Regresé a casa al día siguiente con la sensación incómoda de haber dejado algo sin cerrar. No tenía que ver con Boston, ni con el testamento, sino con Pete y con la realidad que me tocaba asumir a partir de ahora: el hecho de que tendría que irme a Boston durante todo un año.
Desde la muerte del abuelo apenas habíamos hablado; yo estaba demasiado ocupada llorando y Pete tenía lo suyo, así que no nos sobraba el tiempo para conversaciones demasiado largas. Le había dado algunas explicaciones cuando mi estadía se extendió, pero nada más profundo que el hecho de que debía resolver asuntos familiares y que no sabía cuánto tardaría. Agradecí que no preguntara demasiado y aproveché ese silencio para no dar más detalles.
Abrí la puerta de nuestro apartamento y el olor a incienso y café me recibió como una confirmación de que nada se había movido en mi ausencia. Pete estaba sentado en el sofá, con la espalda encorvada, la guitarra sobre las piernas y la libreta que le había regalado unas semanas atrás abierta frente a él; una posición muy parecida a la misma en que lo había dejado cinco días atrás.
El pelo rubio ceniza le caía sobre los ojos en mechones descuidados que apartaba con un movimiento casi automático de la cabeza y llevaba una camiseta gris demasiado grande, que yo a veces usaba como pijama, y unos viejos jeans gastados en las rodillas. Siempre vestía así, como si la idea de combinar algo implicara un esfuerzo innecesario y tiempo que podía gastar en algo mucho más importante para él, como hacer música, que de hecho era lo único importante para él.
De una forma que ahora me parecía irritante, Pete era uno de los tipos más atractivos que jamás había conocido. Contaba con una belleza fácil y despreocupada: pómulos marcados, boca amplia, una mandíbula que se tensaba cuando afinaba las cuerdas.
Era el tipo de hombre que hacía que la gente asumiera que tenía algo importante que decir. Lo cual era una mentira del tamaño del Everest, pero para cuando te dabas cuenta, ya estabas demasiado metida en una relación, compartían un apartamento y fingir que no notabas sus actitudes de mierda era más fácil que hacer algo al respecto.
En fin, que me estaba proyectando.
Cuando lo conocí, durante mi último año de universidad, me había parecido el tipo más genial del mundo; con su banda y sus presentaciones en bares de mala muerte me hacía sentir como que ambos éramos estrellas de Rock y durante años, fui totalmente ciega a muchas de las actitudes por las que ahora quería matarlo la mitad de los días, el resto del tiempo solo me daba igual. Habíamos llegado a un punto en el convivíamos actuando como si el otro fuera una mesa en el medio del pasillo a la que a veces echabas a un lado.
—¿Ya volviste? —preguntó, sin levantarse.
Dejé la maleta junto a la pared y lo observé unos segundos antes de responder. Me pregunté si habría notado mi ausencia más allá del silencio de la casa y la falta de comida decente.
—Sí.
—¿Todo bien?
Era la pregunta más estúpida que había hecho jamás, pero asentí mientras caminaba hacia la cocina y abría el refrigerador sin ganas de nada más que tener algo que hacer con las manos.
—Más o menos.
Esperé que añadiera algo, pero no lo hizo. Siguió afinando una cuerda.
Me apoyé en la encimera y lo miré desde allí.
—Pete, tengo que decirte algo.
Al menos eso sí logró que levantara la vista.
—Suena serio.
Respiré hondo.
—Lo es. Tengo que volver a Boston —solté, como quien arranca una banda de depilado—. Un año.
El silencio que siguió se sintió como un simple vacío.
—¿Un año? —repitió.
Asentí.
—Es… parte de esos asuntos que te mencioné. Si quiero cerrar todo bien, tengo que estar allá ese tiempo.
No era una mentira completa. Solo estaba omitiendo la parte conveniente, porque yo nunca le había hablado a Pete de mi familia, ni de los negocios a los que se dedicaba mi abuelo, por lo que contarle que ahora tendría que hacerme cargo de una de las editoriales más grandes del país sería un poco… golpeado.
Pete dejó la guitarra a un lado, pero no se levantó, se limitó a quedarse mirando a la ventana, como si estuviera contemplando la infinidad del universo.
—Bueno —dijo después de unos segundos—, supongo que podemos arreglarnos. Un año pasa rápido.
Lo miré sin saber qué esperaba exactamente. ¿Sorpresa? ¿Incomodidad? ¿Alguna señal de que mi vida moviéndose de ciudad significaba algo más que un ajuste logístico para él?
—¿Eso es todo? —pregunté, incapaz de evitarlo.
Se encogió de hombros.
—¿Qué quieres que diga? Es algo que tienes que hacer, ¿no? Además, puedo ir a visitarte. O tú venir. Boston ni siquiera está tan lejos.
No sabía si me irritaba más la indiferencia o la facilidad con la que lo resolvía. De más estaría mencionar que Boston estaba a casi dos mil kilómetros de distancia, para Pete sería exactamente lo mismo.
Entonces, sin querer, volvió a mi mente el comentario que Theo había lanzado durante la lectura del testamento de mi abuelo con una precisión casi cruel: que Pete ni siquiera había ido al funeral, que no se había molestado en acompañarme.