El agua estaba helada, mucho más de lo que debería. Apenas había dado unos pocos pasos cuando el frío atravesó la tela de sus pantalones y se aferró a su piel como si intentara detenerlo. La corriente empujaba con fuerza contra sus piernas; cada paso exige más esfuerzo que el anterior. Aun así, siguió avanzando, sin detenerse, sin mirar atrás. Porque si se detiene, sabe que corre el riesgo de dudar y, después de siglos de inmovilidad, no estaba seguro de tener fuerzas para volver a empezar.
El ruido del río llenaba el mundo entero. El agua golpeando las rocas, la corriente arrastrándose entre las piedras, el viento descendiendo desde las montañas. Todo se mezclaba en una única canción salvaje. Kyle avanzó otro paso; entonces ocurrió algo extraño. El sonido cambió; al principio apenas lo notó, fue algo muy sutil, un pequeño matiz como una nota discordante en una melodía conocida.
Frunció el ceño mientras escuchaba con atención. La corriente seguía rugiendo, pero debajo de ella parecía haber algo más, algo que no había estado allí unos segundos antes. Escuchó con atención hasta que oyó un murmullo; se detuvo por completo; el agua le llegaba ya por encima de las rodillas. Miró alrededor, buscando a alguien; no había nadie, solo el río, las montañas y el viento; sin embargo, el murmullo continuó. Lejano e incomprensible. Como voces escuchadas a través de una pared demasiado gruesa. Su corazón aceleró el ritmo.
—¿Hola?
La palabra salió de sus labios antes de que pudiera detenerla; como era de esperar, no obtuvo respuesta. O eso creyó. Porque entonces escuchó una risa, breve, ligera, tan suave que podría haber sido una ilusión. Giró sobre sí mismo buscando algo, alguien, pero no había nada. La superficie del agua continuaba moviéndose a su alrededor, pero la sensación permanecía. Alguien acababa de reír, estaba completamente seguro y, por alguna extraña razón, aquella risa le resultaba familiar.
Continuó caminando; cada paso que daba parecía volver más pesadas sus piernas, más espeso el aire y más distante el mundo que estaba dejando atrás. Era una sensación difícil de explicar, como si estuviera atravesando algo más que una gran masa de agua. Como si cada metro recorrido arrancara capas invisibles de sus memorias, capas que llevaban demasiado tiempo enterradas.
Otro murmullo. Esta vez mucho más claro. Kyle volvió a detenerse; las palabras seguían siendo imposibles de entender, pero ya no sonaban aleatorias. Parecían una conversación, varias voces mezcladas de hombres, mujeres y niños. Parecía que había vuelto a Aurelia; había decenas de ellas, quizá cientos, todas hablando al mismo tiempo, demasiado lejanas para distinguirse.
Una presión apareció en su pecho. No era miedo, era nostalgia. Una nostalgia tan intensa que casi dolía. Y entonces una frase logró atravesar el ruido, solo una.
—Llegas tarde.
Se quedó inmóvil. El corazón le dio un vuelco; la voz había sido masculina, joven y completamente desconocida. Sin embargo, algo dentro de él reaccionó, como si hubiese escuchado aquella voz miles de veces, como si hubiera compartido risas con ella, historias y momentos… Pero cuando intentó recordar algo más, no había nada, solo vacío. La corriente volvió a rugir, las voces desaparecieron, y el río volvió a ser únicamente un río. Respiró profundamente y continuó avanzando.
Cuando alcanzó la otra orilla, el sol ya estaba en lo alto. Era como si el paso del tiempo se hubiera acelerado drásticamente; cruzar la orilla no le debía de haber llevado más de media hora, pero parecía que habían pasado medio día ahí. Durante unos segundos permaneció quieto, con el agua escurriendo por su ropa. Se quedó observando, mientras esperaba que pasara algo, no ocurrió nada. No hubo relámpagos, ni visiones, ni dioses descendiendo desde el cielo. Solo podía ver un pequeño bosque, antiguo, silencioso e inmóvil, que se erguía montaña arriba. Pero algo era diferente, lo sintió de inmediato; la sensación que durante toda su vida lo había mantenido alejado de aquellas montañas había desaparecido por completo. Como si hubiese atravesado una puerta invisible y ese algo hubiera dejado de empujarlo hacia atrás. Por primera vez, el camino estaba abierto.
Kyle volvió la vista hacia Aurelia; la aldea apenas era visible a la distancia; se veía pequeña y lejana. Una parte de él sintió tristeza, pero otra parte era alivio. Y ambas emociones convivieron dentro de él sin enfrentarse. Después se giró y comenzó a caminar montaña arriba, adentrándose entre los árboles y, por fin, dejando Aurelia atrás, así como lo que él había sido en ese lugar.
Los primeros días fueron extrañamente normales. Kyle había esperado encontrar señales, como ruinas, respuestas, algo. Pero las montañas parecían tan salvajes como cualquiera de las que había visto durante su vida. Bosques, acantilados, senderos estrechos, nada más y, sin embargo, había algo extraño, algo que no terminaba de encajar. Lo notó al tercer día mientras avanzaba por una ladera cubierta de hierba. Una piedra blanca sobresalía entre la tierra, no era especialmente llamativa, pero algo de ella llamó su atención.
Se agachó y la observó sin llegar a tocarla. No parecía una roca natural; tenía formas demasiado rectas y precisas. Con cuidado retiró la tierra acumulada y descubrió una esquina, tallada, pulida, trabajada por manos inteligentes. Kyle continuó limpiando con una hoja que había encontrado en el suelo; no quería tocarla para no perturbar su forma, su antigüedad. Poco a poco fue revelando algo más grande, no era una roca, era una losa, parte de una estructura antigua, muy antigua. La vegetación la había ocultado durante siglos, quizá milenios.
Se incorporó lentamente y observó los alrededores, miró a todos lados, giró sobre sí mismo varias veces y, de repente, comenzó a verlo. Por todas partes había piedras similares, fragmentos y restos, partes de algo que había sido destruido y que ahora yacía enterrado bajo la montaña. La emoción comenzó a crecer dentro de él; Milo tenía razón. Algo enorme había existido allí.