La piel que habito

Volver a mí

Vera

Kioto me recibe con una calma que no esperaba. Después de Tokio, todo parece moverse más despacio: las calles, la gente e incluso mis pensamientos.

Llevamos dos días aquí y, por primera vez desde que llegamos a Japón, mi piel parece darme una tregua. Las lesiones no desaparecen, pero dejan de arder con la misma intensidad y la inflamación disminuye poco a poco. Puedo caminar, dormir y vestirme sin tener que pensar en cada movimiento. Y descubro cuánto extraño esas cosas cuando dejo de tenerlas.

—Estás caminando demasiado rápido —me dice Clara.

Me giro.

—¿Eso es posible?

—Contigo, sí.

—Estoy bien.

—Eso dijiste antes de terminar en urgencias.

—No empieces.

Sonríe.

—Solo intento cuidarte.

—Ya lo sé.

Seguimos caminando. Hay algo diferente en mí y no sé exactamente qué es. Quizá simplemente vuelvo a sentir mi cuerpo como algo mío y no como un problema que tengo que resolver.

Entramos en un pequeño jardín y me siento frente al estanque. El agua está completamente quieta. Clara se aleja para hacer unas fotografías y yo me quedo sola.

Miro mi reflejo. Durante unos segundos no pienso en las placas, ni en los médicos, ni en los tratamientos. Solo veo mi cara. La misma cara que sonríe cuando estoy feliz, que llora cuando algo duele y que mi madre besa antes de despedirse.

Cierro los ojos y pienso en ella.

Todavía me cuesta aceptar que no está. Hay días en los que quiero llamarla. Hay momentos en los que sucede algo y mi primer pensamiento es contárselo. Después recuerdo que ya no puedo y esa ausencia vuelve a aparecer.

Abro los ojos. Una hoja cae sobre el agua y la observo flotar.

—Te habría gustado este lugar —susurro.

No sé por qué lo digo en voz alta. Quizá porque necesito sentir que todavía puedo hablar con ella de alguna manera.

Por la tarde entramos en una pequeña tienda de arte. Paso casi una hora mirando pinturas hasta que una consigue llamar especialmente mi atención. Representa un árbol durante las cuatro estaciones. En una parte hay flores, en otras hojas verdes, después aparecen los colores del otoño y, finalmente, ramas desnudas cubiertas de nieve.

—¿Te gusta? —pregunta Clara.

—Mucho.

—Otra vez esa cara.

—¿Qué cara?

—La de "voy a comprarlo".

Me río.

—No voy a comprarlo.

Cinco minutos después salimos de la tienda con la pintura.

Clara me mira.

—No voy a decir nada.

—Gracias.

—Pero quiero dejar constancia de que tenía razón.

—Disfruta tu momento.

Seguimos caminando y, por primera vez en mucho tiempo, me río sin pensar en nada más. No pienso en mi piel, ni en mi madre, ni en el hospital, ni en el trabajo. Solo río.

Y entonces me doy cuenta de algo.

He pasado demasiado tiempo esperando que mi cuerpo me permita vivir, como si primero tuviera que estar bien para después hacer todas las cosas que quiero.

Pero quizá funciona al revés.

Quizá tengo que seguir viviendo incluso cuando no estoy bien.

Esa noche cenamos en un restaurante pequeño. Clara habla durante casi toda la cena mientras yo me dedico a escucharla. Después de un rato me pregunta:

—¿Qué quieres hacer mañana?

—No sé.

—Eso es nuevo.

—¿Qué?

—Que no tengas un plan.

Sonrío.

—Quizá quiero no tenerlo.

Clara deja los palillos sobre la mesa.

—¿Estás enferma?

Me río.

—Muy graciosa.

Miro mi vaso de agua durante unos segundos.

—Creo que necesito aprender a no tenerlo todo controlado.

Clara me observa con una expresión divertida.

—¿Eso lo dices tú?

—Sí.

—¿Quién eres y qué has hecho con Vera?

Me río otra vez.

—No lo sé.

Pero quizá, por primera vez, estoy empezando a descubrirlo.

Al día siguiente salimos sin itinerario. No visitamos ningún lugar importante ni buscamos monumentos. Simplemente caminamos. Entramos en una cafetería, después en una librería donde, por supuesto, termino comprando otro libro. Al salir escuchamos a un músico tocar en la calle y nos quedamos unos minutos escuchando la melodía.

La música llena el espacio entre los edificios. Cierro los ojos y, durante unos segundos, siento algo parecido a la paz.




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