Kyle no durmió aquella mañana, ni siquiera lo intentó. Después de despedirse de Diana junto al pozo, había regresado a su pequeña casa de madera con la intención de descansar unas horas. Sin embargo, apenas cruzó el umbral, comprendió que sería imposible. Todo estaba exactamente igual a como lo había dejado cuando se marchó: la mesa junto a la ventana, la estantería donde guardaba algunas herramientas, la silla de madera desgastada por los años, la manta doblada junto a la cama.
Todo seguía en su lugar y, aun así, algo parecía distinto. Como si de repente estuviera viendo aquella casa por primera vez. O por última vez. Kyle se sentó junto a la ventana abierta; desde allí podía ver parte de la aldea. Observaba a los primeros aldeanos que comenzaban a recorrer las calles mientras el sol terminaba de elevarse sobre las montañas. Durante siglos aquella imagen había formado parte de su rutina, siempre igual de tranquila, siempre igual de segura. Y, sin embargo, por primera vez se preguntó cuánto tiempo había permanecido allí realmente.
No décadas ni siglos: una eternidad. Una vida tan larga que había olvidado dónde empezaba y, quizá también, dónde terminaba. Sus ojos se desviaron hacia las montañas; allí seguían, igual de oscuras y lejanas. Observándolo desde el horizonte, como si lo estuvieran esperando. Aquella sensación regresó, la misma que había sentido junto al río mientras escuchaba a Milo. Una llamada, un tirón invisible, como si algo al otro lado estuviera pronunciando su nombre. Kyle cerró los ojos intentando ignorarla, pero no desapareció; al contrario, cada vez parecía más fuerte y más difícil de ignorar. Más imposible de olvidar.
Los días normales tenían una ventaja: no te obligaban a pensar. Te levantabas, trabajabas, comías y dormías. Y cuando te dabas cuenta, el tiempo había pasado. Aquella mañana decidió hacer precisamente eso: trabajar. Quizá así lograría silenciar todas aquellas preguntas. Quizá así conseguiría olvidar las palabras de Milo, o el nombre de Skye. Quizá también podría olvidar la sensación de que algo lo estaba esperando desde hacía demasiado tiempo.
Tomó algunas herramientas y salió. La aldea ya estaba completamente despierta. Los niños corrían entre las casas mientras iban en dirección a la escuela, los comerciantes preparaban sus puestos y los agricultores se dirigían a los campos. Todo parecía exactamente igual que siempre.
Kyle comenzó ayudando a reparar una cerca dañada por las últimas lluvias. Después cargó varios sacos de grano hasta el almacén comunal. Más tarde ayudó a un anciano a arreglar una puerta. Y durante algunas horas logró convencerse de que nada había cambiado.
Hasta que vio a Tom. Tom era el hijo del herrero; ahora ya era un hombre adulto, alto y fuerte, con barba. Kyle lo observó durante unos segundos. Recordaba perfectamente el día que había nacido. Su madre dio a luz en casa de Diana, un parto rápido y bajo su atenta mirada, porque fue él quien ayudó al niño a nacer; la matrona iba a tardar en llegar y él sabía perfectamente qué hacer. Recordaba haber sostenido al pequeño mientras su madre descansaba, como también le había enseñado a pescar y verlo correr por la plaza. Y ahora era un hombre, un hombre que probablemente tendría hijos dentro de pocos años.
Kyle bajó la mirada y entonces comprendió algo. No era la primera vez que ocurría. Ni la décima. Ni la centésima. Había visto crecer generaciones enteras, había visto a niños convertirse en padres. A padres convertirse en ancianos. Y a ancianos desaparecer. Siempre igual, siempre repitiéndose. Mientras él permanecía inmóvil, inalterable, como una roca olvidada en mitad de un río. Sintió una punzada extraña en el pecho, una tristeza que no supo explicar.
Al mediodía encontró a Diana junto al mercado; ella estaba organizando varias cestas llenas de hierbas medicinales. Lo vio acercarse y sonrió. Pero fue una sonrisa distinta, más suave y más triste. Como si ambos compartieran un secreto que ninguno estaba dispuesto a mencionar.
—Pensé que estarías descansando.
—Yo pensé lo mismo—. Ella soltó una pequeña risa.
—Entonces los dos nos equivocamos.
Kyle se sentó junto a ella. Durante unos instantes observaron el movimiento de la plaza, el ir y venir de la gente. Los comerciantes. Los niños. Los animales. La vida. Una vida sencilla, normal y humana.
—¿Cuándo? —preguntó Diana de repente. Kyle no necesitó preguntar a qué se refería.
—No lo sé.
—Mentira—. Él la miró.
—¿Perdón?
—Mientes fatal —. Kyle soltó una pequeña carcajada.
—No suelo mentir.
—Precisamente por eso se te da tan mal—. El silencio regresó, pero esta vez no resultó incómodo. Solo inevitable—. Te vas. —No era una pregunta. Kyle tardó varios segundos en responder.
—Sí —aquella simple palabra pareció pesar más de lo que debería. Diana bajó la mirada hacia las hierbas.
—Lo sabía.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace años —aquello sorprendió a Kyle.
—¿Años? —Ella asintió.
—Siempre mirabas las montañas.
—Mucha gente mira las montañas.
—No como tú—. Kyle permaneció callado—. Era como si estuvieras esperando reunir el valor para cruzarlas.
El muchacho observó el horizonte; quizá tenía razón y, sin darse cuenta, llevaba siglos preparándose para marcharse.
—¿Estás enfadada? —Diana sonrió.
—¿Por qué iba a estarlo?
—Porque me voy —ella permaneció en silencio durante unos segundos.
—Kyle… —Él la miró—. Las personas normales se marchan constantemente; viajan, cambian o buscan algo mejor. Lo extraño no es que te vayas; lo extraño es que hayas permanecido aquí tanto tiempo.
Aquellas palabras lo golpearon más de lo que esperaba porque eran ciertas. Durante siglos había utilizado Aurelia como refugio, como escondite, como excusa. Es cierto que hubo varias veces que se fue de Aurelia, partió hacia otros pueblos para comenzar de nuevo; sin embargo, siempre regresaba. No sabía muy bien por qué, pero quizá la respuesta es más simple de lo que parece. Aurelia es su hogar, es todo lo que conoce o lo que recuerda conocer.