Tokio aparece por la ventanilla del avión como una extensión interminable de luces. Me inclino hacia el cristal intentando encontrar algún punto que me resulte familiar, aunque sé perfectamente que no voy a encontrarlo. Es mi tercera vez en Japón y, aun así, cada llegada tiene algo de primera vez.
A mi lado, Clara duerme con la cabeza apoyada contra el respaldo y los auriculares puestos. Lleva casi todo el vuelo preguntándome cómo puede ser que una ciudad tenga tantos habitantes y todavía consiga sorprenderme. Creo que esa es precisamente la razón por la que vuelvo. Tokio no me pide explicaciones. Aquí puedo caminar durante horas y ser una desconocida entre millones de desconocidos.
Miro mi reflejo en la ventana. Tengo el cabello recogido de cualquier manera, la cara cansada y los ojos un poco hinchados. No me importa. Por primera vez en mucho tiempo no tengo que llegar a una reunión impecable, contestar correos ni tomar decisiones. Solo tengo que bajar de un avión.
—¿Ya llegamos? —pregunta Clara con los ojos cerrados.
—Hace como cinco minutos.
Abre un ojo.
—¿Y por qué no me despertaste?
—Porque llevas doce horas quejándote de que no puedes dormir en los aviones.
—Eso no significa que quiera perderme mi primera impresión de Tokio.
Me río.
—Tu primera impresión va a ser inmigración.
—Qué romántico.
Cuando finalmente salimos del aeropuerto, Clara se queda parada unos segundos.
—Vera.
—¿Qué?
—Esto es enorme.
—Te lo dije.
—No. Me dijiste que era grande.
Sonrío.
—También es eso.
El trayecto hasta el hotel nos permite ver una ciudad que parece no terminar nunca. Edificios, trenes, anuncios luminosos, bicicletas, personas caminando deprisa. Todo se mueve a un ritmo que parece imposible de seguir.
Clara mira por la ventanilla como una niña.
—¿Dónde vamos primero?
—Al hotel.
—No.
—Sí.
—No hemos cruzado medio mundo para dormir.
—Yo sí. Tú puedes hacer turismo mientras duermo.
—Eres insoportable.
—Y tú sigues siendo mi amiga.
Eso la hace sonreír.
Nuestro viaje tiene una estructura bastante ambiciosa: cuatro días en Tokio, después Hakone, Kioto, una noche en Nara, Osaka y, finalmente, Hiroshima antes de regresar a Tokio para tomar el vuelo de vuelta. Clara se ha encargado de imprimir el itinerario porque, según ella, si dependemos de mí terminaremos comprando un billete de tren hacia otra prefectura sin darnos cuenta. No le digo que probablemente tiene razón.
Tokio es nuestra primera parada y quiero enseñársela a mi manera. No quiero correr ni intentar verlo todo. Quiero caminar, llevarla a lugares que descubrí durante mis viajes anteriores y dejar que ella encuentre sus propios favoritos.
Esa tarde empezamos por Asakusa. El templo Senso-ji está lleno de gente, pero consigo disfrutarlo igual. Clara se detiene cada pocos metros para hacer fotografías y yo termino esperándola con las manos en los bolsillos, observándola mientras intenta capturar absolutamente todo.
—¿Quieres una foto?
—De ti, sí.
—No.
—Vera.
—No.
—Has venido hasta Japón y no quieres una sola foto.
—No necesito pruebas.
Me apunta con el teléfono.
—Yo sí.
Me aparto riendo y, por unas horas, me siento ligera. No pienso en mi madre, ni en los médicos, ni en los brotes. Tampoco pienso en nada que tenga que ver con la vida que he dejado temporalmente detrás de mí. Solo camino y disfruto de estar aquí.
Comemos algo rápido, seguimos hacia Ginza y terminamos la tarde entrando en una librería. Eso sí consigue detenerme. Siempre me pasa lo mismo. Puedo entrar en una librería sin ninguna intención de comprar nada y salir mucho después con varios libros bajo el brazo.
Clara me encuentra varios minutos después frente a una estantería, completamente absorta en los títulos.
—Sabía que esto iba a pasar.
—¿Qué?
—Que ibas a comprar libros.
—No estoy comprando.
Mira los tres que tengo en las manos.
—Claro.
Los dejo sobre el mostrador.
—Estos sí.
—¿Y los otros?
—Los otros todavía los estoy pensando.
—Tienes un problema.
—Tengo muchos.
La frase sale sin pensar. Clara me mira durante un segundo y yo también me doy cuenta de lo que acabo de decir. Sonrío enseguida para quitarle importancia, como si no hubiera sido nada, y vuelvo la atención hacia los libros.