La noche había terminado de asentarse sobre Luminara. Desde las escalinatas del gran templo, Kyle contemplaba la ciudad destruida mientras el viento recorría las avenidas vacías y se perdía entre las torres derruidas. Desde aquella altura podía ver gran parte de la antigua capital divina extendiéndose sobre la montaña, como un gigante dormido que se resistía a desaparecer.
La luna iluminaba los restos de lo que alguna vez había sido el centro del mundo. Por primera vez desde su llegada, Kyle no sintió únicamente asombro; también experimentó una tristeza profunda y difícil de explicar. Era como contemplar el cuerpo de alguien a quien había amado y olvidado al mismo tiempo.
Detrás de él, Aris permanecía sentada junto a una de las columnas. La anciana parecía formar parte de la misma piedra, como si hubiese estado allí desde siempre; como si el paso de los siglos hubiera erosionado la arquitectura, pero no a ella. La lámpara que la acompañaba seguía encendida, proyectando una pequeña llama dorada que desafiaba la oscuridad.
Kyle se volvió hacia ella.
—¿Nunca te marchaste?
Aris levantó la vista.
—No.
—¿Ni una sola vez?
—No tenía motivos para hacerlo.
Kyle frunció ligeramente el ceño.
—¿Mil años aquí sola?
—No he estado sola.
Kyle observó el enorme santuario vacío, como si de repente buscara a alguien entre las sombras.
—Perdóname si no veo a nadie más —dijo divertido.
Una sonrisa leve asomó al rostro de la anciana.
—Porque no sabes dónde mirar.
Aquella respuesta le recordó de inmediato a Milo. Parecía que todas las personas relacionadas con su pasado compartían la misma costumbre de responder a las preguntas con enigmas.
—Empiezo a pensar que os ponéis de acuerdo.
—¿Quiénes?
—Tú y Milo.
La sonrisa de Aris se ensanchó un poco más.
—Eso significaría que Milo escucha a alguien.
Kyle soltó una carcajada limpia, la primera en mucho tiempo. Al escucharla, la anciana pareció alegrarse, visiblemente conmovida.
Poco después, comenzaron a recorrer el interior de la estructura. Kyle había imaginado que solo encontraría salas desiertas y cascotes, pero se equivocó. Aunque el tiempo había reclamado parte del edificio, este conservaba una belleza inverosímil. Las columnas se elevaban decenas de metros hacia el techo y los grandes ventanales permitían que la luz de la luna inundara los corredores. Varias enredaderas plateadas trepaban por los muros, y algunas raíces atravesaban el mármol, como si la montaña intentara recuperar lo que le pertenecía por derecho. Con todo, aquello era solo el inicio; Kyle tardó en darse cuenta de que aún no habían llegado a la zona más espectacular de todas.
—¿Qué era este lugar? —preguntó, intentando imaginarse las salas antes del desastre.
—El Templo del Alba.
—Parece demasiado grande para ser un santuario.
—Lo era.
—¿Entonces?
Aris deslizó la mano sobre una pared cubierta de símbolos antiguos.
—Era muchas cosas: centro de conocimiento, lugar de reunión, archivo de la memoria, hogar de sacerdotes y refugio para viajeros. Durante mucho tiempo, fue el corazón de Luminara.
Kyle recorrió los pasillos con la mirada. Resultaba difícil imaginar aquel esqueleto lleno de vida.
—Ahora parece un mausoleo.
La expresión de Aris se ensombreció.
—A veces lo es.
Continuaron avanzando, y a cada paso surgían nuevos detalles: esculturas mutiladas, mosaicos desgastados e inscripciones de una civilización perdida. Kyle se detuvo frente a un muro donde aún se distinguía un enorme mural. La pintura estaba muy deteriorada, pero logró identificar figuras humanas caminando junto a seres alados. Mortales y divinidades juntos, sin diferencias aparentes.
—La gente convivía con vosotros —. La voz de Aris resonó detrás de él. Kyle no se dio cuenta de lo que ese “vosotros” significaba realmente.
—¿Sin miedo? —La anciana guardó silencio durante unos segundos.
—Durante mucho tiempo sí.
Kyle observó la escena. Los rostros plasmados en la piedra reflejaban alegría, tranquilidad y confianza; nada que ver con las historias que había escuchado en los siglos que llevaba vivo.
—Entonces Milo tenía razón.
—Milo suele tener razón.
—La historia fue manipulada.
—La historia siempre es manipulada —Aris contempló el mural junto a él.
—¿Por qué?
La anciana tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó fatigada:
—Porque los vencedores siempre temen que la verdad sobreviva.
Llegaron a la gran biblioteca, o a lo que quedaba de ella. Estanterías gigantescas se alzaban hacia el techo; miles de volúmenes habían desaparecido y otros se habían reducido a polvo gris, pero algunos permanecían milagrosamente intactos. Kyle caminó entre los pasillos, maravillado.
—¿Has conservado todo esto tú sola?
—Lo que he podido.
—¿Por qué?
Aris acarició el lomo de uno de los tomos.
—Porque alguien tenía que recordar.
Aquellas palabras hicieron que Kyle se detuviera en seco. Alguien tenía que recordar. Era exactamente la misma frase de Milo, como si ambos llevaran eras cumpliendo la misma condena.
—¿Cuántos quedáis?
La anciana lo miró con una profunda tristeza.
—Muy pocos.
—¿Quiénes?
—Los suficientes.
Otra respuesta evasiva. Kyle resopló, frustrado.
—Empiezo a odiar esa costumbre vuestra.
Aris rió con suavidad.
—Y tú sigues teniendo muy poca paciencia.
Kyle abrió la boca para rebatirle, pero se quedó callado al admitir que aquello también era verdad. Siempre había sido impaciente, aunque hubiera aprendido a disimularlo porque la prisa no iba a revelarle quién era ni cuál era su propósito. La anciana pareció notar su epifanía.
—Hay cosas que ni siquiera el tiempo puede cambiar.
Pasaron las horas recorriendo distintas zonas del complejo. Durante todo ese tiempo, Aris no dejó de contar historias: pequeños fragmentos de una vida que él seguía sin recordar. Le habló de sus entrenamientos, de las discusiones con otros jóvenes dioses, de las veces que se escapaba de las ceremonias oficiales para perderse en los jardines de la ciudad. Le contó cómo se enfadaba cuando alguien intentaba imponerle normas y cómo cuestionaba constantemente las decisiones del Consejo.