La penumbra latente

Capítulo 11: La última luz de Luminara

El silencio de las montañas era distinto al de Aurelia, allí abajo, en la aldea, el silencio estaba lleno de vida. Siempre había un niño corriendo entre las calles, el sonido de un martillo golpeando madera o el murmullo de las fuentes acompañando el paso de las horas. Incluso durante la noche, cuando todos dormían, la aldea parecía respirar. Aquí arriba no, aquí el silencio era absoluto, viejo, como si hubiera permanecido intacto durante siglos.

Kyle avanzaba despacio por el sendero de piedra que ascendía hacia las ruinas. Había dejado atrás los bosques, las cascadas y los antiguos caminos que serpenteaban entre las montañas. El sol comenzaba a descender lentamente sobre el horizonte, tiñendo las nubes de tonos anaranjados y dorados. A cada paso que daba, la sensación de familiaridad aumentaba y eso era lo que más le inquietaba, porque seguía creyendo que nunca había estado ahí, pero la reacción de su cuerpo le hacía dudar, todo su ser parecía estar familiarizado con el lugar.

Las ruinas aparecían entre la niebla como los huesos de un gigante olvidado. Torres derrumbadas, escalinatas partidas, columnas cubiertas por enredaderas que habían reclamado la ciudad como propia. Todo estaba muerto y, sin embargo, Kyle sentía que aquel lugar seguía vivo. No podía explicarlo, era como caminar por una casa abandonada donde todavía permanecía el aroma de quienes habían vivido allí El viento agitó su cabello mientras alcanzaba la parte superior de una escalinata y entonces la vio, en todo su esplendor, la ciudad, Luminara, por completo.

Su respiración se detuvo, estaba a pocos metros de ella y ya podía ver toda su extensión por toda la cima de la montaña. Las murallas exteriores seguían en pie en algunos lugares, aunque enormes grietas las recorrían de arriba abajo como cicatrices abiertas. Torres quebradas se elevaban hacia el cielo gris, algunas inclinadas en ángulos imposibles, otras reducidas a simples esqueletos de piedra devorados por el tiempo. Los puentes que antaño conectaban distintos distritos colgaban rotos sobre profundos abismos, suspendidos entre la ruina y el vacío.

El viento recorría las avenidas desiertas produciendo un murmullo extraño, casi parecido a voces lejanas, como si la ciudad todavía recordara, como si se negara a aceptar su propia muerte. A sus pies comenzaba una gran calzada de mármol blanco, o al menos, alguna vez había sido blanca. Ahora estaba cubierta de grietas, tierra y raíces que emergían desde las profundidades de la montaña. La naturaleza había reclamado parte de lo que los dioses perdieron. Enredaderas trepaban por las fachadas derruidas, árboles nacían entre plazas abandonadas y flores silvestres crecían donde siglos atrás caminaron mortales y divinidades.

Cada paso revelaba nuevos restos de un esplendor imposible, columnas tan grandes que varios hombres no podrían rodearlas con los brazos, escalinatas monumentales que ascendían a edificios sin techo. Patios enteros cubiertos por estatuas caídas, fuentes secas donde ya no corría el agua. Y por todas partes había símbolos desgastados por el tiempo, fragmentos de una historia que alguien había intentado borrar.

Kyle permaneció inmóvil durante largos segundos cuando levantó la vista y vio por completo la magnitud de lo que se encontraba ante él, creía que lo había visto todo, pero la ciudad seguía ascendiendo en niveles sobre la ladera de la montaña, como si hubiera sido construida para acercarse al cielo. Intentó comprender lo que estaba viendo, intentando aceptar que Milo había dicho la verdad, que de una vez por todas que Luminara no era una leyenda y existía de verdad y lo más importante, que alguien había querido borrar su recuerdo y había fracasado.

Siguió caminando sin apartar la vista del gran templo que se alzaba ante él. Sus columnas gigantescas seguían sosteniendo parte de la estructura, aunque numerosas cúpulas se habían derrumbado. Grandes grietas atravesaban sus muros y parte del techo había desaparecido, permitiendo que la luz descendiera directamente desde el cielo hacia las profundidades del templo. El sol continuó descendiendo mientras atravesaba las calles, no encontró nada más que silencio, no había siquiera animales, ninguna señal de vida.

Seguía teniendo la sensación de escuchar risas o conversaciones lejanas, así como de ver sombras que habían desaparecido hacía mucho tiempo. Al llegar al medio de la ciudad se detuvo, una enorme fuente ocupaba el centro, a su alrededor se alzaban estatuas, decenas de ellas. Dioses, guardianes, héroes, también mortales. La mayoría estaban dañadas, algunas habían perdido brazos, otras la cabeza, de algunas no quedaba prácticamente nada.

Kyle observó cada una en silencio, buscaba algo pero no sabía exactamente el qué. Algo llamó su atención, una de las estatuas permaneció intacta, prácticamente perfecta. Representaba a una mujer sosteniendo una pequeña llama entre las manos, no parecía una guerrera, ni una diosa ni mortal, simplemente sonreía con una expresión tranquila, serena. Kyle no sabía por qué, pero sintió deseos de quedarse observándola, como si la conociera de verdad tal y como conoce a Diana. Sacudió la cabeza, estaba empezando a imaginar cosas. Continuó avanzando porque el templo lo esperaba.

La noche había comenzado a caer cuando llegó finalmente a la gran escalinata central. Miles de escalones ascendían hacia la estructura principal, comenzó a subir, poco a poco y mientras más subía, pudo darse cuenta de algo muy extraño. Vio una luz, pequeña y lejana, pero inconfundible. Kyle se quedó inmóvil, mirando, parpadeando varias veces pensando que quizá se trataba de una ilusión o del reflejo de los pocos rayos de sol que quedaban a lo lejos.

No desapareció cuando el sol se escondió por completo, seguía brillando en lo alto del templo. Su corazón comenzó a acelerarse con anticipación, no estaba solo después de todo. Siguió subiendo, cada paso que daba parecía resonar en toda la montaña. La luz se hacía más visible a medida que avanzaba, parecía solo una simple lámpara. Cuando alcanzó la última plataforma, la vio. Sentada junto a una columna estaba una anciana. Su cabello era completamente blanco, la piel arrugada por incontables años. Vestia una tunica sencilla de color marfil y sostenia una lampara entre sus manos.




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