Alessandro
Mi padre sale del hospital al día siguiente.
No quiere que lo acompañe. Según él, puede arreglárselas perfectamente solo. Según yo, lleva demasiados años diciendo eso.
—No necesitas venir conmigo —me dice mientras recoge sus cosas.
—Ya estoy aquí.
—Eres demasiado insistente.
—Lo aprendí de ti.
Me mira durante unos segundos y termina sonriendo.
—Eso sí te lo concedo.
Salimos del hospital cerca del mediodía. El aire de Tokio se siente diferente después de tantas horas entre paredes blancas. Mi padre camina despacio y yo reduzco el paso para acompañarlo.
—¿Vas a trabajar hoy?
—Tengo una reunión esta tarde.
—¿No puedes descansar?
—No.
—Siempre tienes una excusa.
—No es una excusa. Es trabajo.
—El trabajo no se va a escapar.
Lo miro.
—Mi proyecto sí podría hacerlo.
Se ríe.
—Entonces ve.
Lo dejo en casa y regreso al estudio.
Mi vida en Tokio gira alrededor de un proyecto que lleva casi dos años ocupando buena parte de mi tiempo. Se trata de la restauración de un antiguo edificio para convertirlo en un espacio cultural.
No es simplemente una obra. Para mí representa algo más.
Quiero conservar la historia del lugar sin convertirlo en un museo vacío. Quiero que vuelva a tener vida. Que la gente entre, se quede, converse, escuche música, vea exposiciones y sienta que el edificio todavía tiene algo que decir.
Por eso soy tan exigente.
Paso toda la tarde revisando planos, presupuestos y propuestas. Una de las salas principales necesita algunas modificaciones.
—Si eliminamos esta parte, podemos terminar antes —me dice uno de los responsables del proyecto.
Miro el plano.
—No.
—Nos ahorraría varios meses.
—No estamos haciendo esto para terminar antes.
—Entonces tendremos que buscar otra solución.
—Exactamente.
La reunión continúa durante horas.
Cuando finalmente termina, miro el reloj. Casi las nueve.
Me siento frente al escritorio y cierro los ojos. Estoy cansado, pero mi cabeza sigue funcionando. Pienso en todo lo que queda por hacer, en mi padre, en el viaje a Kioto y, sin querer, en Vera.
Me sorprende que su nombre aparezca en mis pensamientos.
No la conozco. No sé prácticamente nada de ella. Solo sé que se llama Vera, que está de viaje con una amiga, que le gustan los libros y que ayer, durante unos minutos, conseguimos hablar sin que ninguno de los dos supiera muy bien qué decir.
Recuerdo la librería. Su expresión cuando me reconoce. La pequeña sonrisa que aparece cuando bromeamos sobre encontrarnos tantas veces.
No sé por qué me acuerdo de eso.
Quizá porque después de verla en el hospital resulta extraño encontrarla rodeada de libros. Parecía otra persona.
Aunque quizá no.
Quizá simplemente es ella.
Y nosotros solo la vemos en momentos diferentes.
Abro los ojos.
—Deja de pensar —murmuro.
Cojo el teléfono. Tengo varios mensajes del equipo. Los reviso uno por uno y poco a poco el trabajo vuelve a ocupar mi cabeza.
Y eso es lo que necesito.
A la mañana siguiente preparo una pequeña maleta. Tengo que viajar a Kioto para reunirme con parte del equipo encargado de una de las estructuras históricas que queremos integrar en el proyecto. No estaré mucho tiempo. Uno o dos días.
Antes de salir, paso por casa de mi padre.
—¿Seguro que no necesitas nada?
—Nada.
—¿Medicamentos?
—Los tengo.
—¿Comida?
—También.
—¿Dinero?
Me mira como si acabara de preguntarle si sabe caminar.
—Alessandro.
—Solo pregunto.
—Estoy perfectamente.
Sonrío y me acerco a la puerta.
—Llámame cuando llegues —dice.
—Lo haré.
—Y no trabajes toda la noche.
—No prometo nada.
—Eso esperaba.
Salgo.
El tren parte a media mañana. Me siento junto a la ventana y saco el ordenador. Durante los primeros minutos intento trabajar, pero después cierro la pantalla.