La penumbra latente

Capítulo 9: Los ecos de una ciudad olvidada.

La montaña parecía distinta después de la visión. No había cambiado realmente; las mismas rocas continuaban alzándose hacia el cielo, las mismas nubes se aferraban a las laderas y el mismo viento recorría los senderos abandonados. Sin embargo, para Kyle ya no era una simple montaña; ahora sabía que estaba caminando sobre los restos de algo real, de algo que había existido. Y cuanto más ascendía, más difícil le resultaba ignorar aquella sensación que crecía dentro de él. La sensación de estar regresando a casa.

Aquella idea era absurda, no podía ser su hogar, ni siquiera recordaba haber estado allí, y aun así, cada piedra, cada escalón erosionado, cada muro cubierto por raíces despertaba algo en su interior. Un recuerdo que no lograba alcanzar, una verdad escondida detrás de una puerta cerrada. ¿Realmente era tan descabellado pensar que él había vivido allí? Solo recordaba su nombre; era alguien que llevaba siglos vagando por el mundo, claramente no era un ser mortal, entonces la idea de pertenecer a ese lugar no era tan disparatada.

El sendero continuó ascendiendo durante horas; a medida que avanzaba, la vegetación comenzaba a cambiar. Los árboles eran más escasos, las flores más extrañas; algunas crecían directamente entre las grietas de la roca, brillando con una tenue luminiscencia azulada. Kyle se detuvo frente a una de ellas y se agachó. Rozó los pétalos con la punta de los dedos y, durante un instante, tuvo la extraña certeza de haber visto aquella flor antes. No sabía dónde, no sabía cuándo, pero la conocía.

—¿Quién eras? —murmuró para sí mismo.

La pregunta llevaba días persiguiéndolo, quizá toda una vida. El viento fue la única respuesta que obtuvo; siempre era el viento. Continuó caminando hasta que encontró unas ruinas; no eran fragmentos aislados como los del santuario, aquello era diferente, mucho más grande e impresionante. Permaneció inmóvil mientras contemplaba el paisaje. Frente a él se extendían los restos de una ciudad: calles enteras, casas, plazas, canales de agua excavados en la piedra, escaleras que ascendían hacia edificios derruidos. Todo cubierto por siglos de abandono y, aun así, hermoso.

Las construcciones parecían haber sido esculpidas directamente en la montaña, como si hubieran nacido de ella. No existen líneas bruscas ni muros toscos; todo fluía y parecía formar parte de algo más grande. Kyle descendió lentamente hacia las primeras calles; sus botas resonaron sobre antiguos adoquines. Nadie salió a recibirlo, la ciudad parecía inmóvil, dormida, como si aguardara algo. O a alguien.

Durante largo rato caminó sin rumbo, solo observando y descubriendo cada rincón por el que pasaba. Intentaba imaginar cómo habría sido aquel lugar en su esplendor. Una plaza apareció frente a él; en el centro se alzaba una fuente, le recordaba a la que había en Aurelia… El agua ya no corría y las esculturas estaban agrietadas, pero aún podía distinguirse figuras aladas rodeando la esfera luminosa.

Kyle recorrió la piedra con la mirada, mientras algo dentro de él comenzaba a inquietarlo de sobremanera. No había cadáveres, ni uno solo. No había huesos, no había tumbas, nada. Era extraño. Si aquello había sido destruido por una guerra, deberían existir rastros, alguna prueba aparte de las ruinas. Pero la ciudad parecía simplemente abandonada, como si sus habitantes se hubieran levantado una mañana y hubieran desaparecido. La idea le provocó un escalofrío.

Continuó avanzando, las calles se sucedían unas a otras. Patios vacíos, mercados silenciosos, balcones cubiertos de musgo. Todo permanecía allí, esperando a ser habitado de nuevo. Entonces escuchó algo, se detuvo de golpe y giró lentamente la cabeza a su derecha. Había oído una risa, breve y lejana, pero real, no se lo había imaginado. Frunció el ceño y miró a su alrededor en busca del dueño de aquella risa, pero no vio a nadie, solo los edificios derruidos, sombras y silencio. Volvió a caminar y entonces la escuchó otra vez, esta vez una risa infantil, más cercana. Kyle avanzó siguiendo el sonido; la plaza desembocaba en una calle estrecha. El ruido parecía proceder de allí, dobló la esquina y encontró… nada. vacío.

Pero justo antes de desaparecer, creyó ver una figura, una silueta de un niño corriendo. Solo duró un instante, un parpadeo y después se desvaneció. Permaneció inmóvil; su respiración se aceleró ligeramente.

—¿Hola?

Su voz resonó entre las ruinas, nadie respondió, como era de esperar. Sin embargo, los sonidos continuaron. Podía escuchar pasos, conversaciones, campanas, como si una ciudad invisible despertara lentamente a su alrededor. Los ecos aparecen y desaparecen, incapaces de permanecer allí. Sombras de un pasado demasiado antiguo para morir por completo

Avanzó y, cuanto más se adentraba en las ruinas, más frecuentes se volvían. Comenzó a ver siluetas, personas cruzando calles, mercaderes acomodando mercancías, niños persiguiéndose, guardianes patrullando. Eran apenas destellos, recuerdos grabados en la piedra y, por alguna razón, le dolían. Como si contemplara algo que había amado y perdido.

Un dolor sordo comenzó a instalarse detrás de sus ojos; intentó ignorarlo, pero no pudo. Cada eco parecía arrancar algo de su interior, cada sombra parecía conocerlo, como si lo reconocieran, como si él perteneciera a aquel lugar, como si la ciudad recordara quién era. A diferencia de él. El dolor aumentó; apoyó una mano contra un muro y respiró profundamente. Fue ahí cuando escuchó las campanas; sonaron en la distancia, claras, majestuosas. Una. Dos. Tres veces. El sonido atravesó toda la ciudad y, durante un instante, las sombras se volvieron más nítidas, mucho más reales.

Miles de figuras aparecieron alrededor de él. Calles llenas, plazas abarrotadas. Vida y movimiento. Luminara. Kyle sintió que el mundo giraba, un mareo repentino lo obligó a cerrar los ojos y, cuando volvió a abrirlos, todo había desaparecido. Solo quedaban las ruinas y el silencio.




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