La Perla del Desierto

Capítulo 1

El desierto de Al-Rimal era vasto, majestuoso, infinito y, sobre todo, una reverenda porquería si llevabas tacones de plataforma.

Sahar ajustó por décima vez la pañoleta que llevaba en la cabeza, la cual se le deshacía a cada paso, haciendo que el viento le pegara arena directamente en los ojos. En su mano izquierda sostenía una foto desgastada en blanco y negro de su abuela; en la derecha, su teléfono móvil.

Sin servicio.

—Maravilloso —farfulló para sí misma, levantando el celular hacia el cielo radiante—. Pero para cobrarme el roaming sí que estuvieron atentos, ¿verdad? ¡Hijos de puta!

Se detuvo en la cima de una duna que parecía exactamente igual a las últimas trescientas dunas que había subido en las últimas dos horas. El sol del mediodía caía sobre ella como una plancha caliente. Se suponía que este viaje era una travesía espiritual de autodescubrimiento. Quería conectar con sus raíces árabes, respirar el aire de sus ancestros, sentir el misticismo del desierto. En cambio, estaba sudando en lugares donde no sabía que se podía sudar y su tía abuela en la foto parecía estar burlándose de ella desde el pasado.

—«Ve al sur, Sahar», me dijiste. «Sigue el sol, Sahar». ¡Tía, el sol está arriba! ¡Todo es el sur!

Se dejó caer sobre la arena con un gemido dramático, cubriéndose la cara.

El silencio del desierto era imponente. Poético, casi. Hasta que el estruendo de motores ruidosos rotos por la mitad rompió la paz.

Sahar se levantó de golpe. A lo lejos, una nube de polvo gigantesca se acercaba a toda velocidad. Tres camionetas gigantescas, negras, blindadas y con banderas oscuras avanzando a cien kilómetros por hora.

—¡Gente! —gritó Sahar, brincando y sacudiendo los brazos con desesperación—. ¡Oigan! ¡¿Tienen cargador tipo C?! ¡Me quedé sin batería y creo que me comí una baya venenosa que en realidad era estiércol seco!

Las camionetas frenaron bruscamente alrededor de ella, derrapando y creando una tormenta de arena temporal que hizo a Sahar toser como si tuviera tuberculosis.

De los vehículos bajaron seis hombres armados hasta los dientes, vestidos con túnicas oscuras y turbantes. Parecían salidos de una película de acción, solo que con miradas de muy pocos amigos.

El que parecía el líder dio un paso al frente, apuntándole con un rifle automático.

—¡No te muevas, intrusa! —bramó el hombre con voz cavernosa—. ¡Quedas detenida por orden del Jeque Tariq Al-Mansoor! ¡Sabemos que eres la asesina enviada por el clan Al-Zafir para envenenar nuestras pozas!

Sahar se quedó helada, parpadeando despacio. Miró el rifle, luego al tipo, y luego a su propia ropa: un pantalón corto de mezclilla, una camiseta que decía «I Love Shawarma» y una mochila con forma de conejito.

—¿Asesina? —repetó Sahar, señalándose el pecho—. ¿Yo? Hermano, no puedo ni matar una cucaracha sin gritar y pedirle perdón a Dios. Solo busco la casa de mi abuela. ¿Tienen agua con gas?

—¡Silencio! —rugió el hombre, descolgando unas esposas de metal—. Tus tácticas de camuflaje ridículo no nos engañarán. ¡El Jeque decidirá tu destino en el calabozo!

Antes de que pudiera protestar, la sujetaron por los brazos.

—¡Ey, ey! ¡Cuidado con el peinado, que me costó noventa dólares la queratina! —gritó Sahar mientras la metían a la fuerza en la parte trasera de la camioneta—. ¡Aparte, si me van a secuestrar, al menos pongan aire acondicionado! ¡Aquí atrás huele a chivo sudado!

El líder cerró la puerta de un portazo, dejando a Sahar en la penumbra del vehículo mientras aceleraban a toda marcha. Sahar se acomodó como pudo sobre el cuero del asiento, se sacudió la arena de las cejas y miró la foto de su abuela.

—Bueno, abuelita —murmuró suspirando—. Ya encontré transporte. Ahora solo falta saber si el Jeque este acepta pagos con tarjeta o si nos toca lavar platos en el palacio.

El viaje duró tres horas. Tres horas en las que Sahar no paró de hablar ni un solo segundo, logrando que dos de los mercenarios más temidos del desierto terminaran pidiéndole aspirinas y el tercero considerara seriamente tirarse de la camioneta en marcha.

Cuando finalmente las puertas de bronce del majestuoso palacio de Al-Mansoor se abrieron, Sahar fue escoltada —o más bien empujada con evidente desesperación— hacia el gran salón de audiencias.

El lugar era ridículamente lujoso: suelos de mármol blanco, columnas de oro y, lo mejor de todo, un aire acondicionado que soplaba a dieciocho grados celcius. Sahar casi llora de la emoción.

En el fondo del salón, sentado en un trono de madera tallada, estaba el Jeque Tariq Al-Mansoor.

Tariq era la definición andante de un cliché de novela: alto, de mandíbula esculpida por los mismos dioses, hombros anchos y una mirada tan fría que podía congelar un río en pleno verano. Vestía una túnica impecable y sostenía un rosario de cuentas oscuras entre sus dedos largos.

—Mi Jeque —dijo el líder de la guardia, arrodillándose con fatiga—. Hemos capturado a la infiltrada en la frontera norte. Sospechamos que lleva un arma biológica en esa bolsa con orejas de conejo.

Tariq levantó una ceja, fijando su mirada inquisidora en la cautiva.




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