La piel que habito

Alessandro

Mi padre tiene una habilidad especial para conseguir que haga cosas que no tengo planeadas. La visita al museo es una de ellas. Al principio no me convence demasiado la idea porque sabe lo ocupado que estoy con mi proyecto, pero termina insistiendo tanto que acepto acompañarlo.

—No puedes pasar todo el tiempo trabajando —me dice mientras caminamos por una de las salas.

—No estoy trabajando.

Me mira de reojo.

—Llevas una carpeta.

Miro la carpeta que tengo bajo el brazo.

—Eso no significa nada.

—Para ti significa muchísimo.

Sonrío. No tiene sentido discutir con él. Cuando decide algo, rara vez cambia de opinión.

Llevamos varios años viviendo entre Italia y Japón. Yo llego a Tokio por un proyecto que, en principio, solo dura dieciocho meses. Seis años después, sigo aquí y no me quejo. Tokio me ofrece algo que no encuentro fácilmente en otros lugares: la posibilidad de trabajar en proyectos donde la arquitectura, la historia y la tecnología tienen que convivir sin que ninguna termine imponiéndose sobre las demás.

Soy arquitecto, especializado en restauración y diseño de espacios culturales. Mi trabajo consiste muchas veces en devolverle vida a edificios que llevan décadas olvidados. Ahora mismo tengo entre manos el proyecto más importante de mi carrera: un antiguo edificio del centro de Tokio va a transformarse en un espacio internacional dedicado al arte contemporáneo. La estructura original tiene más de un siglo y conservarla sin convertirla en una pieza de museo es un reto enorme.

Me gusta. Los problemas difíciles siempre me han gustado. Quizá demasiado.

—¿En qué estás pensando? —pregunta mi padre.

—En el proyecto.

—Sabía que dirías eso.

—Es importante.

—Todo es importante para ti.

Lo miro.

—Tú también.

Sonríe.

—Eso espero.

Seguimos caminando. La exposición gira alrededor del renacimiento y reúne pinturas, esculturas, instalaciones y piezas contemporáneas que interpretan de distintas maneras la idea de volver a empezar. Me detengo frente a una de ellas. No necesito entender completamente una obra para que consiga interesarme. A veces basta con que logre hacerme sentir algo.

Mi padre continúa hacia la siguiente sala. Yo me quedo unos segundos más frente a la obra, intentando entender por qué ha conseguido llamar tanto mi atención antes de seguirlo.

—Alessandro.

—Voy.

Lo sigo. La sala siguiente es diferente. La iluminación es tenue y el espacio está lleno de vegetación. Hay mariposas por todas partes, decenas de ellas moviéndose entre las plantas y cruzando el espacio con una libertad que hace que todo parezca mucho más tranquilo. Me quedo unos segundos observándolas, sin saber exactamente por qué algo tan sencillo consigue llamar tanto mi atención.

—Bonito, ¿no?

La voz de mi padre llega desde el otro lado.

—Sí.

Él continúa mirando la exposición y yo avanzo unos pasos. Entonces veo a una mujer agachada en uno de los rincones de la sala. No parece estar observando la instalación. Está llorando.

Me detengo. No sé quién es y no tengo ninguna razón para acercarme. Además, hay momentos que pertenecen exclusivamente a quien los vive. Aparto la mirada e intento concentrarme de nuevo en las mariposas, pero unos segundos después vuelvo a mirarla de reojo.

La mujer se levanta, se seca las lágrimas y permanece quieta durante unos instantes. Entonces extiende los brazos y las mariposas comienzan a moverse a su alrededor. Una pasa frente a su rostro y otra se acerca a su mano. Ella sonríe.

Es una sonrisa pequeña, pero cambia por completo su expresión. Me quedo observándola sin querer, intentando entender qué es lo que ha conseguido llamar mi atención. Quizá sea la forma en que transforma un momento triste en algo hermoso. Quizá simplemente sea una de esas imágenes que aparecen delante de uno sin aviso y permanecen en la memoria mucho más tiempo del que deberían.

No sé quién es.

Y, por alguna razón, me quedo pensando en ella incluso después de apartar la mirada.

—Alessandro.

Mi padre vuelve a llamarme.

—¿Sí?

—¿Vienes?

Miro una última vez hacia la instalación.

La mujer ya no está.

—Sí.

Salgo de la sala con él y no vuelvo a pensar demasiado en aquello durante el resto de la visita.

Mi vida suele dividirse entre planos, reuniones, vuelos y edificios, así que no tengo demasiado tiempo para improvisar. Las mañanas empiezan temprano. Corro antes de ir al estudio cuando la agenda me lo permite y después paso horas revisando proyectos, reuniéndome con ingenieros o discutiendo detalles que probablemente nadie fuera de mi profesión entendería.

Me gusta mi trabajo. También me consume. Mi padre dice que necesito aprender a desconectar y yo siempre le digo que lo intento. Él nunca me cree.




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