La otra mitad

4— Un nombre en la puerta

Desperté en mitad de la madrugada con la extraña sensación de no saber exactamente dónde estaba y, durante unos segundos, me quedé inmóvil, mirando el techo oscuro e intentando recordar qué parte de mi vida me había llevado hasta esa cama demasiado grande y esa habitación silenciosa.

Entonces lo recordé. Boston. La casa del abuelo. Los últimos quince días.

Había llegado apenas unas horas antes, cuando el cielo todavía no había oscurecido del todo y aun así el frío parecía filtrarse a través de mi abrigo y apuñalarme con zaña. Para mi sorpresa, Reese me había recibido en la entrada a pesar de ser específica en el hecho de que no era necesario. Aun así, ella había abierto la puerta con una eficiencia que me hizo pensar en una película de época mientras Mae, se empecinaba en llevar mi maleta hasta la habitación.

Y, por supuesto, no tuve más opción que forzar una sonrisa y fingir que era perfectamente normal que una chica que bien podría haber compartido el jardín de niños conmigo me cargara la maleta. No estaba segura de que la memoria de mi abuelo estuviera de acuerdo con que me peleara con ella por un trozo de cuero.

Me limité a subir a mi habitación de siempre, quitarme los zapatos y tumbarme en la cama “solo un momento”, después de confirmarle a Alice que ya estaba en casa. Desde luego, ese momento terminó convirtiéndose en varias horas.

La casa estaba en completo silencio, pero este no se parecía en nada al silencio que recordaba de mi niñez, cuando mi abuelo leía en su despacho, trabajaba o hablaba por teléfono en el piso de abajo. Esto era como si la casa hubiera perdido el centro de gravedad que lo mantenía en equilibrio.

Giré la cabeza hacia el reloj de la mesita.3:17 A.M.

Me incorporé lentamente, dejando que mis pies tocaran el suelo frío. Esta habitación nunca me había molestado antes, de hecho, era el lugar dónde más tiempo había pasado durante toda mi vida, pero esta noche se sentía como un espacio extraño. De hecho, toda la casa se sentía así. Demasiado ordenada, silenciosa y vacía. Aparté esa idea de mi cabeza antes de que lograra incomodarme aún más y salí del cuarto.

El pasillo estaba oscuro, apenas iluminado por la luz tenue que entraba desde una de las ventanas del fondo. La casa del abuelo siempre había sido grande, pero en mitad de la madrugada parecía duplicar su tamaño. Cada paso sobre la madera producía un leve crujido que resonaba más de lo necesario.

El dormitorio principal estaba donde siempre había estado, al otro lado de la casa, ligeramente separado del resto de las habitaciones. Giré el pomo con una vacilación breve que no sabía de dónde venía. Cuando mi abuelo vivía, cualquier lugar donde estuviera tenía las puertas abiertas para mí, ningún espacio era privado, pero ahora me sentía como que invadía su espacio mientras me adentraba en el cuarto que había ocupado hasta unas pocas semanas atrás.

La habitación olía igual que siempre. No era un perfume fuerte, ni algo que pudiera identificar con precisión, simplemente se trataba de su olor: madera, papel, algo ligeramente especiado que siempre me había recordado a sus chaquetas de invierno.

La cama estaba perfectamente hecha y me quedé de pie un momento observándola, preguntándome si aquello era extraño. De repente sentía demasiadas ganas de dormir allí. Usar su espacio como si el hecho de que la casa ahora fuera mía borrara automáticamente todas las líneas invisibles que había aprendido a respetar durante años.

Pero la alternativa de volver a mi habitación me causaba escalofríos, así que cerré la puerta detrás de mí y me metí en la cama, sintiendo lo más cercano a un abrazo de mi abuelo que había experimentado en el último año.

La mañana llegó demasiado pronto y aún así, no fue el sonido del despertador lo que me sacó de la cama, sino la sensación persistente de que no podía seguir posponiendo lo inevitable. Durante horas había permanecido inmovil mirando el techo del dormitorio de mi abuelo, tratando de recordar en qué momento exacto había decidido que dormir allí era una buena idea.

Evidentemente ninguna habitación de aquella casa enorme y vacía sería una buena idea, pero en aquel momento, con menos de dos horas de sueño y el agotamiento acumulado de un mes, no podía pensar en una alternativa viable.

Me incorporé despacio, todavía envuelta en esa mezcla incómoda de calma y desorientación que me acompañaba desde que había regresado a Boston. Tomé una ducha y me arreglé sin querer pensar demasiado en lo que elegía, pero por desgracia, siendo demasiado consciente de que este sería mi primer día trabajando en Grayson y Hayes y que todo el mundo me notaría, así que más valía que lo hiciera bien. Como bonus, vino a mi mente el recuerdo de la mirada despectiva de Theo, lo que me hizo esforzarme un poco más.

Por suerte, había encontrado algo con qué ocupar los últimos días. Cualquier cosa que evitara que me quedara encerrada en el apartamento pensando en la muerte de mi abuelo, el innegable deterioro de mi relación o el hecho de que tendría que abandonar mi trabajo para mudarme a una ciudad que odiaba y dirigir una empresa de la que nunca quise ser parte. Ese “algo” había sido ir de compras con Alice.

Mi amiga se tomó de forma muy personal lo de “prepararme para la vida corporativa” e ignoró todas mis quejas con la excusa de que, ahora que sabía que era rica, jamás me permitiría usar crocs para trabajar. Gracias a eso, ahora contaba con un nuevo guardarropa que me hacía menos difícil lo de parecer una ejecutiva, o al menos alguien que sabía lo que hacía.




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