La piel que habito

La mujer del espejo

La primera mancha aparece una mañana de octubre. Estoy frente al espejo, intentando decidir qué ponerme para una reunión importante, cuando la veo en la parte interior de mi brazo. Es pequeña, rojiza y tiene una textura diferente al resto de mi piel. Paso los dedos sobre ella y siento un ligero picor. No le doy demasiada importancia. Pienso que quizá es una irritación pasajera y que desaparecerá en unos días.

Me acerco un poco más al espejo.

—Qué raro...

Inclino el brazo hacia la luz para verla mejor. No parece nada grave. Probablemente es una reacción a algún producto, pienso. Quizá algo que comí, o tal vez el estrés.

Mi teléfono vibra sobre la cómoda y me recuerda que no tengo tiempo para preocuparme por una pequeña mancha. Tengo una reunión en menos de una hora y todavía necesito revisar unos documentos.

Me visto, me maquillo y salgo de casa.

Durante los días siguientes apenas pienso en ella, hasta que aparece otra, esta vez en el codo. Después noto una tercera en la pierna. La primera empieza a picarme con más frecuencia y la piel se vuelve áspera. Intento no darle importancia, pero cada vez que me ducho termino mirándome un poco más de lo necesario.

No me gusta lo que veo.

Una noche, después de llegar tarde del trabajo, me siento en la cama con el ordenador y busco los síntomas. Es una mala idea. Leo durante más de una hora y cada página consigue ponerme más nerviosa que la anterior. Entre las diferentes posibilidades aparece una palabra que se queda dando vueltas en mi cabeza: Psoriasis.

Cierro el ordenador.

—No.

Me niego a seguir leyendo.

Al día siguiente pido una cita con una dermatóloga.

La consulta resulta mucho más tranquila de lo que imagino. La doctora observa mi piel, me hace varias preguntas y después me explica que se trata de una enfermedad inflamatoria crónica. Me habla de los diferentes tipos de psoriasis, de los tratamientos disponibles y de la importancia de controlar los brotes.

La escucho mientras tomo algunas notas. Estoy acostumbrada a hacer eso cuando algo me preocupa: convertirlo en información. Si conozco el problema, puedo buscar una solución. Si existe una solución, puedo organizarme y, si puedo organizarme, siento que puedo controlarlo. Esa es la forma en la que funciona mi cabeza, hasta que descubro que esta vez no funciona así.

Con el tiempo aparecen diferentes manifestaciones de la enfermedad. Hay brotes que afectan zonas concretas y otros que se extienden mucho más. Algunas lesiones desaparecen y después regresan. Hay días en los que la piel me pica tanto que me cuesta concentrarme y noches en las que el ardor no me deja dormir bien.

Empiezo a cambiar algunas cosas sin darme cuenta. Elijo camisas de manga larga, aunque haga calor. Reviso la ropa antes de ponérmela. Evito ciertos tejidos. Me miro los brazos antes de salir de casa y, cuando alguien fija demasiado la mirada en mi piel, intento convencerme de que seguramente estoy imaginando cosas, pero no siempre las imagino.

Una tarde salgo de una reunión especialmente importante. Todo sale bien. El acuerdo que llevo meses negociando finalmente se cierra y varias personas me felicitan antes de marcharse. Debería sentirme feliz, y durante unos minutos lo estoy. Sin embargo, cuando llego a casa y me quito la chaqueta, vuelvo a mirar mis brazos.

La sensación de satisfacción desaparece. Me siento en el suelo del vestidor y apoyo la espalda contra la pared. Por primera vez entiendo que esto no se trata solamente de tener unas manchas en la piel. Se trata de cómo empiezo a verme, de cómo me siento cuando alguien me mira y de la ropa que elijo antes de salir de casa. También de las fotografías que evito y de todas esas pequeñas decisiones que, poco a poco, empiezan a girar alrededor de algo que nunca forma parte de mis planes.

Y eso es lo que más me asusta.

Cojo el teléfono y llamo a mi madre.

—Hola, cariño —responde.

Su voz consigue tranquilizarme incluso antes de que diga nada más.

—Hola, mamá.

—¿Ya has comido?

Sonrío.

—Sí.

—¿Seguro?

Miro la bolsa de comida que todavía está sobre la encimera.

—Más o menos.

Se ríe.

—Eso significa que no.

Durante unos segundos hablamos de cualquier cosa. Después me pregunta por el trabajo y le cuento cómo ha ido la reunión. Intento mantener la conversación ligera, como si nada estuviera pasando, pero mi voz cambia sin que pueda evitarlo. Creo que ella también lo nota.

Mi madre lo nota, siempre lo nota.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Vera.

Cierro los ojos, no necesito explicarle demasiado.

—La psoriasis está peor.

Se queda callada unos segundos.

—¿Quieres que vaya?

Me muerdo el labio para contener las lágrimas.




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