La piel que habito

Mi familia

Soy hija única. Durante años, cuando alguien me pregunta si tengo hermanos, mi respuesta provoca casi siempre la misma reacción.

—¿Hija única? Entonces debes estar muy consentida.

Nunca sé qué responder. Mi infancia no se parece a esa idea que algunas personas tienen de una niña que crece rodeada de adultos dispuestos a cumplir todos sus caprichos.

Mis padres se separan cuando tengo ocho años. No recuerdo todos los detalles, pero sí la sensación de tener que acostumbrarme a dos casas, dos habitaciones y dos rutinas diferentes. Lo que recuerdo perfectamente es que ninguno de los dos me obliga a elegir. Mi padre sigue llamándome todos los días y mi madre me espera en casa cuando salgo del colegio. Los fines de semana se organizan de una manera que, con el tiempo, termina pareciéndome completamente normal.

Aprendo que una familia puede cambiar de forma sin dejar de ser una familia.

Mi padre es una de las personas más importantes de mi vida. Tenemos una relación cercana y sencilla. No necesitamos hablar durante horas para saber cómo estamos. Él sabe cuándo estoy cansada, cuándo estoy preocupada y cuándo intento fingir que todo está bien. También sabe que mi trabajo ocupa demasiado espacio en mi vida y, aunque nunca me lo dice directamente, sé que le gustaría que aprendiera a dejar algunas cosas fuera de la oficina.

—Algún día vas a descubrir que no eres imprescindible para todo el mundo —me dice una noche mientras cenamos.

—Eso espero. Así podré cobrar más.

Se ríe.

—Siempre tienes una respuesta.

—Es una de mis mejores cualidades.

—No estoy seguro de que sea una cualidad.

Le saco la lengua y seguimos cenando.

Con mi madre todo es diferente. Ella y yo hablamos de todo, desde las cosas importantes hasta las más absurdas. Me llama para contarme que ha encontrado un libro que cree que me va a gustar, me pregunta si ya he escuchado el nuevo álbum de algún artista que apenas conozco o me manda fotografías de cuadros, flores y cafeterías que encuentra por la ciudad.

Es mi madre, pero también es mi amiga. Quizá por eso me cuesta tanto contarle cuando algo realmente me duele. Cuando aparece la psoriasis, intento restarle importancia. A mi padre le cuento lo necesario; a mi madre, un poco más. Ella siempre quiere saber cómo estoy y yo casi siempre respondo lo mismo.

—Bien.

Incluso cuando no lo estoy.

Mi madre también tiene sus propios problemas de salud. Las consultas médicas empiezan a formar parte de su rutina y noto que se cansa más que antes. Al principio intento no preocuparme. Ella tampoco quiere que lo haga. Cada vez que le pregunto cómo se siente, encuentra alguna manera de quitarle importancia.

—Estoy bien, Vera. Solo necesito descansar un poco.

Asiento y cambio de tema. Quizá las dos hacemos lo mismo. Decimos que estamos bien porque admitir que no lo estamos significa reconocer que hay cosas que escapan de nuestras manos.

—¿Estás segura de que estás bien? —le pregunto una tarde.

—Estoy bien, cariño.

Me mira mientras lo dice y sé que no quiere preocuparme. El problema es que yo hago exactamente lo mismo con ella. Las dos aprendemos a esconder nuestros miedos para protegernos. Quizá así funcionan las familias: nos queremos tanto que, a veces, creemos que ocultar el dolor es una forma de cuidarnos.

Mi vida profesional también ocupa cada vez más espacio. Soy empresaria y ejecutiva. Me gustan los retos y disfruto de esa sensación que aparece cuando entro en una reunión preparada para defender una decisión en la que creo. No necesito que nadie me diga que puedo hacerlo; me gusta demostrarlo por mí misma.

Pero mi trabajo no es todo lo que soy. También necesito el arte, la música y los libros. Son las cosas que consiguen que mi cabeza se detenga cuando llevo demasiado tiempo pensando en lo mismo. En ellos encuentro una forma de escapar, aunque sea durante unas horas, de todo aquello que no puedo controlar.

Puedo entrar sola en un museo y pasar horas frente a una pintura, sentarme en una cafetería con un libro mientras el resto del mundo corre a mi alrededor o escuchar una canción veinte veces porque alguna parte de ella consigue decir algo que yo no sé expresar.

Mi padre se burla de la cantidad de libros que tengo en casa. Dice que algún día voy a necesitar otra habitación solo para ellos. Yo siempre le respondo que exagera, aunque los dos sabemos que probablemente tiene razón.

—Vas a necesitar otra habitación.

—Ya lo estoy pensando.

—No lo decía en serio.

—Yo sí.

Mi madre se ríe desde el otro lado de la mesa. Es una tarde cualquiera y los tres estamos juntos. Mis padres llevan años separados, pero nunca dejan que eso se convierta en una distancia entre nosotros. Han aprendido a compartir ciertos momentos y, de alguna manera, siempre encontramos la forma de mantener ese vínculo que nos une.




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