Odio los hospitales. No porque les tenga miedo, sino porque me recuerdan que hay cosas que no puedo controlar. Y llevo demasiados años intentando controlar todo: mi trabajo, mis horarios, mis viajes, mis decisiones e incluso la manera en la que los demás me ven. Pero mi piel nunca sigue mis planes.
Después de varias horas de pruebas, preguntas y medicamentos, el dolor empieza a disminuir un poco. No desaparece, simplemente deja de ocuparlo todo. Estoy sentada en la camilla mientras el especialista revisa los resultados y Clara permanece a mi lado con esa expresión que conozco demasiado bien. Está preocupada.
—El brote es bastante extenso —dice el médico— y la inflamación requiere atención.
Bajo la mirada. Ya lo sé. Lo siento en cada parte de mi cuerpo.
—¿Tengo que quedarme ingresada?
—Por ahora queremos controlar el dolor y observar cómo responde al tratamiento. Si la evolución es favorable, podrá continuar el tratamiento fuera del hospital.
Asiento. Una parte de mí siente alivio y otra siente rabia. He cruzado medio mundo para olvidarme de los médicos y termino sentada en una camilla hablando de mi piel. Qué ironía.
—¿Y el viaje? —pregunto.
El médico me mira.
—Puede continuar, pero necesita descansar. Si vuelve a empeorar, tendrá que regresar.
Clara responde antes que yo.
—No vamos a discutir eso.
La miro.
—No he dicho nada.
—Pero lo estás pensando.
Tiene razón.
El médico se marcha y me quedo mirando mis manos.
—No quiero cancelar.
Clara suspira.
—Vera...
—No quiero volver a casa.
—Nadie está diciendo que vuelvas a casa.
—Pero tampoco quiero pasar el viaje entrando y saliendo de hospitales.
—Entonces no lo hagamos.
La miro.
—¿Cómo?
—Nos quedamos en Tokio un día más. Descansas y después decidimos si seguimos con el itinerario.
Me quedo callada. No me gusta admitir que tiene razón.
—Solo un día.
—Solo un día.
—Y después Kioto.
—Si estás mejor.
—Estaré mejor.
Clara sonríe.
—Eso espero.
Por la tarde me permiten descansar en una habitación. Estoy agotada. El medicamento me deja adormecida y siento el cuerpo mucho más pesado de lo normal. Me recuesto y cierro los ojos. Durante unos minutos consigo dormir.
Cuando despierto, Clara está sentada junto a la ventana leyendo.
—¿Cuánto tiempo?
—Casi dos horas.
Me incorporo despacio.
—¿Has comido?
—Sí.
—¿Y tú?
—También.
—Mentira.
Me mira.
—Un poco.
—Clara.
—Está bien. Voy a buscar algo.
Sonrío.
—Gracias.
Antes de salir, se detiene junto a la puerta.
—Vera.
—¿Sí?
—No tienes que hacerte la fuerte conmigo.
La frase me golpea más de lo que esperaba. Aparto la mirada.
—No me estoy haciendo la fuerte.
—Sí.
—No.
—Vera.
Respiro profundamente.
—Solo estoy cansada.
Ella asiente.
—Lo sé.
Sale y me quedo sola.
Miro hacia la ventana. Tokio continúa brillando al otro lado del cristal, pero la ciudad que ayer me hace sentir libre ahora parece estar demasiado lejos. Paso una mano por mi rostro y pienso en todas las veces que he odiado mi piel. No porque sea diferente, sino porque puede recordarme de golpe todo lo que intento olvidar: los años de brotes, las miradas, las preguntas, los tratamientos, las noches en las que el picor no me deja dormir y los días en los que me cuesta reconocerme frente al espejo.
Pero también están esos momentos en los que consigo olvidarme completamente de que tengo una enfermedad. Esos son mis favoritos porque, durante unas horas, vuelvo a ser simplemente Vera. No Vera, la mujer con psoriasis. No Vera, la paciente. No Vera, la que tiene que explicar qué ocurre con su piel. Solo Vera.
Cierro los ojos y pienso en mi madre. Recuerdo cómo me mira cuando tengo un brote. Nunca siente lástima por mí. Nunca. Una vez, cuando tengo diecinueve años y paso varios días sin querer salir de casa, entra en mi habitación, abre las cortinas y me dice: