—¿Pero… tú estás bien? —preguntó Alice por tercera vez.
Me apoyé contra el borde de la cama y miré el suelo de madera.
Después de varios días allí, la habitación había empezado a resultarme familiar de una forma incómoda. Todo seguía en su sitio: la cómoda junto a la ventana, la colcha perfectamente doblada, el escritorio que nadie había tocado en años, pero dormir allí no me hacía sentir en casa; solo me recordaba, noche tras noche, que no tenía a dónde huir.
—Sí —dije—. Bueno. Dentro de lo posible.
Habían pasado dos días desde el funeral y apenas unas horas desde la lectura del testamento, y aun así todo parecía comprimido en una sola línea de tiempo. La casa estaba en silencio debido a que todo el personal estaba demasiado entristecido como para que se notara que había más personas por la casa y había subido a mi habitación únicamente para poder contarle a Alice lo que acababa de pasar sin tener que moderar la voz ni cuidar mis gestos.
—Claire —dijo ella, con ese tono que usaba cuando notaba que yo no estaba siendo honesta—. Eso no es una respuesta.
Suspiré y me dejé caer sobre la cama, mirando el techo.
—No lo sé. Estoy cansada. Y confundida. Y… —busqué la palabra correcta— sorprendida.
—Ajá. Esa ya me parece más honesta. Cuéntame todo. Desde el principio.
Y lo hice. Le conté sobre la editorial, sobre Elliot, sobre la oficina. Le hablé del testamento, de la carta de mi abuelo que aún no me había atrevido a leer por miedo a lo que podría encontrar en el interior, de la condición absurda de tener que quedarme un año entero al frente de una empresa que nunca quise dirigir.
Del otro lado de la línea hubo silencio. Luego, una risa corta.
—Espera —dijo—. ¿Me estás diciendo que tu abuelo era asquerosamente rico y tú nunca lo mencionaste?
Cerré los ojos.
—Alice, no lo hagas sonar de esa forma.
—Amiga, no —replicó—, acabas de heredar Grayson y Hayes, y yo vendo libros, no puedes engañarme sobre esto —ahogó un grito—. Ni siquiera sé cómo no lo relacioné contigo nunca. No puedes decirme que no lo haga sonar de esa forma. Es lo que es.
En el fondo, agradecí que Alice estuviera más emocionada que indignada, tomando en cuenta el hecho de que yo nunca le había contado quién era. Cuando me marché de Boston estaba demasiado enfocada en lograr las cosas por mis propios medios y desligarme de lo que dejaba atrás, y contarle a una desconocida sobre mi familia resultaba contraproducente. Para el momento en el que Alice se convirtió en mi mejor amiga y comenzó a merecer toda mi confianza, ya era un poco tarde.
No fue una mentira deliberada. Nunca me senté frente a ella a construir una versión falsa de mi vida. Simplemente fui omitiendo piezas hasta que el rompecabezas pareció completo sin ellas. Hablaba de mi abuelo, sí. De la casa, a veces. Pero siempre como quien menciona un lugar lejano que ya no le pertenece.
—No era relevante para lo que yo estaba intentando hacer —dije al final—. Cuando llegué a Boston no quería ser “la nieta de”. Solo quería empezar de cero.
Alice soltó un suspiro largo, pero no sonó molesta.
—Lo entiendo —admitió—. Lo que me duele es que yo pensaba que éramos dos soñadoras pobres sobreviviendo a base de café, y resulta que tú eres una heredera encubierta.
—Vamos, Alice…
—¡Nada, Claire! —Se detuvo de golpe y luego ahogó un grito con si acabara de darse cuenta de algo realmente importante— ¡Siempre pudiste pagar esos malditos rollos de canela y preferiste torturarme durante años!
Gruñí, hundiendo la cara un segundo en la almohada como si pudiera sofocar la conversación con ella.
—¿Podemos cambiar de tema?
—De acuerdo, cambiemos de tema —dijo—. ¿Quién es Theo?
Me tensé sin querer.
—¿Qué?
—Theo. El tipo al que odias con la pasión de mil soles y del que nunca me hablaste —enumeró—. ¿Por qué nunca me dijiste que tenías un némesis?
Me incorporé un poco en la cama, como si eso fuera a ayudarme a explicarlo mejor.
—Porque no era importante. Y no le llames némesis.
—Amiga, por favor, no insultes mi inteligencia —se rio—. Cuando esa barista en la cafetería no era tan cortés contigo como con el resto de los clientes pasaste cuatro meses hablando de ello. ¿Por qué no mencionarías a este tipo misterioso y odioso con el que ni siquiera puedes tener una conversación civilizada?
—Es solo… complicado.
—Ajá —Alice bajó la voz, divertida—. Complicado suele ser sinónimo de “historia interesante”. Dime qué pasó ahí ¿Amor imposible que se convirtió en odio?.
—¡No! Solo lo odio —dije, indignada—. Siempre nos hemos odiado. Él es arrogante, condescendiente y cree que el mundo le pertenece. Nunca logramos llevarnos bien.
—Eso no descarta nada. Puedes odiarlo y desearlo al mismo tiempo.
Rodé los ojos, aunque sabía que no podía verme.
—Está casado.
Hubo un silencio breve. Luego un sonido de sorpresa genuina.