El tercer día en Tokio comienza tranquilo. Me despierto temprano, antes de que suene la alarma, y durante unos segundos no recuerdo dónde estoy. La luz entra por un pequeño espacio entre las cortinas y escucho el murmullo de la ciudad al otro lado de la ventana. Clara sigue dormida. La observo un momento y sonrío. Después de tantas horas de viaje, necesita descansar.
Yo, en cambio, siento esa inquietud que me acompaña desde que llegamos. No es tristeza exactamente. Es más bien la sensación de estar lejos de todo lo que conozco, y eso me gusta. Tokio me permite respirar.
Ayer, después de visitar el museo, camino durante horas sin tener un destino concreto. Entro en una librería, tomo un café y observo a la gente. Cuando regreso al hotel, sin embargo, llevo conmigo algo que no esperaba: la imagen de las mariposas y el recuerdo de mi madre.
No sé por qué aquella exposición consigue abrir una puerta que llevo un año intentando mantener cerrada. Quizá sea porque mi madre siempre habla de renacer. Decía que incluso después de los momentos más difíciles, algo dentro de nosotros encuentra la forma de continuar. Ayer, sentada entre las mariposas, por primera vez en mucho tiempo siento que puedo llorar sin tener que esconderme.
Esta mañana me siento más ligera. Hasta que me levanto.
El dolor aparece primero en las piernas. Es una molestia conocida, pero esta vez tiene algo diferente. Camino hasta el baño y miro mi reflejo. Me quedo quieta frente al espejo. Las placas de mis brazos están mucho más rojas que el día anterior y, cuando bajo la mirada hacia mis piernas, descubro nuevas lesiones. Algunas zonas están inflamadas y la piel se siente caliente.
Me aparto el cabello de la cara. También hay pequeñas placas alrededor de la línea del cabello y algunas zonas del cuello. Me observo durante varios segundos, intentando convencerme de que no es tan grave como parece. Pero algo dentro de mí sabe que este brote no se parece a los anteriores.
—No...
No quiero que empiece. No aquí, no ahora. Intento convencerme de que, si me doy una ducha, descanso y tomo la medicación que llevo conmigo, todo mejorará. Me visto lentamente, procurando no hacer movimientos bruscos, pero cuando intento ponerme los pantalones el dolor aumenta y tengo que sentarme en la cama.
Clara se mueve entre las sábanas y abre los ojos. Me mira todavía medio dormida, pero en cuanto ve mi expresión termina de despertarse.
—¿Vera? ¿Qué pasa? ¿Qué hora es?
—Todavía es temprano.
Abre los ojos y me mira con más atención.
—¿Por qué estás sentada?
—No pasa nada.
Se incorpora de inmediato.
—Vera.
No respondo. Clara se acerca y me observa durante unos segundos.
—¿Es la psoriasis?
Asiento.
—Creo que sí.
—Déjame ver.
—No hace falta.
—Déjame verte.
Me levanto la manga y después le muestro las piernas. Su expresión cambia, pero no dice nada. Me quito lentamente el jersey y dejo al descubierto las lesiones que también han aparecido en mi espalda y en el abdomen. Algunas son pequeñas, otras ocupan zonas mucho más extensas. La piel está inflamada y el picor empieza a mezclarse con una sensación de ardor.
Clara respira profundamente.
—Esto no es como los otros brotes.
—Lo sé.
—Tenemos que ir al hospital.
—Podemos esperar.
—No.
—Clara...
—No puedes ni caminar bien.
Intento levantarme para demostrarle que está exagerando, pero apenas consigo dar dos pasos antes de que el dolor me obligue a detenerme. Apoyo una mano contra la pared y cierro los ojos.
Clara se acerca inmediatamente.
—¿Lo ves?
Aprieto los labios. No quiero llorar. Tampoco quiero que ella me vea así.
—Vamos al hospital.
Esta vez no discuto.
El trayecto se me hace interminable. Cada movimiento del coche provoca una punzada de dolor y apenas consigo encontrar una posición cómoda. Miro por la ventanilla mientras Tokio continúa funcionando como si nada estuviera pasando. Personas con prisa, bicicletas, semáforos, tiendas y trenes. Una ciudad entera moviéndose mientras yo apenas consigo mantenerme sentada.
Clara me mira varias veces.
—¿Quieres que paremos?
—No.
—¿Estás segura?
—Solo quiero llegar.
Cuando finalmente llegamos al hospital, Clara baja primero y busca ayuda. Intento salir del coche, pero el dolor me obliga a detenerme.
—Espera.
Ella vuelve y me ayuda a bajar. Apoyo los pies en el suelo y siento un dolor profundo que me recorre las piernas. Me agarro a su brazo.
—Despacio.