El inframundo permanecía suspendido en una calma imposible. Allí nada parecía avanzar ni retroceder. Los senderos seguían donde siempre habían estado, las aguas del lago permanecían inmóviles y los árboles negros del horizonte continuaban extendiendo sus ramas hacia un cielo sin estrellas. Era un lugar atrapado entre un instante y el siguiente, como si el mundo hubiese contenido la respiración hacía una eternidad y jamás hubiese vuelto a exhalar.
Los espectros vagaban sin rumbo por los caminos de piedra oscura, repitiendo trayectorias que habían olvidado siglos atrás. Incluso los sonidos sonaban antiguos, desgastados por incontables repeticiones. Todo parecía detenido, como una herida que se negaba a cerrar. Como un recuerdo incapaz de desaparecer. Y, sin embargo, algo estaba cambiando. Skye lo sentía, podía percibirlo en el aire húmedo que recorría los senderos de piedra negra. Lo escuchaba en los susurros que se ocultaban entre los espectros errantes. Lo veía en las aguas inmóviles del lago.
Algo se había puesto en marcha, algo que lleva siglos dormido. Y cuanto más intentaba ignorarlo, más fuerte se volvía aquella sensación, aquella inquietud, aquella esperanza. La odiaba. Porque la esperanza era peligrosa. Porque la esperanza era capaz de romper incluso a los más fuertes. Y Skye había aprendido hacía mucho tiempo que las cosas que deseaba terminaban convirtiéndose en aquello que más dolor le causaba.
Caminó por uno de los senderos que serpenteaban junto al lago. Sus alas negras rozaban ocasionalmente la niebla que flotaba cerca del suelo. Los espectros siguen apartándose a su paso, no por miedo, sino por respeto, porque sienten lo que es ella. Skye apenas les prestó atención, su mente seguía regresando al mismo lugar. Al mismo instante, a la misma voz. Kyle. Había escuchado aquel nombre, no una vez, sino varias. Como un eco que atravesaba mundos enteros, como una cuerda invisible tirando de ella desde algún lugar imposible de alcanzar.
Se detuvo junto a la orilla. El lago permanecía oscuro y silencioso. Pero ya no parecía muerto como antes. Las aguas se agitaban ligeramente, pequeñas ondulaciones aparecen y desaparecen sobre la superficie. Era algo insignificante, pero Skye sabía qué significaba aquello, aún así era tan extraño como contemplar una tormenta. Se había acostumbrado a que las aguas ya no estuvieran quietas del todo, pero eso no lo hacía menos sorprendente y extraño, porque cada vez que ocurría aquello no sabía qué esperar.
—¿Qué está ocurriendo ahora? —susurró.
El lago no respondió, nunca lo hacía. Sin embargo, aquella vez volvió a suceder. Las ondas comenzaron a expandirse lentamente, una tras otra, como si hubieran lanzado una piedra invisible y hubiera caído en un lugar lejano. Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, la primera vez que ocurrió aquello escuchó su nombre, la segunda vio el destello dorado, después vino el barquero y ahora… no sabía qué esperar.
Las aguas comenzaron a oscurecerse todavía más, la superficie volvió a temblar y una pequeña embarcación emergió lentamente de la niebla. Skye cerró los ojos durante un instante, no porque estuviera sorprendida, sino porque sabía quién era. El Barquero había regresado.
La vieja barca avanzó sin hacer ruido, como si no flotara sobre agua sino sobre recuerdos. La figura encapuchada permanecía inmóvil en su interior. Silenciosa. Esperando. Como siempre. Durante varios segundos ninguno habló, finalmente Skye rompió el silencio.
—Sabía que volverías —. El Barquero inclinó ligeramente la cabeza.
—Y yo sabía que me buscarías.
Aquella respuesta hizo que Skye apretara los dientes. Llevaba siglos soportando silencios, siglos soportando respuestas a medias, siglos aceptando cosas que no comprendía. Aquella vez no estaba dispuesta a hacerlo. Descendió hasta la orilla y se detuvo frente a la embarcación.
—Estoy cansada. —La voz le salió más dura de lo que esperaba. El Barquero permaneció inmóvil, mirándola.
—Lo sé.
—No —. Skye negó lentamente —No lo sabes. —Su pecho comenzó a subir y bajar con fuerza. La frustración acumulada durante siglos empezó a aflorar. —Todos parecéis saber algo. Tú, los espectros, las voces, los susurros, Incluso este lugar parece saber más de mí que yo misma. — El Barquero guardó silencio. —Llevo una eternidad aquí. ¿Y ahora resulta que algo está cambiando? ¿Ahora? ¿Después de siglos?
La niebla se agitó alrededor de ellos, el lago vibró ligeramente, los espectros comenzaron a danzar nerviosos, como si incluso el inframundo estuviera escuchando.
—¿Por qué nadie me dice la verdad? — La figura encapuchada permaneció inmóvil, luego respondió.
—Porque la verdad nunca te fue arrebatada — Skye frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que la olvidaste.
Aquellas palabras dolieron más de lo que esperaba, porque una parte de ella sabía que eran ciertas, siempre lo había sabido. Había algo roto dentro de ella, algo que faltaba, un vacío imposible de llenar. Como un libro al que le hubieran arrancado las páginas más importantes.
—Entonces ayúdame a recordarla —. La petición salió de sus labios antes de que pudiera detenerla. El Barquero levantó la vista y, aunque su rostro permanecía oculto bajo la capucha, Skye tuvo la sensación de que la observaba con tristeza.
—Los recuerdos no pueden entregarse, deben encontrarte.
—Eso es absurdo.
—Lo sé.
—Estoy cansada de los acertijos.
—Y yo estoy cansado de pronunciarlos.
Aquella respuesta la sorprendió, por primera vez el barquero sonó cansado. Como alguien que llevaba demasiado tiempo desempeñando la misma tarea. Skye guardó silencio, y entonces el Barquero habló nuevamente.
—Dime. ¿Nunca te has preguntado por qué sigues aquí? — La pregunta la golpeó con fuerza. Porque era exactamente la misma que ella llevaba siglos evitando.
—Porque este es mi lugar.
—¿Lo es? — Skye no respondió. —¿Es realmente tu hogar? — La joven apartó la mirada, el lago reflejaba únicamente oscuridad, el bosque al fondo, lo mismo.