Mi madre empieza a encontrarse peor. Al principio ninguna de las dos dice demasiado. Ella continúa con su rutina y yo sigo concentrada en el trabajo. Mi padre tampoco cambia sus costumbres y sigue llamándome para preguntarme si voy a comer con él el domingo, pero las consultas médicas son cada vez más frecuentes y empiezan a ocupar un espacio demasiado grande en nuestras conversaciones.
Una tarde entro en casa de mi madre con un libro nuevo debajo del brazo y una bolsa con comida. Como siempre, intento llegar con alguna excusa que nos permita hablar de cualquier cosa menos de médicos, tratamientos y resultados. Pero en cuanto la veo, sé que esta vez algo no está bien.
—He traído la cena.
Mi madre me mira desde la cocina.
—¿Otra vez comida preparada?
—Tengo una reunión mañana a primera hora.
—Siempre tienes una reunión.
—Es parte de mi encanto.
Sonríe, pero noto que está cansada.
Dejo las cosas sobre la encimera.
—¿Cómo estás?
—Bien.
La miro.
—Mamá.
—Vera.
Nos quedamos en silencio.
—¿De verdad estás bien?
Suspira.
—Estoy cansada, nada más.
Quiero insistir. Quiero preguntarle qué dicen los médicos, qué siente o si necesita que la acompañe, pero al final no lo hago. Nos sentamos a cenar y hablamos de otras cosas. Me cuenta que quiere volver a leer un libro que le encanta y yo le enseño unas fotografías de una exposición que quiero visitar. Hablamos de mi padre y terminamos riéndonos de una historia que ocurrió cuando yo era pequeña.
Durante un rato, todo parece normal. Y quizá eso es precisamente lo que las dos necesitamos.
Al terminar la cena, me acompaña hasta la puerta.
—Llámame cuando llegues.
—Siempre me dices lo mismo.
—Porque nunca llamas.
—Claro que llamo.
—Cuando te acuerdas.
Me acerco y la abrazo. No sé por qué ese abrazo dura más de lo habitual. Apoyo la cabeza sobre su hombro y cierro los ojos.
—Te quiero, mamá.
Ella me acaricia el cabello.
—Yo también te quiero, cariño.
Me separo de ella y la miro una última vez antes de salir. No sé por qué, pero mientras cierro la puerta tengo la sensación de que estoy guardando ese momento en algún lugar de mi memoria, como si una parte de mí supiera que voy a necesitar recordarlo.
Durante los meses siguientes, su estado empeora. Los médicos hacen nuevas pruebas y las visitas al hospital se vuelven cada vez más frecuentes. Intento estar presente todo lo que puedo, aunque mi trabajo me obliga a viajar y mantener una agenda que, poco a poco, empieza a parecerme menos importante. Mi madre continúa diciéndome que no me preocupe y yo continúo fingiendo que no tengo miedo. Ninguna de las dos quiere decir en voz alta lo que ambas sabemos.
Hasta que llega el día que cambia mi vida.
La llamada entra mientras estoy trabajando. Reconozco el número y contesto sin imaginar lo que voy a escuchar. Al principio no consigo entender todo lo que me dicen. Solo escucho algunas palabras sueltas: hospital, lo siento, su madre. Después llega una frase que mi mente se niega a aceptar.
Mi madre ha muerto.
Me quedo quieta. No lloro. No grito. Ni siquiera sé qué decir. Miro la pantalla del ordenador y durante unos segundos todo parece completamente normal. Hay correos pendientes, documentos abiertos y personas esperando respuestas. Todo sigue exactamente donde lo dejé, pero mi mundo acaba de detenerse.
No sé cuánto tiempo permanezco así. Solo sé que, cuando consigo reaccionar, la primera persona a la que llamo es mi padre. No necesito explicarle nada. En cuanto escucha mi voz, lo entiende.
—Voy contigo.
El funeral llega demasiado rápido. Hay flores, personas que me abrazan y voces que me dicen que lo sienten. Yo respondo gracias sin saber realmente qué estoy diciendo. Mi padre permanece a mi lado. No intenta hacerme hablar ni me dice que sea fuerte. No busca las palabras correctas. Simplemente está conmigo.
Cuando llega el momento de despedirme de mi madre, siento que algo dentro de mí se rompe. Pienso en su cocina, en sus llamadas, en los libros que me recomienda y en aquella frase que repite cada vez que salgo de su casa: Llámame cuando llegues. Y ahora no sé cómo voy a llegar a ningún lugar sin poder llamarla.
Después del funeral regreso a casa. Dejo el bolso en el suelo y me siento en la cama. Mi piel empieza a picarme. Miro mis brazos y veo que el brote aparece en el peor momento posible. Antes, una parte de mí se habría enfadado. Esta vez no tengo fuerzas. Las lágrimas llegan de golpe y lloro por mi madre, por mí y por todo lo que todavía necesito decirle. Pienso en todas las veces que intento esconder lo que siento para no preocuparla y entonces me doy cuenta de algo que duele todavía más: ahora ya no tengo que esconder nada, porque ella ya no está.