La otra mitad

10- Casi un récord mundial

Kath tenía la tableta apoyada sobre la mesa y pasaba de una página a otra mientras yo intentaba descifrar por qué demonios alguien había considerado una buena idea presentar aquel el informe de ventas más largo y aburrido en la historia del comercio.

—¿De verdad tenemos que leer todo esto? —gruñí, esforzándome por no tirar la carpeta a la papelera.

—Técnicamente, sí —replicó Kath, con ese gesto parsimonioso que usaba cuando se sentía más lista que yo.

Levanté la vista y le dediqué una mirada de desprecio.

—¿Y si decido que técnicamente no?

Kath ni siquiera me miró.

—Entonces puedo ayudarte a redactar el correo en el que explicaremos por qué decidiste ignorar el informe mensual de uno de los departamentos más importantes.

Volví a mirar la pantalla.

—Cuarenta y siete páginas no pueden ser necesarias para explicar tres números.

—Eso mismo dije yo.

—¿Y qué te respondieron?

—Que necesitaba entender el contexto.

Solté un suspiro.

—Odio el contexto.

—Lo sé. Yo también.

Pasé otra página y me encontré con un gráfico que parecía diseñado específicamente para hacerme perder la voluntad de vivir.

—¿Esto qué significa?

Kath se inclinó para mirar la página.

—¿Que alguien empleó demasiado tiempo en hacer un gráfico?

Le dediqué una mirada de cansancio.

—Gracias.

—Para eso estoy.

Las dos estábamos sentadas en la mesa de la esquina, como cada día desde que había ocupado esta oficina. Pasábamos las mañanas revisando el correo, discutiendo mi agenda y peleando con los mismos informes financieros que Theo insistía en enviarme como si yo tuviera veinticuatro horas más al día que el resto del mundo. Ya llevaba semanas enteras leyendo cada carpeta que aparecía en mi escritorio, tomando notas en libretas que empezaban a amontonarse sobre mi mesita de noche, y aunque nunca lo admitiría en voz alta, empezaba a entender de qué hablaba cada documento sin tener que releerlo tres veces.

Estaba a mitad de una frase sobre los márgenes de la última adquisición cuando la puerta se abrió sin que nadie tocara y no hizo falta levantar la vista para saber quién era, porque solo había una persona en todo el edificio que no tenía vergüenza de exhibir una costumbre tan desagradable.

—Las puertas están para tocarse, Theo —dije, sin apartar los ojos del informe.

Él se detuvo un segundo en el umbral y por el rabillo del ojo lo vi fruncir apenas el ceño, como si intentara ubicar de dónde le sonaba tan familiar la frase, hasta que evidentemente lo consiguió, porque algo en su expresión se aflojó, aunque no llegó a ser una sonrisa.

—Kath —dijo, ignorando por completo mi comentario—, ¿me permites un momento a solas con Claire?

La aludida levantó la vista de la tableta y nos miró a los dos, primero a él, luego a mí, pidiendo en silencio mi aprobación. Asentí una vez.

—Claro —respondió, poniéndose de pie—. Estaré afuera si me necesitas.

Salió cerrando la puerta detrás de ella, y me pregunté, no por primera vez, si Kath disfrutaba demasiado de mis encuentros incómodos con Theo o si solo era yo proyectando mi propia incomodidad en cualquiera que estuviera cerca.

Theo avanzó hacia la mesa, pero no se sentó de inmediato. Recorrió la oficina con la mirada, deteniéndose un segundo de más en el escritorio vacío antes de volver a mí.

—¿Por qué no te sientas ahí? —preguntó.

—La mesa es más cómoda. Y tengo la cafetera al alcance de una mano —respondí, extendiendo la mano para ilustrar mis palabras— ¿Café?

Una vez más, él ignoró mis palabras.

—Es tu oficina, Claire. Con tu nombre en la puerta.

—Ya lo sé —respondí, sin dar más explicaciones y volviendo la vista al informe que tenía delante—. ¿Ibas a decirme algo o solo viniste a criticar mi elección de asientos?

Theo me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario, y por un instante pensé que iba a insistir. Pero se limitó a tomar asiento frente a mí, del otro lado de la mesa.

—¿Has estado leyendo lo que te he enviado? —preguntó, directo, sin ningún tipo de preámbulo.

—Todo —respondí—. También he estado tomando notas, si realmente quieres saber.

Algo cruzó su expresión, tan rápido que no llegué a interpretarlo del todo. Sacó una carpeta de la que no me había percatado hasta entonces y la abrió sobre la mesa entre los dos.

—Entonces es momento de que empecemos a trabajar con algunas cosas de verdad —dijo—. No más lectura pasiva.

Asentí, aunque por dentro sentí que se me tensaba algo en el estómago. Una parte de mí, la que llevaba dos semanas memorizando cifras y estructuras de contratos, quería demostrarle exactamente de qué era capaz. Otra parte, mucho más pequeña y mucho más terca, seguía esperando que Theo encontrara la primera oportunidad para señalar todo lo que no sabía.




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