La otra mitad

9 —Un dragón con fuego

El sábado por la mañana desperté con la sensación extraña pero agradable de no tener ninguna obligación inmediata. No había reuniones ni tenía correos urgentes que responder. No había documentos de Theo esperándome sobre el escritorio de mi oficina.

Bueno.

Probablemente sí había documentos de Theo esperándome en mi correo, pero podían sobrevivir unas horas sin mí.

Me preparé café, desayuné junto a la ventana y pasé casi una hora leyendo una novela que llevaba semanas abandonada. Después decidí que necesitaba salir de casa antes de convertirme oficialmente en una ermitaña. Además, el refrigerador empezaba a parecer preocupantemente vacío.

Me cambié de ropa, recogí el cabello en una coleta y tomé mis llaves mientras repasaba mentalmente una lista improvisada de compras. Antes de abrir la puerta, sin embargo, me detuve y eché un vistazo a la mirilla para confirmar que el pasillo estaba vacío.

Perfecto.

Puede que aquella precaución fuera ridícula después de una semana completa sin cruzarme con Theo fuera de la editorial, pero había aprendido a apreciar mi racha. Durante los últimos seis días no lo había visto una sola vez en el edificio y sabía que seguía existiendo porque cada mañana encontraba nuevos documentos en mi correo y cada tarde aparecían más carpetas sobre mi mesa. También sabía que seguía respirando porque Kath lo mencionaba eventualmente y Elliot seguía refiriéndose a decisiones que ambos habían tomado.

Pero fuera de eso, Theo se había convertido en una especie de fantasma corporativo.

Y yo estaba perfectamente feliz con esa situación.

Abrí la puerta, salí al pasillo y cerré detrás de mí antes de avanzar hasta el ascensor y pulsar el botón. Entonces escuché movimiento al otro lado de la puerta de Theo y me quedé inmóvil con la vista fija en el panel del ascensor que todavía estaba varios pisos más abajo.

Volví a pulsar el botón como si eso fuera a convencerlo de acelerar, pero eso no cambió nada.

Detrás de mí se escuchó otro ruido, pasos, tal vez. Mi espalda se tensó de inmediato ante la idea de tener que compartir el ascensor con él y me concentré en las puertas metálicas frente a mí con una intensidad absurda, fingiendo que no había escuchado absolutamente nada. Quizá si no me giraba, el universo se compadeciera de mí.

Solo que al universo yo le valía un pepino y lo confirmé justo cuando escuché el sonido de la puerta abriéndose.

Quise maldecir, pulsar el botón con más fuerza o incluso devolverme corriendo a mi apartamento hasta que la persona detrás de mí (fuera Theo o Maggie me daba exactamente igual) desapareciera y alguien de mantenimiento desinfectara el ascensor, pero nada de eso serviría, así que me limité a fingir que no había notado el ruido de la puerta.

Y eso habría funcionado, si no fuera porque la persona detrás de mí habló.

—Hola.

Y no fue la voz chillona y molesta de Maggie, ni el gruñido odioso de Theo, sino una voz dulce e infantil que me hizo girarme de inmediato solo para encontrarme con una pequeña que apenas me llegaba a la cintura.

La niña tendría unos seis años, tal vez siete, llevaba el cabello oscuro recogido en una coleta mal hecha y sostenía varias hojas de papel contra el pecho. Tenía unos tenis rosados, leggings grises y una expresión completamente seria para alguien tan pequeña.

—Hola —respondí.

La niña inclinó la cabeza y me miró con curiosidad.

—¿Vives al lado?

La pregunta me tomó desprevenida.

—Supongo que sí.

Ella pareció considerar aquello.

—Bueno, bienvenida. Yo soy Eleanor.

Sonrió apenas al decirlo, como si acabara de compartir información muy importante.

—Gracias. Mucho gusto, Eleanor.

Asintió, satisfecha y luego levantó una de las hojas que llevaba en la mano.

—Hice un dibujo.

—¿Ah sí?

—Es un dragón.

Observé la hoja que me mostraba y, honestamente, parecía más una mezcla entre una nube y una tostadora, pero no pensaba ser la persona que destruyera los sueños artísticos de una niña tan pequeña.

—Es impresionante.

Sus ojos se iluminaron.

—¿Verdad?

—Muchísimo.

La pequeña sonrió con tanto orgullo que sentí ganas de aplaudirle, pero entonces las puertas del ascensor se abrieron justo en ese momento, llamando mi atención. Di un paso en el interior y me giré para despedirme de Eleanor, sin embargo, antes de que pudiera decir nada, una voz masculina que ya conocía bastante bien, llegó desde el interior del apartamento.

—Ellie.

La niña se giró de inmediato y Theo apareció un segundo después con el teléfono atrapado entre su hombro y su oído mientras hablaba con alguien al otro lado de la línea. Llevaba pantalones deportivos oscuros y una camiseta negra, y la imagen me pareció tan extraña que tardé un segundo en procesarla.

Nunca lo había visto así, sin la armadura corporativa que llevaba cada día. Sin sus camisas y trajes a medida solo parecía una persona común y corriente. De hecho, casi parecía humano.




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