El inframundo nunca cambiaba, aquello era algo que Skye había aprendido mucho tiempo atrás. Tanto tiempo atrás que ya no era capaz de recordar cuándo lo había aprendido. Ni siquiera recordaba cuándo había llegado allí, simplemente estaba. Como las sombras y el silencio. Como el lago. Existía y eso era todo.
Las almas continuaban llegando desde los rincones más lejanos del mundo mortal, cruzando senderos invisibles que solo ellas podían recorrer. Algunas avanzaban resignadas, otras confundidas o llorando. Pero todas terminaban siguiendo el mismo camino. Siempre el mismo, siempre hacia adelante, nunca hacia atrás. Y Skye las observaba pasar desde la distancia como había hecho durante siglos. O milenios.
Ya no sabía cuánto tiempo había transcurrido, en aquel lugar los años no significaban nada. No existían amaneceres, estaciones ni relojes. Solo oscuridad y eternidad, solo espera. Sin embargo, algo había cambiado, era una sensación pequeña, apenas una grieta. Pero llevaba días creciendo dentro de ella, desde aquella noche donde escuchó el susurro de aquella voz. Desde que alguien había pronunciado su nombre. Aún podía escucharlo.
A veces creía que había sido producto de su imaginación, una ilusión creada por siglos de soledad. Pero entonces cerraba los ojos y volvía a sentirlo. La misma calidad, la misma cercanía, la misma extraña sensación de pertenencia. Como si una parte de sí misma, perdida desde hacía demasiado tiempo, hubiese intentado alcanzarla desde algún lugar imposible. Y aquello la aterraba.
Porque Skye estaba acostumbrada al vacío, había aprendido a vivir con él. Había construido toda su existencia alrededor de él. Pero ahora… Había una pregunta y las preguntas eran peligrosas. Porque una pregunta siempre conduce a otra, y después a otra, hasta que un día descubres que ya no eres capaz de vivir sin respuestas.
Aquella vez volvió al lago, no porque quisiera, sino porque no podía evitarlo. Sus pasos resonaron suavemente sobre la roca oscura mientras avanzaba por los senderos conocidos. Los espectros se apartaban a su paso, siempre lo hacían. Como si reconocieran algo en ella que ni siquiera ella misma comprendía. Algunos inclinaban la cabeza, otros se limitaban a observarla desde la distancia. Ninguno hablaba. Ninguno podía hacerlo, pero Skye había aprendido hacía mucho tiempo a interpretar silencios. Y aquellos silencios siempre parecían decir lo mismo: Tú perteneces aquí. Aquella idea solía tranquilizarla, pero ahora ya no. Porque si realmente pertenecía allí… ¿Por qué sentía que algo faltaba?
El lago apareció ante ella, inmóvil, oscuro, perfectamente quieto. Como si estuviera hecho de cristal negro. Skye se detuvo en la orilla, durante unos segundos no ocurrió nada, solo el silencio habitual. Solo aquella inmensidad oscura extendiéndose hasta perderse entre sombras.
Entonces se arrodilló y observó la superficie, esperando. No sabía exactamente qué esperaba, pero esperaba algo, quizá un reflejo o una voz, quizá una respuesta. El lago permaneció inmóvil y por un instante se sintió ridícula, porque aquello era absurdo, estaba esperando que un lago hablara, esperaba respuestas de una masa de agua muerta.
Negó suavemente con la cabeza y se dispuso a levantarse. Entonces ocurrió: una onda; pequeña, minúscula. Pero imposible. Porque nada había tocado el agua. Skye se quedó inmóvil observando por si se lo había imaginado, pero no. Otra onda. Y otra. Y otra. Expandiéndose lentamente, como si algo estuviera despertando bajo la superficie.
La oscuridad comenzó a agitarse, no mucho, solo lo suficiente para que el corazón de Skye acelerara el ritmo. La superficie del lago empezó a deformarse y, por un instante, creyó ver algo. Una silueta lejana, difusa. Desapareció antes de que pudiera distinguirla. Skye se inclinó echando el cuerpo hacia delante mientras se agarraba con las manos.
—¿Quién eres?
No hubo respuesta, solo nuevas ondas. Nuevas distorsiones, nuevas formas naciendo y muriendo bajo las aguas negras. Entonces aparecieron imágenes. Breves y fragmentadas, como recuerdos rotos. Un cielo, pero no el cielo oscuro del inframundo, era otro, uno más brillante, más vivo. Después una torre, alta, blanca, resplandeciente, y luego todo desapareció.
Skye parpadeó, la imagen se deshizo, como arena siendo arrastrada por la corriente. Tuvo que echarse un poco hacia atrás cuando otra imagen apareció: un jardín con flores que jamás había visto, luz atravesando las hojas doradas. Por un segundo pudo escuchar unas risas lejanas y sintió algo extraño, algo parecido a la nostalgia. Pero no podía sentir nostalgia por algo que nunca había ocurrido, ¿verdad?
Las imágenes desaparecieron nuevamente. Skye permaneció inmóvil con el corazón golpeando fuertemente su pecho. ¿Qué eres?, susurró. No sabía si estaba hablando con el lago, con los recuerdos o consigo misma.
Durante los días siguientes regresó una y otra vez, ya no para guiar a las almas, sino para ver. Siempre obtenía lo mismo, pequeños fragmentos y destellos, ecos lejanos, pero nada completo ni suficiente. Sin embargo, cada vez eran más intensos, cuanto más veía, más difícil resultaba ignorarlos.
Empezó a notar cambios incluso lejos del lago, mientras guiaba a las almas, mientras recorría los senderos del inframundo y observaba el eterno desfile de los muertos. Pequeñas imágenes aparecían en su mente y desaparecían tan rápido como llegaban. Una sonrisa, unos dedos entrelazándose con los suyos, una voz tranquila y serena, una sensación de calor. Aquello era lo peor: el calor. Porque ese tipo de calor no existía en el inframundo. Nunca había existido y, aun así, ella lo recordaba. O creía recordarlo. Como si alguna vez hubiese conocido algo capaz de iluminar incluso la oscuridad más profunda.
Cada vez que intentaba concentrarse en aquella sensación… El dolor aparecía. Una punzada aguda atravesándole la cabeza, como si algo dentro de ella se negara a recordar, como si alguien hubiera colocado cadenas alrededor de aquellos recuerdos y estuviera tirando de ellas con fuerza.