La otra mitad

8— La puerta de al lado

Theo subió al auto negro que lo esperaba frente al edificio mientras yo me quedaba parada en el lobby intentando procesar mi mala suerte. Por más que quería apartar la mirada y fingir que los últimos dos minutos no habían pasado, mis ojos lo siguieron mientras el conductor le abría la puerta trasera y él entraba sin volver la cabeza en mi dirección.

El coche arrancó unos segundos después y yo me quedé mirando cómo desaparecía calle abajo con esa elegancia irritante que parecía perseguirlo incluso en situaciones absurdas. Luego bajé la vista al teléfono y suspiré al ver que mi Uber estaba a nueve minutos.

Genial.

Me crucé de brazos, todavía sosteniendo el vaso térmico, y agradecí tener algo que le devolviera el calor al cuerpo. Era increíble que apenas cuarenta y ocho horas antes había pensado que mudarme a este edificio era la primera decisión verdaderamente buena que tomaba desde mi regreso. Pero claro, tenía que ser Theo Grayson quien lo arruinara, para variar.

Decidí que, oficialmente, acababa de encontrar una razón completamente nueva para querer estrangular a Theo Grayson.

El taxi apareció unos minutos después y aproveché el trayecto entero para convencerme de que estaba exagerando. Éramos adultos. El edificio tenía veinte pisos, una recepción enorme y suficientes puertas como para no cruzarnos. Podíamos lidiar con esto.

Pero para cuando llegué a la editorial, la sensación de haber comenzado el día perdiendo una batalla que ni siquiera sabía que estaba peleando seguía quemando. Aun así me las arreglé para saludar a un par de personas y fui directo al escritorio de Kath.

Ella levantó la vista de la pantalla apenas me acerqué. Ofensivamente tranquila para alguien que había omitido un detalle tan importante como por cierto, al lado vive la persona más odiosa del planeta.

—Buenos días —saludó con normalidad.

La miré unos segundos.

—¿Puedes venir a mi oficina?

Kath parpadeó. No parecía exactamente confundida, pero sí lo bastante descolocada como para notar que algo no estaba bien.

—Claro. ¿Ocurre algo?

Me limité a señalar la oficina con la cabeza y esperé a que se pusiera de pie. Abrí la puerta, dejé el bolso sobre la mesa de reuniones y me senté en uno de los extremos con el vaso de café frente a mí, justo cuando Kath entró con su tableta pegada al pecho.

Cerró la puerta y me observó.

—Bueno —dijo despacio—. Ahora sí necesito saber qué pasó.

Me crucé de brazos.

—Hipotéticamente… ¿Qué tan complicado sería cambiar de apartamento?

Kath tardó un segundo en responder. La sorpresa le cruzó el rostro tan rápido que otra persona quizá no la habría notado, pero yo ya empezaba a reconocer sus pequeñas grietas de expresión. Era demasiado controlada para reaccionar de verdad, pero sus cejas se elevaron mientras dejaba la tableta sobre la mesa.

—¿Cambiarte? —repitió—. ¿Hay algo con el apartamento?

—No.

—¿Algún problema con el edificio?

—No.

Kath me sostuvo la mirada, claramente esperando algo más que eso.

—Entonces no entiendo.

Desvié la vista hacia la ventana. Sonaba absurdo incluso dentro de mi cabeza. Me había encantado ese apartamento. Apenas dos días ahí y ya podía respirar dentro de él de una forma que no había logrado en la casa de mi abuelo. Mudarme otra vez por culpa de Theo era una decisión impulsiva e infantil.

Y aun así seguía pareciéndome mejor opción que tenerlo de vecino. Ya era suficiente con saber que estaba al otro lado del pasillo en el trabajo, pero estar en casa y que nos dividiera una sola pared me parecía tortuoso.

Suspiré y apoyé la espalda en la silla.

—¿Por qué no me dijiste que Theo vivía al lado?

Parecía haber dejado a Kath sin palabras, lo que podría ser un logro único en el mundo. Si la situación no fuera tan seria, me habría parecido gracioso.

—No es información que maneja todo el mundo aquí.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—El señor Grayson es muy reservado con su vida privada —explicó—. La mayoría del personal no sabe dónde vive. Y honestamente, no pensé que necesitara advertirte algo así porque no sabía que te importaría.

Solté una risa incrédula.

—Kath, el hombre vive al otro lado de mi pared y trabaja aquí. Pudiste simplemente mencionarlo.

—Lo siento, yo no "solo menciono" cosas. Parte de mi trabajo consiste en ser cuidadosa con lo que digo.

Claro que lo era. Solté una risa breve, sin humor.

—Perfecto. Entonces tengo a mi peor pesadilla a una pared de distancia… y a Maggie —gemí.

Si pensar en Theo me enfermaba, cada vez que la cara de Maggie venía a mi mente me daban ganas de hacerme una lobotomía con la trituradora de papel.

Kath abrió la boca y la cerró casi al instante. La confusión cruzó su rostro con suficiente claridad como para que mi irritación tropezara consigo misma.




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