El viernes por la tarde ya estaba instalada.
Aunque decir “instalada” era generoso, considerando que mis pertenencias cabían en cuatro cajas medianas, dos maletas y una bolsa con productos de baño que Alice habría calificado de trágicamente básicos. De todos modos Kath había coordinado todo con una eficiencia casi militar, así que para cuando llegué al apartamento, mis pertenencias ya me esperaban ordenadas en la sala como si hubieran llegado por voluntad propia.
—Dios, empacadas así, mis cosas parecen aún menos —murmuré, dejando el bolso sobre el sofá.
—Posees lo necesario —corrigió Kath, encogiéndose de hombros mientras revisaba algo en su tableta. Luego señaló hacia la ventana, sin mirarme—. Eso viene por mi cuenta.
Seguí la dirección de su gesto y entonces la vi. Una planta pequeña de hojas redondas descansaba sobre el alféizar, dentro de una maceta blanca, perfectamente colocada donde la luz caía con suavidad.
La miré un segundo antes de volver la vista hacia ella.
—¿Me estás regalando una planta?
—Yo prefiero llamarla “algo vivo que no te lleve la contraria” —replicó—. Pero sí, esta casa necesitaba algo con vida. Por favor, mantenla cerca de la luz o esa vida no le durará mucho.
Deslicé la mirada de la planta a ella, intentando descifrar si aquello era un gesto amable o una amenaza.
—Lo tendré en cuenta.
Kath asintió como si acabara de cerrar un asunto importante y dio un paso hacia la sala, echando un último vistazo alrededor. Enderezó apenas una de las cajas con la punta de su zapato de tacón, comprobó algo en su teléfono y luego levantó la vista hacia mí.
—Si necesitas algo más, me avisas.
—Creo que ya has hecho suficiente por hoy.
—Qué bueno que lo piense —murmuró con una media sonrisa—. Bienvenida a casa, Claire. Descansa.
La frase me tomó desprevenida y no supe muy bien qué hacer con ella, así que me limité a asentir, con una media sonrisa que ni yo misma terminé de entender.
Tras la marcha de Kath, pasé la siguiente hora haciendo cosas ridículamente domésticas que, para mi sorpresa, me resultaron satisfactorias. Coloqué mi ropa en el armario. Guardé los platos nuevos que Kath había comprado para mi y que no combinaban entre sí, pero que igual me provocaron demasiada ilusión. Puse los libros de mi maleta (lo único que había traído de casa de mi abuelo) en la mesita de noche como si eso bastara para que el apartamento comenzara a pertenecerme.
Luego pedí comida china y comí descalza en la barra de la cocina mientras escuchaba el silencio sin que me hiciera sentir que me ahogaba. Este era un silencio agradable, lleno de posibilidades. Cuando me acosté esa noche, las sábanas estaban frías y la habitación apenas se iluminaba por la ciudad detrás de la ventana, pero respiré hondo y por primera vez desde que había vuelto a Boston, me dormí antes de terminar de pensar.
El sábado desperté desorientada durante tres gloriosos segundos. No reconocí el techo, ni recordé dónde estaba, pero no sentí ese peso inmediato en el pecho que me acompañaba cada mañana desde que había vuelto. Luego vi la línea de luz entrando por la ventana y la manta verde sobre mis pies.
Y entonces recordé y sonreí antes de poder evitarlo.
Me preparé café en pijama y lo bebí descalza junto a la ventana de la sala mientras la ciudad se desperezaba varios pisos más abajo. Decidí salir a comprar “un par de cosas necesarias”, y esa frase, en retrospectiva, fue peligrosamente optimista porque volví con más de lo previsto: algunas piezas de decoración que no había planeado, utensilios nuevos que juré necesitar en el momento y una lámpara pequeña que, objetivamente, no tenía ningún sentido, pero que terminó en mis manos de todos modos. Después vinieron las cortinas, los cojines y una manta que no necesitaba en absoluto, pero que combinaba demasiado bien con el sofá como para dejarla atrás.
Pasé el resto del día alternando entre leer más de los documentos de Theo y organizar el apartamento, acomodando cojines como si tuviera idea de lo que hacía o probando lugares distintos para la lámpara hasta aceptar que el primer sitio había sido el correcto. Al caer la tarde, el salón se llenó de una luz dorada suave que volvió todo aún más bonito.
No quise detenerme a analizar lo mucho que aquello me estaba entreteniendo, pero para cuando cayó la noche, el apartamento olía a tela nueva y detergente y yo me sentía realmente en casa. Había bolsas vacías junto a la puerta, cajas abiertas en el suelo y una paz extraña flotando entre todo el desorden.
Alice me llamó por videollamada justo cuando intentaba cocinar pollo y vegetales desde un tutorial de Youtube, porque la nueva yo, parecía comenzar a disfrutar la cocina.
—¡Hola, perra!—dijo apenas contesté—. No me digas que estás cocinando otra vez. Necesito un segundo para procesar esto.
—Compórtate —murmuré, ajustando el teléfono contra algo estable mientras removía con más concentración de la necesaria.
Giré la cámara para mostrarle el apartamento: la sala bañada por la luz de la tarde, la planta junto a la ventana, la cocina ordenada y el sofá donde ya empezaba a dejar mantas como si llevara años viviendo allí
Alice entrecerró los ojos.