Salí de la sala de reuniones con la sensación extraña de haber sobrevivido a algo que, unas horas antes, estaba convencida de que no iba a poder manejar.
No había sido tan terrible. De hecho, si era honesta, había sido sorprendentemente llevadero.
Todos habían sido amables. Demasiado, incluso. Algunos habían hecho preguntas, otros se habían limitado a asentir con una sonrisa medida, pero ninguno intentó incomodarme ni cuestionar mi presencia de forma directa. Era casi como si todos hubieran decidido, de manera silenciosa, darme el beneficio de la duda.
O, al menos, fingir que lo hacían.
Caminé por el pasillo de regreso a mi oficina con un ritmo más estable que el de esa mañana, aunque la sensación de estar ocupando un lugar prestado seguía allí, instalada en algún punto entre mi pecho y mi estómago, había logrado atravesar la primera parte del día.
Aun así, el peso de la tarde pendía sobre mí: la reunión con Theo para la que sólo faltaban minutos.
Entré en mi oficina y Kath ya estaba allí, como era de esperar, con una taza de lo que identifiqué como té humeante que colocó sobre la mesa de la esquina en cuanto me vio.
—¿Qué tal? —preguntó, pero su tono insinuaba que sabía exactamente cómo había ido la reunión—. ¿Cómo ha ido?
Caminé hacia la mesa redonda junto a la ventana y me dejé caer en una de las butacas, dejando escapar un breve suspiro.
—Bien —respondí—. Genial, en realidad. La gente fue amable.
Kath rió y me dedicó una mirada de eficiencia total.
—Te lo dije.
—Aun así, siguen siendo demasiadas personas —admití—. Y sigo sin saber exactamente qué estoy haciendo.
—Nadie lo sabe el primer día —repitió ella—. Eres demasiado dura contigo misma para ser nueva en esto.
Hice una mueca, sin querer aceptar o desmentir aquella afirmación.
—Y te ves demasiado cansada para alguien en su primer día —murmuró suavemente, como si no quisiera decirlo, pero aún así no pudiera callarlo.
—No he dormido bien —admití—. Entre el funeral, el papeleo y todo esto, no he cerrado el ojo. Y además… no me siento cómoda en la casa del abuelo. No entiendo cómo pudo vivir solo en un sitio tan grande. Para mí es excesivo.
Se sentía raro contarle aquello a alguien que acababa de conocer. Aun así, había algo en Kath (tal vez su forma de hablarme) que me hacía sentir cómoda, como si nos conociéramos de toda la vida
Kath asintió.
—Sí, es una casa grande —dijo, como si no fuera la primera vez que alguien lo mencionaba—. Si quieres puedo ver si hay algún apartamento disponible. La empresa tiene varios.
Levanté la mirada hacia ella, sin estar segura de haber escuchado bien. ¿Cómo habíamos pasado de una queja vaga a un ofrecimiento como ese?
—¿Un apartamento?
—Son pequeños —aclaró enseguida—. Nada exagerado. Suelen usarse para ejecutivos que vienen por temporadas o para estancias cortas. Pero son suficientes para que siempre haya algunos sin ocupar.
Tomé la taza con infusión que ella había dejado delante de mí, más por tener algo qué hacer con las manos que porque me apeteciera.
—No lo sé… suena un poco excesivo.
Kath alzó una ceja, apenas.
—Claire, es tu empresa. Técnicamente ya es tuyo antes de que lo pidas.
Eso no ayudó tanto como ella parecía creer.
—Aun así… —murmuré—. No sé si me siento cómoda con eso.
Kath no insistió.
—No tienes que decidirlo ahora —dijo con un encogimiento de hombros. Se inclinó ligeramente hacia el escritorio y echó un vistazo rápido a su libreta.
—El miércoles tienes la tarde libre. Podemos ir a verlo. Sin compromiso —añadió, alzando la vista hacia mí—. Solo para que no te quedes con la duda.
Di un pequeño sorbo al té, dejando que el calor me bajara por la garganta mientras asentía sin ganas.
—Lo pensaré.
Kath no dijo nada más. Solo miró el reloj de pared por encima de mi hombro.
—Faltan cinco minutos para las cuatro.
Asentí, aunque mi cuerpo tardó un segundo más en reaccionar. Dejé la taza sobre la mesa con cuidado y me puse de pie, alisando de forma casi automática la tela del pantalón antes de despedirme y salir de la oficina. Cada paso a través del pasillo que me separaba de mi destino sonaba con una claridad incómoda, como si el edificio entero amplificara mi presencia.
Me detuve frente a la puerta de la oficina el tiempo suficiente para tomar aire y recordarme que aquello no era más que otra reunión. Nada distinto a lo que había estado haciendo todo el día. Nada que no pudiera manejar. Aunque se tratara de Theo.
Levanté la mano para tocar, pero la puerta se abrió antes.Y apareció la persona que menos esperaba y, sobre todo, que menos quería ver: Maggie Morgan-Grayson.
Nuestras miradas se encontraron y, si era posible, mi humor se ennegreció incluso más al tiempo que ella cerraba la puerta de la oficina a sus espaldas. Para nadie era un secreto que Maggie y yo nos detestabamos desde tercer grado, cuando ella se robó mi pluma con purpurina y fingió que siempre había sido suya. Desde ese momento ya daba claros indicios de la persona de mierda que sería durante el resto de su vida y yo ya había forjado bastante mi carácter para saber que la odiaría por siempre.