Mi padre duerme cuando salgo de la habitación. Me pide que no me preocupe y que aproveche para descansar un poco, pero conozco esa forma suya de decir las cosas. Cuando mi padre quiere que deje de preocuparme, normalmente significa que él también está preocupado.
Salgo al pasillo porque necesito café. Mientras espero frente a la máquina, reviso el teléfono. Tengo varios mensajes del estudio y una llamada perdida de uno de los ingenieros del proyecto. Durante unos segundos pienso en devolverla, pero guardo el teléfono. No ahora. Mi padre puede necesitarme.
Cojo el café y regreso hacia la habitación. Entonces una camilla pasa delante de mí. No presto demasiada atención. Es un hospital y hay personas entrando y saliendo constantemente. Doy un par de pasos más, pero algo me hace detenerme.
Miro hacia atrás.
La mujer de la camilla gira ligeramente la cabeza y la reconozco. Es ella. La mujer del museo. La de las mariposas.
Durante unos segundos no sé qué hacer. Ayer la veo de pie, con los brazos extendidos mientras las mariposas vuelan a su alrededor. La recuerdo llorando y también recuerdo aquella pequeña sonrisa que aparece después, la misma que veo cuando nos encontramos en la salida de la exposición.
Ahora está aquí, en un hospital. Parece agotada. No necesito saber qué le ocurre para entender que no está pasando por un buen momento.
Me quedo quieto mientras la camilla continúa avanzando. Ella levanta la mirada y nuestros ojos se encuentran. La expresión de su rostro cambia ligeramente. Me reconoce. Entonces comprendo que probablemente también me recuerda.
No sé por qué siento cierta incomodidad. Quizá porque ayer la veo en un momento íntimo sin que ella sepa quién soy y ahora vuelvo a encontrarla en una situación todavía más personal. No quiero que piense que la estoy observando, así que aparto la mirada.
La camilla desaparece por una puerta y me quedo unos segundos en el mismo lugar. Después continúo caminando.
Cuando regreso a la habitación, mi padre está despierto.
—¿Dónde estabas?
—Por café.
Levanta la ceja.
—¿Y tardas tanto para eso?
Miro el vaso que tengo en la mano.
—Había cola.
—Claro.
Me siento junto a él.
—¿Cómo estás?
—Mejor.
—¿Seguro?
—Alessandro, estoy bien.
Asiento.
Intento concentrarme en la conversación, pero mi cabeza vuelve una y otra vez al pasillo. A aquella mujer. No sé quién es ni qué le ocurre. Solo sé que la he visto dos veces y que, la segunda, está en un hospital.
No debería importarme. No la conozco. Aun así, la imagen de las mariposas vuelve a mi cabeza y, por alguna razón, me cuesta dejarla atrás.
—¿Te pasa algo? —pregunta mi padre.
Lo miro.
—No.
—Estás distraído.
—Estoy pensando en el proyecto.
Sonríe.
—Mentiroso.
Suelto una pequeña risa.
—Descansa.
—Eso intento.
Se acomoda en la cama y cierra los ojos. Yo vuelvo a mirar mi teléfono e intento trabajar, pero no consigo concentrarme. Al cabo de unos minutos salgo de la habitación y regreso al pasillo. Escucho unas voces y levanto la mirada sin pensarlo.
Es ella.
Ahora camina acompañada por una enfermera o, más bien, intenta caminar. La enfermera la sostiene por un brazo y una mujer sin bata va al otro lado. Supongo que es algún familiar. Me sorprende verla así. En el museo parece completamente distinta. Allí se mueve con tranquilidad, rodeada de mariposas; ahora cada paso parece costarle un esfuerzo enorme.
Ella levanta la mirada y vuelve a encontrarme. Esta vez no aparto los ojos inmediatamente. Nos observamos durante unos segundos sin decir nada porque, al final, no nos conocemos. La enfermera continúa ayudándola y, antes de desaparecer por el pasillo, la mujer se gira ligeramente. Volvemos a mirarnos una última vez y después desaparece.
Me quedo pensando en ello. Hay algo que no consigo explicar. No es atracción, ni siquiera sé si puedo llamarlo curiosidad. Es más bien la sensación de haberme cruzado dos veces con una desconocida en una ciudad de millones de personas.
Y eso resulta extraño.
Tokio es enorme. Demasiado grande para que algo así parezca casual.
Vuelvo a mirar hacia el pasillo. Está vacío. Me obligo a concentrarme en el teléfono y esta vez consigo abrir el documento del proyecto. Leo la primera página, pero no logro recordar nada y mucho menos pensar con claridad.
Entonces mi padre abre los ojos.
—¿Seguro que estás bien?
Lo miro.
—Sí —respondo.
Y esta vez casi consigo convencerme. Al menos eso quiero creer.