La penumbra latente

Historias que se niegan a morir.

El río continuaba fluyendo como si nada hubiera ocurrido, como si el mundo no acabara de detenerse durante unos instantes. Como si Kyle no hubiese visto unas alas negras reflejadas en el agua. Como si una voz desconocida no llevara días resonando dentro de su cabeza. El murmullo de la corriente llenaba el silencio que había quedado entre él y el viajero.

Milo permanecía de pie junto a la orilla, apoyado en su bastón de madera oscura, la niebla nocturna se deslizaba lentamente a su alrededor, envolviéndolo en un aspecto casi fantasmal. Kyle no había apartado la mirada de él ni un solo segundo, seguía todos sus movimientos porque había algo extraño en aquel hombre, algo que no sabía explicar. No parecía peligroso pero tampoco parecía normal. Era como si el tiempo hubiera dejado marcas invisibles sobre él, como si hubiera vivido demasiadas vidas.

—¿Quién eres realmente? —preguntó de nuevo, sin estar conforme con la respuesta que le dió minutos atrás. Milo observó el río antes de responder.

—Hace mucho tiempo sabía responder a esa pregunta.

—Eso no es una respuesta.

—Lo sé —. Kyle frunció el ceño.

—Entonces dame una mejor.

Milo sonrió levemente, no con diversión más bien con cansancio. Cansancio porque ha respondido esa pregunta muchas veces, tantas que ha perdido la cuenta, sin embargo, también está feliz de poder por fin escuchar esa pregunta de la persona que siempre anduvo buscando, pero aunque pudiera responder, las cosas no son así si quiere que todo salga bien.

—Los mortales siempre creen que las respuestas solucionan las cosas.

—¿Y no es así?

—No.

El muchacho levantó la vista hacia las estrellas, de aspecto parecía una persona de entre treinta y cinco y cuarenta años,el bastón que llevaba consigo era más de adorno que para ayudarse a caminar, aunque quizá fuera al revés, porque aunque su cuerpo parecía tener esa edad se veía que encima suyo llevaba mucho más encima de lo que un humano normal podría cargar.

—A veces las respuestas solo hacen que aparezcan preguntas más dolorosas —. Kyle permaneció en silencio, no le gustaban los acertijos, nunca le había gustado quizá porque durante toda su existencia ha estado viviendo rodeado de preguntas sin respuesta.

—¿Sabes quién soy? — Milo tardó varios segundos en contestar.

—Sé quién fuiste —. Aquellas palabras hicieron que algo se agitara dentro de él.

—¿Y quién fui? —. Milo negó lentamente con la cabeza volviendo su mira a Kyle.

—Si te lo dijera ahora, no significaría nada —. Kyle sintió una punzada de frustración.

—Entonces ¿por qué has venido? — El viajero apoyó ambas manos sobre el bastón. Una parte de él parecía divertido viendo la frustración que se construía en Kyle, por otro lado sentía compasión por él, porque entendía cómo se sentía y se apenaba por hacer lo que estaba haciendo, pero había pasado mucho tiempo y ahora que lo había encontrado, las cosas tenían que hacerse bien para que todo se pusiera en marcha.

—Porque alguien tenía que recordar.

La respuesta quedó suspendida entre ellos, el río siguió fluyendo, las hojas de los árboles se agitaron suavemente bajo la brisa nocturna. Ambos se miraban fijamente a los ojos, Kyle intentando entender lo que estaba sucediendo y lo que estaba escuchando.

—¿Recordar qué?

—Todo —. Kyle soltó una risa breve. Amarga.

—Eso no aclara mucho.

—Lo sé.

—Empiezo a pensar que disfrutas confundiendo a la gente.

—No tanto como los dioses.

Aquella frase llamó su atención de inmediato.

—¿Los dioses? — Milo bajó la mirada hacia la corriente. Por primera vez parecía haber dicho más de lo que pretendía, Kyle dio un paso hacia él, Milo dio un paso atrás.

—¿Qué tienen que ver los dioses con todo esto? — El viajero permaneció callado durante unos instantes. Finalmente suspiró.

—¿Te gustan las historias, Kyle?

—No has respondido mi pregunta.

—Porque primero debes escuchar una historia.

Kyle estuvo a punto de protestar, pero algo en el tono de Milo lo detuvo. El muchacho observó las aguas oscuras y comenzó a hablar.

Milo permaneció en silencio durante varios segundos, observando la corriente del río como si las aguas arrastraran recuerdos demasiado antiguos para ser pronunciados con facilidad. Cuando habló, su voz sonó más cansada de lo habitual.

—¿Sabes cómo mueren los reinos? — Kyle soltó una pequeña exhalación.

—Las guerras suelen ser una buena forma de empezar.

—No.

—¿El hambre?

—Tampoco —. El muchacho frunció el ceño.

—Entonces ilumíname —. Una leve sonrisa apareció en el rostro del viajero.

—Los reinos mueren cuando olvidan por qué fueron construidos.

El silencio cayó entre ambos, sólo el río continuaba avanzando entre las piedras. Indiferente a lo que ocurría a sus pies. Milo apoyó ambas manos sobre el bastón antes de continuar.

—Hace mucho tiempo existió un reino que no pertenecía a los mortales.

Kyle levantó ligeramente la cabeza.

—¿Un reino de dioses?

—Algo parecido —. Los ojos de Milo permanecían fijos en la corriente —. Dicen que fue levantado cuando el mundo aún era joven. Un lugar donde las fuerzas que gobiernan la existencia convivían bajo el mismo cielo.

—¿Qué fuerzas?

—Todas. Luz y oscuridad, vida y muerte. El tiempo, los sueños, las mareas y estaciones. Cada una tenía un propósito, cada una ocupaba su lugar y ninguna intentaba ocupar el de las demás — Kyle escuchaba sin interrumpir. Por alguna razón, aquellas palabras le resultaban extrañamente familiares. —Los antiguos comparaban aquel reino con un árbol inmenso —continuó Milo—. Tan antiguo que incluso las montañas parecían jóvenes bajo su sombra. Sus raíces atravesaban el mundo entero y sus ramas sostenían las estrellas —. El viento agitó suavemente las hojas sobre sus cabezas. —En una de sus ramas crecían dos frutos especiales. Uno llevaba dentro la primera luz del amanecer y el otro guardaba el silencio de la noche. Distintos pero inseparables, porque ambos alimentaban al mismo árbol.




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