Kyle no volvió a dormir aquella noche; permaneció sentado junto a la ventana de su pequeña choza mientras la oscuridad cubría Aurelia en absoluto silencio. Afuera, las lámparas de aceite se apagaban una a una, y el murmullo de la aldea desaparecía lentamente hasta quedar reducido al canto distante de los grillos y al susurro del viento entre los árboles.
Pero dentro de él, algo seguía despierto: el viajero y su historia. No es que el hombre hubiera contado mucho más; de repente, una tormenta de aire había azotado el pueblo y todos tuvieron que dispersarse para regresar a sus casas, truncando el relato. Por primera vez en mucho tiempo, Kyle se había quedado todo el día a resguardo sin hacer nada, ensimismado en lo que había escuchado, comiendo lo que había comprado esa misma mañana y mirando por la ventana como si añorara algo que no lograba comprender.
Las palabras se repetían en su mente una y otra vez, como un eco imparable en un valle profundo:
«Un lugar donde la luz y la oscuridad caminaban juntas».
Kyle apoyó los brazos sobre las rodillas y dejó caer la mirada hacia el suelo de madera. No entendía por qué aquella historia le afectaba tanto. Había escuchado cientos de cuentos a lo largo de los años: relatos de héroes, guerras antiguas, monstruos escondidos en bosques y dioses que castigaban a los mortales por orgullo. Siempre los escuchaba en silencio y después continuaba con su vida. Sin embargo, aquello había sido distinto; las palabras del viajero no sonaban como una leyenda, sino como un recuerdo lejano.
Kyle cerró los ojos despacio y, en mitad de la negrura, volvió a escucharla.
—Skye...
El nombre escapó de sus labios antes de que pudiera detenerlo. Abrió los ojos de golpe y se le cortó la respiración durante un instante. No sabía qué era, no conocía ese nombre y, aun así, pronunciarlo le había provocado una sacudida difícil de explicar. Era una mezcla de dolor, calma y nostalgia; la viva sensación de haber perdido algo demasiado importante hacía muchísimo tiempo.
Se llevó una mano al pecho de forma inconsciente. Aquella presión seguía allí: pesada, cálida y, sobre todo, viva. Y eso, por primera vez en eras, lo hizo sentirse igual: vivo. Se levantó lentamente y salió de la choza. El aire nocturno, frío y puro, chocó de lleno contra su cuerpo; no se estremeció, más bien lo agradeció.
Aurelia dormía bajo un cielo despejado donde miles de estrellas brillaban sobre los tejados de madera. Durante un momento permaneció inmóvil, observando los destellos lejanos del firmamento. Había algo en el cielo que siempre le producía tristeza, como si esperara recordar algo cada vez que levantaba la vista, aunque lo único que encontraba era el silencio y la serenidad de aquella capa que cubría el mundo. Nunca ocurría nada. Hasta ahora.
Kyle comenzó a recorrer los caminos vacíos de la aldea. Sus pasos resonaban suavemente sobre la tierra húmeda mientras atravesaba la plaza central. El mercado estaba desierto y los puestos aparecían cubiertos con lonas para preservar las existencias. Las cuerdas de los toldos se balanceaban lentamente con la brisa. Todo parecía tranquilo, igual que siempre y, sin embargo, él sentía que el mundo entero estaba conteniendo la respiración.
Se detuvo junto a la fuente central, adornada con un gran jarrón de mármol por el que brotaban chorros de agua. La superficie cristalina reflejaba las estrellas y su propio rostro, el cual observó durante unos segundos. El mismo semblante de siempre; tampoco esperaba que fuera a cambiar. La misma piel bronceada, los mismos ojos color miel, el mismo cabello que mutaba de tono con la luz del sol. Nunca había entendido por qué era diferente, pero la gente de Aurelia ya ni siquiera lo cuestionaba; simplemente lo aceptaban, como se acepta la lluvia o el paso de las estaciones.
Un sonido sutil lo hizo levantar la cabeza: pasos. Kyle se giró despacio. Diana caminaba hacia él, envuelta en un pequeño chal de lana.
—Sabía que estarías despierto —murmuró al acercarse.
Kyle no respondió. Diana se detuvo frente a él y suspiró con suavidad.
—Desde que apareció ese viajero, tienes una cara aún más triste de lo normal.
Él apartó la mirada, no queriendo reflejar que sus palabras eran ciertas.
—No estoy triste.
La mujer esbozó una leve sonrisa.
—Claro.
Kyle guardó silencio. Diana era una de las pocas personas capaces de hablarle sin incomodidad; nunca hacía demasiadas preguntas y jamás intentaba obligarlo a desahogarse. Quizá por eso toleraba tanto su presencia. Ella apoyó los brazos sobre el borde de la fuente.
—Mi abuelo solía hablar de Luminara cuando yo era pequeña.
Kyle levantó la vista lentamente. No sabía a qué se refería y, sin embargo, ese nombre revolvió sus cimientos.
—¿Luminara? —preguntó en un hilo de voz.
—Mhm —Diana observó las estrellas mientras hablaba—. Decía que era una ciudad hermosa. Que brillaba tanto que podía verse desde cualquier rincón del mundo.
Kyle sintió un extraño escalofrío recorriéndole la espalda.
—¿Y qué pasó con ella?
Diana sonrió con cierta lástima.
—Nadie lo sabe realmente. Algunos dicen que nunca existió, que solo es una historia inventada para entretener a los niños. Estoy segura de que aquel viajero se refería a esa ciudad.
Kyle volvió a mirar el agua, pero en el fondo de su ser, algo gritaba que no; que aquel lugar había sido real y no era ningún cuento infantil. Diana examinó su expresión durante unos segundos.
—A veces creo que buscas algo.
Kyle frunció ligeramente el ceño.
—¿Algo? —Su confusión se filtró en el tono de su voz.
—No sé —ella se encogió de hombros—. Siempre miras hacia las montañas.
Kyle siguió la dirección de su mirada. Las cumbres se alzaban en la distancia, oscuras e inmóviles bajo la luz de la luna, y entre ellas descendía el río. Aquel río. La sensación regresó de inmediato: ese extraño tirón en el pecho, como si algo al otro lado lo estuviera aguardando. Diana continuó hablando mientras lo observaba tranquila, intuyendo que él necesitaba escuchar aquello.