La penumbra latente

Capítulo 15: La Ausencia

El viento soplaba entre las ruinas de Luminara como si intentara arrancar los últimos recuerdos que aún permanecían aferrados a la piedra.

Kyle caminaba varios pasos por delante de Aris. No hablaba. No miraba atrás. No parecía interesado en escuchar ninguna de las explicaciones ambiguas que ella pudiera ofrecerle. Estaba cansado. Cansado de símbolos, de acertijos, de medias verdades. Desde que había abandonado Aurelia, cada respuesta parecía esconder otra pregunta, y cada descubrimiento lo empujaba más lejos de aquello que realmente quería saber: quién era, qué había ocurrido, por qué sentía que aquel lugar le pertenecía y, sobre todo, por qué el nombre de Skye parecía perseguirlo incluso cuando no comprendía quién era ella.

El recuerdo de la noche anterior seguía ardiendo en su cabeza. La visión. La grieta. Aquella figura de alas negras observándolo desde una distancia imposible. No había sido un sueño. Lo sabía. Lo había sentido. Algo los había conectado, aunque no entendía cómo, aunque no entendía por qué.

—¿Vas a seguir caminando sin decir una palabra? —preguntó Aris finalmente.

Kyle siguió avanzando.

—Sí.

La mujer suspiró.

—Empiezo a echar de menos cuando hacías preguntas.

Kyle soltó una risa amarga.

—Yo empiezo a echar de menos cuando alguien las respondía.

Aris no contestó, y aquel silencio fue suficiente. Porque era exactamente eso: silencios, siempre silencios.

Kyle se detuvo frente a una enorme escalinata parcialmente derrumbada. Más allá se alzaba un edificio gigantesco; sus columnas estaban agrietadas, las cúpulas habían colapsado hacía siglos y las raíces y enredaderas crecían entre los muros. Sin embargo, incluso en ruinas, seguía imponiendo respeto.

—¿Qué es esto?

—La Cámara de los Juramentos.

Kyle la observó.

—¿El archivo?

—Lo que queda de él.

El joven comenzó a subir los escalones. Esta vez Aris no intentó detenerlo; sabía que sería inútil. Atravesaron una enorme puerta de piedra caída sobre uno de sus lados. El interior era inmenso y un frío repentino, inverosímil, los recibió de golpe. Miles de estanterías se extendían en la penumbra. Algunas estaban derrumbadas, otras seguían milagrosamente intactas. Pergaminos, libros, mapas y registros: los fragmentos de una civilización desaparecida.

Kyle sintió un extraño escalofrío. No era la primera vez que ocurría. Cada vez que entraba en uno de aquellos lugares experimentaba una sensación difícil de describir, como si algo dentro de él reconociera aquel espacio antes que su propia mente. Como si hubiera estado allí muchas veces. Demasiadas.

—Aquí se conservaban los decretos del Consejo —explicó Aris mientras avanzaban entre las estanterías de piedra calcinada—. Leyes. Juramentos. Pactos. Todo aquello que definió Luminara.

Kyle pasó los dedos por una mesa cubierta de polvo.

—Y aquí es donde comenzó todo.

Aris guardó silencio, lo cual fue respuesta suficiente. Continuaron caminando durante varios minutos hasta que llegaron al centro de la sala. Allí permanecía un pedestal circular que, a diferencia del resto del edificio, parecía intacto. Sobre él descansaban varios cilindros de piedra sellados.

Kyle se acercó.

—¿Qué son?

—Los últimos edictos.

—¿De quién?

Aris tardó unos segundos en responder.

—De Solarys.

El corazón de Kyle se tensó sin saber por qué, por primera vez le había puesto nombre a su padre, estaba seguro de que era él. Extendió la mano, tomó uno de los cilindros y rompió cuidadosamente el sello. El pergamino se desplegó. Las letras seguían siendo legibles y Kyle comenzó a leer. Al principio parecía un texto normal; hablaba sobre protección, seguridad, estabilidad y la necesidad de garantizar la paz. Pero cuanto más avanzaba, más incómodo se sentía. Algo no encajaba. La redacción cambiaba, el tono mutaba y, sobre todo, el miedo comenzaba a filtrarse entre las palabras.

«...la amenaza creciente del Ocaso...»

«...la necesidad de vigilar determinadas actividades...»

«...la protección del reino frente a influencias desconocidas...»

Kyle frunció el ceño. Tomó otro documento, luego otro, y otro más. Todos eran iguales: cada vez más severos, cada vez más restrictivos, cada vez más obsesionados con algo que nunca terminaba de ser nombrado.

—¿Qué demonios es esto?

Aris observó los pergaminos con gravedad.

—El principio.

Kyle continuó leyendo, devorando los fragmentos.

«...la Sombra...»

«...la Ausencia...»

«...el Señor del Reposo...»

«...aquello que aguarda más allá del velo...»

Siempre expresiones distintas. Siempre rodeando algo. Siempre evitando decir algo. Kyle levantó la vista.

—¿Dónde está el nombre?

Aris parpadeó.

—¿Qué nombre?

—El nombre de aquello que temían.

Silencio. Kyle sintió que la irritación regresaba.

—No puede ser casualidad. —Tomó varios pergaminos más, revisándolos rápidamente una y otra vez. Siempre lo mismo. Nunca aparecía un nombre. Nunca. Como si alguien hubiera arrancado una palabra de la historia—. ¿Quién era?

Aris no respondió. Kyle apretó los dientes, acortando la distancia con la sacerdotisa.

—¿Quién era?

—No lo sé.

—Mientes.

—No.

—Entonces dime por qué todos estos documentos hablan de la misma persona sin nombrarla.

Aris observó los pergaminos. Su expresión cambió; había una profunda tristeza allí, y también un cansancio absoluto.

—Porque llegó un momento en que pronunciar su nombre se convirtió en un crimen.

Kyle permaneció inmóvil.

—¿Qué?

—Primero desapareció de los registros públicos —explicó ella en un hilo de voz—. Luego de los templos, después de las escuelas y, finalmente, de las conversaciones. Nadie debía pronunciarlo. Nadie debía recordarlo.

—¿Por orden de Solarys?

Aris bajó la mirada, y esa respuesta fue suficiente. Kyle sintió un nudo amargo en el estómago porque, por primera vez, estaba viendo algo que no podía justificar. Aquello no era protección; aquello era borrar a alguien de la existencia. Y eso lo aterraba mucho más que cualquier monstruo, porque significaba intención, decisión, un miedo tan profundo que incluso el recuerdo había sido perseguido.




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