La penumbra latente

Ecos del silencio.

El tiempo en aquel lugar no existía, y si lo hacía, no transcurría como en el mundo de los mortales. Un páramo oscuro, sin amaneceres, donde la oscuridad no cambiaba nunca, frío y húmedo, donde el eco de tus propios pensamientos puede volverte loco en minutos. Allí, encerrada y sola, se encontraba Skye, quien en ese mismo momento abría los ojos en medio de la penumbra interminable. La humedad del suelo caló sus huesos, haciendo que estos dolieran con cada movimiento que hacía, pasaba siempre que se despertaba, el mismo dolor, los mismos quejidos, el mismo pensamiento.

« ¿Por qué yo?»

El aire flotaba cargado de un olor metálico, evocador de sangre antigua, mientras que en la distancia resonaban murmullos que no pertenecían a ninguna lengua viva. Skye ha buscado una salida innumerables veces; ha perdido la cuenta de los senderos recorridos, así como de los días, de los siglos… de su propia vida.

El inframundo no tenía paredes, pero la aprisionaba con la eficacia de una jaula. Cada sendero que tomaba se retorcía en círculos, devolviéndola de forma invariable al mismo punto: un lago negro de aguas muertas, desprovistas de reflejo. Parecía que la estaba esperando, como si supiera que iba a volver cada día a pesar de intentar escapar, como si ese lugar estuviera unido a su propia existencia. Lo odiaba; odiaba todo lo que ese lugar la obligaba a sentir y a temer.

Porque, en ocasiones, cuando se quedaba mucho tiempo observando sus aguas, algo comenzaba a gestarse bajo el agua. No eran las sombras ni las criaturas que ya conocía de sobra; eran recuerdos. Pequeños destellos imposibles de atrapar: una mano cálida rozando la suya, una risa nítida cerca de su oído, una luz cálida atravesando la penumbra. Y junto a esas imágenes, aparecía siempre una insoportable sensación de pérdida, la nostalgia de añorar algo que ni siquiera recordaba haber poseído.

El inframundo es su hogar, es donde se ha criado, todo lo que conoce, no es una jaula, no es una cárcel, es su casa, su lugar de trabajo donde ha aprendido a escuchar el llanto de las almas y el peso de la muerte. Sin embargo, no podía evitar sentirse prisionera, como si no debiera estar ahí, como si su lugar estuviera en otro lado, ¿pero dónde? Skye no conoce nada más que aquel sitio, pero algo en ella insiste en que aquel lugar no le pertenecía.

Se arrodilló en la orilla. El agua no devolvía su rostro, sino un vacío interminable. Había aprendido a temerle, porque juraba que, a veces, lograba escuchar susurros bajo la superficie. Un nombre, uno que no lograba entender y mucho menos recordar.

La única compañía que allí tenía eran los espectros. Almas grises deformadas por el paso de los siglos, que vagaban sin rumbo, incapaces de hablar, pero atraídas hacia ella como polillas a una llama. Skye los sentía girar a su alrededor, buscando calor, buscando vida en alguien que ya no era del todo viva ni del todo muerta. Podía sentir sus emociones rozando la piel: miedo, tristeza, soledad. Jamás las rechazaba, a veces caminaba junto a ellas durante eternas horas, guiándolas por senderos que solo ella parecía comprender.

Algunas lloraban, otras intentaban gritar nombres olvidados y algunas solo observaban el vacío en silencio. Sky las entendía mejor de lo que le habría gustado admitir, porque ella también estaba perdida, porque aunque no quisiera admitirlo, todavía conservaba algo parecido a la vida.

Cada vez que cerraba los ojos veía destellos imposibles: un resplandor dorado, una manos cálidas que rozaba su piel, un murmullo de risa en algún rincón de su memoria. Entonces, el dolor regresaba con violencia, como una daga invisible atravesándole el pecho. Se levantaba, extendía sus alas negras quebradas, como si una fuerza superior las hubiese desgarrado.

—¡Basta…! —bramó hacia la inmesidad.

El eco repitió su voz, pero nadie respondió, nunca lo hacían. Después del grito el silencio regresó, vacío, pesado, infinito. Cerró los ojos lentamente intentando apaciguar su respiración, las ánimas la observaban como si sintieran pena de ella. A veces se imaginaba cómo sería abandonar el inframundo, caminar sin escuchar lamentos, sentir el calor del sol, descansar, pero todos terminaban con el mismo vacío de siempre. Hasta aquella noche.

El lago oscuro vibró, una sola onda rompió la quietud del agua, como si una piedra invisible hubiera caído en sus aguas desde el otro lado del mundo.. Skye se estremeció. No era la primera vez que el lago respondía, pero esa vez fue distinto.

En la superficie apareció un destello, apenas un parpadeo de luz dorada. Y entonces lo oyó.

—Skye.

Alguien había pronunciado su nombre. El susurro atravesó el abismo como una grieta en la negrura y, por un instante todo cambió. Las aguas temblaron, los espectros retrocedieron, incluso el aire pareció detenerse. Sintió algo cálido extenderse por su pecho, extraño y doloroso, como si fuera algo humano.

Skye cayó de rodillas, no recordaba conocer al portavoz de aquella voz. No sabía quién o qué lo había pronunciado. Pero el sonido hizo temblar cada fibra de su ser, como si una parte perdida hubiese despertado. El lago volvió a quedar inmovil y el inframundo volvió a hundirse en su característico silencio.

Pero Skye ya no estaba sola en la oscuridad.

Tenía ese susurro dentro suyo, lo aferró con fuerza, casi con desesperación, porque hacía siglos que nadie pronunciaba su nombre con aquella calidez, aunque solo fuera de un murmullo lejano, o quien sabe, su mente, cansada de tanto silencio, podría haberle jugado una mala pasada, recordando lo sola que estaba. Volvió a cerrar los ojos a Skye le molesta estar sola, es más, le encanta la soledad. En la soledad podía escuchar el pulso del mundo, el lamento de los muertos, la respiración del tiempo detenido. Era su refugio, su condena, su hogar. Y, aún así, había algo distinto ahora. Una grieta diminuta, apenas un temblor en su pecho, se había abierto en su interior.




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