La penumbra latente

Capítulo 14: Las preguntas que nadie responde

Kyle llevaba varios minutos con la mirada perdida en el horizonte, apoyado en el parapeto de una de las terrazas exteriores. Desde aquella altura, el esqueleto de Luminara se desplegaba ante él; un laberinto de torres truncadas y puentes que desafiaban al vacío, suspendidos como promesas rotas. El cielo se colaba a través de las grietas de cúpulas que alguna vez albergaron dioses, mientras que los antiguos jardines, ahora reducidos a un desierto de piedra y polvo gris, susurraban historias de un esplendor perdido. Aquel lugar poseía una belleza trágica y magnética; una majestuosidad tan poderosa que, incluso devastada por el tiempo, exigía una devoción absoluta de sus ojos. Y precisamente por eso comenzaba a enfurecerse. Porque cuanto más veía, más preguntas tenía y nadie parecía dispuesto a responderlas. Escuchó pasos detrás de él, no necesitó girarse, solo había una persona más con él.

—Aris —dijo Kyle. La sacerdotisa se detuvo a pocos metros.

—Llevas aquí desde el amanecer.

—No sabía que el tiempo siguiera existiendo en este lugar —Aris sonrió débilmente.

—Existe más de lo que crees.

Él no devolvió la sonrisa. Durante unos segundos ninguno habló; solo el viento siguió recorriendo los restos del templo. Finalmente, Kyle se giró.

—Quiero que me expliques algo.

La expresión de Aris cambió apenas un instante. Lo suficiente para que él se diera cuenta.

—¿El qué?

—La luz —respondió Kyle, observándola fijamente.

El silencio cayó entre ambos. Aris apartó la vista, y ese simple gesto fue suficiente.

—La viste.

—Kyle...

—No —su voz sonó más dura de lo que pretendía—. La viste.

La sacerdotisa permaneció inmóvil. Él dio un paso hacia ella.

—La luz salió de mis manos.

—Lo sé.

—El guardián reaccionó.

—Sí.

—Y no me has explicado por qué.

Aris bajó la mirada.

—Hay cosas que necesitan tiempo.

Kyle soltó una carcajada amarga.

—¿Tiempo? —Aquella palabra pareció romper algo dentro de él—. Llevo siglos esperando.

El silencio fue inmediato. Incluso el susurro del viento pareció detenerse, tal como había ocurrido aquella vez en el río junto a Milo. Kyle se quedó inmóvil; aquellas palabras habían escapado de sus labios por sí solas, sin pensarlas, sin quererlo. Pero eran verdad. Una verdad que llevaba demasiado tiempo ignorando.

Aris lo observó con una extraña mezcla de tristeza y comprensión.

—Kyle...

—No.

Esta vez fue él quien apartó la mirada.

—Estoy cansado.

La confesión sonó más baja. Más humana.

—Estoy cansado de que Milo y tú habléis como si yo ya conociera las respuestas —su voz se endureció de nuevo—. Milo me habla con historias, tú me hablas con silencios. Cada persona que encuentro parece saber algo sobre mí. Algo importante. Y ninguno tiene el valor de decirlo.

Aris no respondió. Kyle notó cómo la frustración acumulada durante siglos comenzaba a desbordarse.

—¿Qué era el guardián?

Silencio.

—¿Por qué reaccionó?

Silencio.

—¿Por qué apareció esa luz?

Silencio.

—¿Quién era Skye?

Silencio.

—¿Qué ocurrió realmente en esta ciudad?

El rostro de Aris se tensó. Kyle apretó los puños.

—¿Y si fui parte de ello?

La sacerdotisa levantó la vista.

—¿Qué?

—¿Y si fui uno de los responsables?

Su propia pregunta lo sorprendió, pero una vez pronunciada ya no pudo detenerla.

—¿Y si hay una razón por la que nadie quiere contarme la verdad?

El viento volvió a soplar entre los bloques de piedra. Aris tardó varios segundos en responder.

—No fuiste quien destruyó Luminara.

Kyle la observó, implacable.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darte.

—No —la miró fijamente—. No es la única, es la única que quieres darme.

Por primera vez, la sacerdotisa pareció cansada. Realmente cansada.

—No entiendes lo que me estás pidiendo.

—Entonces explícame.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque hay verdades que deben regresar por sí mismas.

Kyle negó con la cabeza.

—Otra vez lo mismo.

Aris cerró los ojos.

—Kyle...

—¿Qué soy?

Aquellas palabras hicieron que la mujer se quedara inmóvil por completo.

—¿Qué?

—Ya me has oído.

El silencio se volvió insoportable entre los dos.

—No te he preguntado quién soy, te he preguntado qué soy —sentenció él—. Porque empiezo a sospechar que no son la misma cosa.

Los ojos de Aris reflejaron algo parecido al miedo. Un temor breve, pero antiguo. Y entonces, respondió.

—El guardián te reconoció.

Kyle sintió que el corazón se le detenía en el pecho.

—¿Qué?

—No despertó porque entraras en Luminara —explicó ella—. Despertó porque te reconoció.

Él permaneció inmóvil, asimilando el golpe.

—¿De dónde?

Aris sostuvo su mirada.

—De antes de la caída.

Aquellas cuatro palabras fueron suficientes para sacudir todo su mundo. Antes de la caída. Antes. Como si hubiera existido una vida anterior; una existencia previa de la que no conservaba el menor rastro.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

—Entonces explícamelo.

Aris negó lentamente con la cabeza.

—Todavía no.

Kyle abrió la boca para protestar, pero la sacerdotisa habló antes.

—Ven conmigo.

Descendieron por antiguos caminos de piedra que serpenteaban entre los restos de la ciudad. Durante un buen rato, ninguno habló. Kyle seguía enfadado, quizá más que antes, pero al menos había conseguido algo: una respuesta. Pequeña, insuficiente, pero real.

El guardián lo había reconocido. No atacado. Reconocido. Aquella idea no dejaba de dar vueltas en su cabeza.

A medida que avanzaban, las calles se volvieron más estrechas y oscuras. Las construcciones comenzaron a cambiar; la arquitectura seguía siendo hermosa, pero diferente. Menos deslumbrante, más elegante, más serena. Como si hubiera sido diseñada para contemplar los atardeceres.




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