Vera
A la mañana siguiente despierto antes que Clara. Durante unos segundos me quedo quieta. El cuerpo todavía me duele, aunque ya no con la intensidad del día anterior. La inflamación ha bajado un poco y eso me permite moverme con más facilidad.
No estoy bien, pero estoy mejor y, por ahora, eso basta.
Me incorporo lentamente y camino hasta el baño. No quiero mirarme demasiado porque sé lo que voy a encontrar. Las placas siguen ahí. Algunas empiezan a perder intensidad, mientras otras continúan rojas y en el rostro todavía tengo varias zonas irritadas.
Me lavo la cara con cuidado y después me visto. Cuando salgo del baño, Clara ya está despierta.
—Buenos días.
—Buenos días —respondo.
Me observa durante unos segundos.
—¿Cómo estás?
—Mejor.
Sonríe.
—Eso sí me gusta escucharlo.
—No te emociones. Todavía me duele todo.
—Pero puedes caminar.
—Más o menos.
—Perfecto. Entonces hoy no hacemos nada.
—¿Nada?
—Nada.
—Clara...
—No.
—Solo quería caminar un poco.
—Vera, ayer casi no podías mantenerte de pie.
Tiene razón. Odio cuando la tiene.
Terminamos desayunando en el hotel. Después pasamos buena parte de la mañana sin hacer prácticamente nada y descubro que también necesitaba eso. Por la tarde salimos un rato. Camino despacio y, poco a poco, Tokio vuelve a sentirse como Tokio y no como el lugar donde ayer termino en una camilla.
Paramos en una pequeña cafetería. Me siento junto a la ventana y observo la calle mientras tomo mi café.
—¿Sabes qué? —dice Clara.
—¿Qué?
—Creo que necesitas aprender a quedarte quieta.
—Eso no está en mis planes.
—Precisamente.
Sonrío.
—No sé hacerlo.
—Ya lo sé.
Terminamos el café y seguimos caminando. Al llegar a una pequeña librería, me detengo.
Clara suspira.
—Sabía que iba a pasar.
—Solo voy a mirar.
—Eso dijiste la última vez.
—Y compré solo tres libros.
—Exactamente.
Entramos. El olor a papel me recibe como si fuera una casa conocida. Paso entre los estantes y dejo que mis dedos recorran algunos lomos. Clara se aleja unos metros mientras habla por teléfono con su madre.
Estoy buscando otro libro cuando escucho una voz detrás de mí.
—Supongo que estás mejor.
Me quedo inmóvil.
Me giro y ahí está él. El hombre del museo y del hospital. Todavía no sé cómo se llama.
Lo miro durante unos segundos, sin saber muy bien qué decir, hasta que esboza una ligera sonrisa.
—Hola.
—Hola.
—Parece que Tokio empieza a quedarnos pequeña.
No puedo evitar sonreír.
—O demasiado grande.
—También puede ser.
Hay un pequeño silencio. No resulta incómodo. Solo extraño.
—¿Cómo estás? —pregunta.
La pregunta es sencilla, pero no sé por qué me toca tanto.
—Mejor.
Asiente.
—Me alegro.
—Sí. Yo también.
Me doy cuenta de que todavía no sé su nombre, así que decido preguntarlo.
—Por cierto...
—Alessandro.
Parpadeo.
—¿Cómo?
—Alessandro.
—Ah. Yo soy Vera.
—Lo sé.
Levanto una ceja.
—¿Lo sabes?
Sonríe.
—Tu amiga te llamó así en el hospital.
—Ah.
Me siento un poco avergonzada.
—Entonces tú tienes ventaja.
—Un poco.
Giro la vista hacia un lado mientras busco a Clara. No sé dónde se ha metido y, para ser sincera, esta conversación empieza a resultarme un poco incómoda. Intento mantener la calma y restarle importancia a tantas coincidencias, así que cambio de tema.
—¿Vives aquí?
—Desde hace varios años.
—No eres de por aquí, ¿cierto?
Se ríe.