La penumbra latente

Capítulo 17: Horizontes de escarcha

El silencio que siguió al combate resultó más inquietante que la lucha misma. Era una quietud pesada, casi sólida, que se asentó sobre el Archivo Prohibido como una losa de mármol sobre una tumba recién excavada.

Kyle permanecía inmóvil en mitad de la gran sala circular, con las piernas temblándole bajo el peso de su propio cuerpo. Se vio obligado a arrastrar los pies, pesados como si estuvieran hechos de plomo, hasta apoyar la espalda contra una de las columnas agrietadas que sostenían el techo abovedado. El impacto de su cuerpo contra la piedra desprendió un sutil rastro de polvo blanquecino, pero no le importó. Cerró los ojos un instante, apretando los párpados con fuerza mientras intentaba desesperadamente recuperar el aliento. Cada bocanada de aire le escocía en los pulmones, fría y cargada de partículas en suspensión.

A su alrededor, los restos de los Guardianes de ojos dorados terminaban de deshacerse. Aquellas criaturas que apenas unos minutos antes se alzaban como moles imbatibles de juicio y castigo se desprendían ahora en motas de ceniza dorada. Los hilos de luz rota que los componían flotaban en el aire, danzando en una coreografía pálida antes de apagarse y desaparecer por completo contra el suelo de losas gastadas.

El olor que impregnaba el ambiente era extraño, una mezcla embriagadora y molesta que Kyle no lograba clasificar del todo. Había ozono, el rastro eléctrico y punzante que dejaba la luz pura al manifestarse con violencia. Había piedra quemada, el aroma agrio de los impactos que habían fallado su objetivo y astillado los muros. Y, por debajo de todo eso, algo mucho más antiguo. Algo que le recordaba inequívocamente al polvo acumulado en una cripta olvidada, al aroma de los secretos que han permanecido encerrados tanto tiempo que han terminado por pudrir el aire que los rodeaba.

Kyle bajó la mirada hacia sus propias manos. Aún le temblaban, un espasmo involuntario que nacía en los tendones de las muñecas y moría en las yemas de los dedos. Miró las palmas, todavía enrojecidas, calientes por el esfuerzo titánico que había requerido el enfrentamiento. La luz ya no estaba allí. El fulgor dorado que había brotado de su piel como un torrente incontrolable se había extinguido, dejando tras de sí un rastro doloroso detrás de las costillas. Era una sensación física de vacío, como si la energía hubiera desgarrado algo en su interior para poder salir.

Pero la luz había estado. La había visto reflejada en las paredes del archivo, iluminando los rincones oscuros que el sol de Luminara ya no alcanzaba. La había sentido atravesándolo, no como un elemento ajeno que utilizaba como un arma, sino como una extensión de su propia sangre, un río de fuego dorado que reclamaba su derecho a existir. No había sido un truco de la mente exhausta. No había sido la imaginación de un muchacho desesperado por sobrevivir. Aquella energía maldita o bendita había salido de él. De su interior.

Y lo peor, lo que realmente le helaba la sangre más que el cansancio, era que una parte de su mente había sabido exactamente cómo utilizarla. En mitad del caos, cuando las garras de los Guardianes buscaban su cuello, sus manos se habían movido solas, trazando arcos y barreras con una precisión geométrica que ningún maestro le había enseñado desde que despertó. Había sido un acto reflejo, un impulso ancestral. Como si, en mitad del terror, Kyle hubiera recordado un fragmento de una vida anterior que nunca debió olvidar. Un fragmento que alguien se había esforzado mucho en enterrar bajo el Velo del Olvido.

A pocos metros, Aris permanecía de pie, rodeada por el desastre. La mentora observaba los documentos y pergaminos dispersos por el suelo, muchos de ellos pisoteados y rasgados durante el intercambio de golpes. Su espada corta seguía desenvainada, apuntando hacia las losas, y el hollín del combate manchaba su túnica inmaculada. Sin embargo, su rostro se mantenía rígido. Su expresión era un muro de piedra caliza, imposible de descifrar, desprovista de cualquier rastro de orgullo por la victoria o de alivio por seguir con vida.

Kyle apretó los dientes, sintiendo que la rabia acumulada amortiguaba el dolor de sus músculos. Se separó de la columna con un esfuerzo doloroso y avanzó un par de pasos hacia ella, con las botas crujiendo sobre los restos de ceniza dorada.

—¿Cuánto tiempo más piensas seguir ocultándome cosas? —preguntó, su voz sonando ronca, rasgada por el esfuerzo físico y la indignación.

Aris no respondió. Ni siquiera levantó la vista para mirarlo. Se limitó a envainar su pequeña espada con un clic metálico que resonó con excesiva nitidez en la sala vacía.

Kyle soltó una carcajada amarga, un sonido seco que carecía por completo de alegría.

—Claro —dijo, asintiendo para sí mismo mientras el desprecio se instalaba en su gesto—. El silencio de siempre. El gran dogma de Luminara.

El cansancio le pesaba sobre los hombros como si llevara la propia torre del archivo a cuestas, pero la indignación seguía empujándolo hacia delante, impidiendo que sus rodillas se doblaran. Estaba al límite de sus fuerzas, pero su mente se negaba a apagarse. Milo le había dado acertijos envenenados a la orilla del río en Aurelia, palabras que parecían mofarse de su amnesia. Aris le daba silencios cortantes, miradas de reprobación y órdenes de obediencia ciega. Y Kyle empezaba a odiar ambas cosas con una intensidad que le asustaba. Estaba harto de ser una pieza en un tablero cuyo reglamento nadie se molestaba en explicarle.

Fue entonces cuando el frío llegó.

No apareció poco a poco, como el declive natural de la tarde, ni descendió de forma lógica desde las altas ventanas ojivales del archivo. Simplemente ocurrió. Fue un golpe repentino, una marea invisible que barrió la estancia en un abrir y cerrar de ojos, como si alguien hubiera abierto una compuerta prohibida entre dos mundos que jamás debieron tocarse.

Kyle contuvo el aliento de golpe al sentir una punzada aguda en mitad del pecho. No era una molestia muscular; era una corriente helada y cortante que le atravesó el cuerpo de lado a lado, instalándose en su centro. El aire del archivo se volvió pesado, denso, difícil de inspirar, adquiriendo una cualidad casi sólida. A su alrededor, la débil llama de la lámpara de aceite que había sobrevivido al combate vaciló violentamente, encogiéndose hasta convertirse en pequeños puntos azules antes de estabilizarse a duras penas.




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