a mirarme como si no estuviera a su nivel.

Empujé la puerta de la sala de reuniones intentando apartar de mí la sensación de desagrado que me provocaba con solo pensar en Theo Greyson.

Elliot estaba sentado al fondo de la mesa, con las manos cruzadas frente a él y la espalda recta. Había envejecido desde la última vez que lo vi, lo cual ya era bastante decir, pero seguí preocupándose de que su postura no lo mostrara.

A su derecha, para mi desgracia, estaba Theo.

No levantó la vista de inmediato, pero su presencia ocupaba el espacio con una naturalidad que a mi me parecía irritante. Traje gris, camisa blanca, expresión contenida. Nada en él parecía fuera de lugar, ni siquiera afectado. Y lo odiaba por eso.

—¡Claire! —me saludó Elliot con toda la emoción que pudo dedicarme—. Qué bien que ya estás aquí. Ven, siéntate, Martin llegará en cualquier momento.

Cuando Elliot hablaba de Martin, se refería al abogado que durante los últimos tres años se había convertido en la espina dorsal de Grayson & Hayes Publishing. Yo no lo conocía, pero el abuelo siempre hablaba de él y de lo brillante que era, al final también se había convertido en el abogado de James, por lo visto, por lo que además de su trabajo como director del área legal de la editorial, también llevaba el testamento del abuelo.

Tomé asiento frente a Elliot, de modo que pudiera evitar ver a Theo y dejé mi bolso a un lado.

—Gracias por venir —agregó Elliot, suavizando la voz—. Sé que no ha sido fácil.

Asentí sin saber qué responder a eso. Claro que no había sido fácil. Mi abuelo era la única familia que tenía en el mundo y acababa de morir. Mientras tanto, yo estaba en este lugar gris y frío en espera de que un desconocido me dijera algo que no me interesaba escuchar.

—Está bien —dije—. Ya estoy aquí.

Theo levantó la vista entonces y sus ojos se cruzaron con los míos solo un segundo, suficiente para reconocerme y continuar como si nada. Como si esta fuera una reunión más en su agenda.

Elliot carraspeó, incómodo, y miró hacia la puerta.

—Y bueno, Claire, tenía mucho tiempo sin verte —sonrió, con ese gesto tentativo de quien intenta hacer fluir alguna conversación—. ¡Qué pena que fuera en estas condiciones! James siempre hablaba de tí.

Puede escuchar cómo se formaba un nudo en su garganta, lo que también ocasionó que mi rostro se desfigurara brevemente. Lo que menos quería era ponerme a llorar aquí mismo, pero otra mención a mi abuelo haría que todo el esfuerzo que había hecho en tapar mis ojeras y mis párpados hinchados se fuera al carajo.

Levanté la vista solo un segundo para encontrarme con los ojos de Theo fijos en mí otra vez. Le sostuve la mirada, porque no estaba dispuesta a dejar que me incomodara más de lo que ya hacía. Seguro que por dentro, detrás de esa mirada fría y apacible, estaba burlándose de mi debilidad y falta de carácter. Después de todo, eso era lo que siempre había sido para él.




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