La penumbra latente

Los que olvidaron.

Aurelia despierta, como cada mañana, con los primeros rayos de sol, aunque se podría decir que aquel lugar nunca dormía del todo. Entre sus calles habitaba alguien incapaz de descansar sin ayuda, un alma atrapada en el insomnio. Por eso, cuando el resto de los vecinos comenzaba a salir de sus casas, casi siempre lo primero que ven es a un muchacho de piel bronceada cumpliendo con alguno de los trabajos que le han encomendado: llevar agua, reparar techos o ayudar en los campos. Siempre trabajaba en un silencio imperturbable; pocos le habían escuchado hablar, pero quienes lo habían hecho aseguraban que su voz poseía una fuerza poderosa.

Nadie sabía de dónde había salido ni cuántos años cargaba a sus espaldas; lo aceptaban simplemente porque jamás pedía nada a cambio y porque su presencia se diluía en el tiempo. Lleva allí desde incluso antes que algunos de los ancianos más longevos de la aldea. Ellos mismos murmuraban, en la complicidad de sus portales, que aquel chico exótico no envejecía; seguía igual de joven que cuando ellos eran niños. Pero lo decían en voz baja, temerosos de romper un secreto demasiado antiguo. Al final, preferían dejar las cosas como estaban: todos salían ganando con su ayuda.

El propio Kyle ignoraba su origen. Su pasado era un misterio absoluto, igual que su propósito. En su interior solo habitaba un vacío que ningún día lograba llenar, sin importar cuánto trabajara. Lo único que conservaba era su nombre, y a veces dudaba de si era real; al carecer de recuerdos, no podía afirmarlo con certeza. Así, se limitaba a vivir, esperando que algún día llegara la respuesta a quién era y qué hacía

Con un último vistazo al pasto, deja la azada en el suelo mientras se gira para ver su trabajo terminado. Se ha tirado la mitad de la madrugada y la mañana arando el pasto para poder cultivar. Nadie se lo ha pedido, lo ha hecho porque sabe que llega la época de siembra y ayudar es lo único que puede hacer estando aquí. Bebe un trago de agua para después limpiarse con el antebrazo; su vista está posada en las montañas lejanas, separadas de la aldea por un gran río. En verano no es más que un hilo de agua, aunque tiene zonas donde hay bastante profundidad; sin embargo, en invierno se convierte en un río muy traicionero gracias a las lluvias invernales. Nunca ha ido a las montañas; la gente comenta que no hay nada y que es una pérdida de tiempo, ¿lo es? Jamás ha intentado ir al otro lado; no sabe si es porque, como dicen los aldeanos, es una insensatez, o es por esa sensación que lo repele cuando se acerca al río, cerca de la ladera donde comienzan. Con un suspiro aparta la vista, no es como si ahora tuviera ganas de intentar atravesarlas.

El murmullo de la aldea comienza a llenar el aire: risas de niños que corren descalzos, el golpeteo de martillos sobre la madera, el crujir de carros cargados de heno. Todo parece formar parte de una rutina inmutable, un ciclo que se repite cada día sin excepción. Sin embargo, para Kyle el tiempo estaba estancado. Los días se acumulan como hojas secas en el suelo, idénticos entre sí, incapaces de darle una respuesta. Hace mucho que dejó de buscarla, se repite una y otra vez.

A veces, mientras observa las montañas cuando está haciendo sus quehaceres, le parece escuchar un eco lejano, un rumor que parece ser que nadie más oye, solo él. No sabe si es su imaginación o un recuerdo perdido que intenta abrirse paso en su memoria. ¿Será ese río la frontera de su pasado? ¿O el comienzo de algo que aún no comprende?

Una voz lo saca de sus pensamientos. —Kyle —lo llama Diana, con una sonrisa tranquila—. Has trabajado demasiado otra vez. Ven, la comida ya está lista.

Él asiente en silencio, dejando atrás el campo recién arado. Diana es de las pocas personas que se atreven a hablarle con naturalidad. No lo trata como un extraño, ni como un misterio viviente. Para ella, Kyle es simplemente… Kyle. Y esa simplicidad es, quizás, lo que más lo ata a la aldea. Pero mientras camina junto a ella, no puede evitar pensar en esa sensación que le dice que, tarde o temprano, algo lo obligará a cruzar el río.

Kyle camina junto a Diana por el sendero de tierra que conecta los campos con la plaza central. El olor a pan recién horneado se mezcla con el humo de las chimeneas, y en cada esquina alguien lo saluda con un gesto discreto. Nadie espera respuesta: están acostumbrados a su silencio. Resultaba fácil pensar que a Kyle no le costaba nada devolver el saludo, pero para él, estrechar lazos significaba aceptar una futura despedida; él es eterno, los aldeanos no lo son. Los respeta, al final los llega a conocer porque él observa constantemente, pero entablar una relación supera los límites que él mismo se ha puesto, porque por alguna razón, cada vez que uno de aquellos aldeanos se va con los dioses, a Kyle le recorre una lágrima por la mejilla.

En la plaza, varias mujeres tienden telas de colores mientras los niños corretean entre los puestos improvisados. Diana lleva un cesto entre los brazos, lleno de hierbas que ha recogido al amanecer, y se detiene a conversar con una vecina. Kyle, en cambio, se queda a un lado, observando en silencio. Aunque en ningún momento pide nada, siempre terminan dándole algo: un trozo de pan, una jarra de agua, una fruta madura. Lo aceptan como se acepta la lluvia o el sol, como parte de lo inevitable.

Al llegar a la casa de Diana, el aroma del guiso los recibe. Ella coloca el cesto sobre la mesa de madera gastada y lo mira con un gesto de reproche cariñoso.

—Deberías descansar más, ¿sabes? No eres el único que trabaja aquí.

Kyle la observa unos segundos, sin responder, y luego se sienta en silencio. A veces quisiera decirle que el cansancio no le pesa, que en realidad lo único que le preocupa es no tener un propósito. Pero las palabras se quedan atrapadas en su garganta, y al final lo único que hace es asentir.

El mediodía avanza despacio. Afuera, los aldeanos siguen con su rutina. Dentro de aquella pequeña casa, Kyle mastica el pan y el guiso como si fueran el único ancla que lo sostiene en ese lugar. Después de comer, Kyle ayuda a Diana a llevar agua desde el pozo hasta la cocina. No es un trayecto largo, pero el balde lleno pesa lo suficiente como para que los más pequeños no puedan hacerlo sin ayuda. Él, en cambio, lo levanta como si no fuera nada.




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