Vera
El tren de regreso a Tokio avanza mientras observo el paisaje a través de la ventana. Kioto va quedando atrás poco a poco y, aunque solo hemos estado unos días, tengo la sensación de haber dejado algo allí. No sé exactamente qué. Quizá la tranquilidad. Quizá esa versión de mí que aparece cuando nadie me obliga a tener prisa.
Clara está sentada frente a mí revisando las fotografías que ha hecho durante estos días. De vez en cuando me enseña alguna y yo sonrío, aunque apenas presto atención. Estoy pensando en todo lo que ha ocurrido desde que llegamos: el hospital, mi madre, Alessandro y estos últimos días en los que, por primera vez en mucho tiempo, consigo simplemente estar.
Me sorprende que su nombre vuelva a aparecer en mi cabeza. No lo conozco. Solo hemos hablado unos minutos y, sin embargo, hay algo en aquel encuentro que permanece conmigo. Quizá porque todo ocurre de una manera demasiado extraña. Nos vemos en el museo, después en el hospital y finalmente en una librería. Tres lugares completamente diferentes, tres momentos en los que ninguno de los dos espera encontrarse con el otro.
Sonrío al recordar nuestra conversación.
—¿Qué estás pensando? —pregunta Clara.
La miro.
—En nada.
—Eso nunca es verdad contigo.
—Estoy pensando en Kioto.
—¿Te ha gustado?
Miro nuevamente por la ventana.
—Mucho.
—Lo sabía.
—¿Qué sabías?
—Que necesitabas venir.
No respondo porque tiene razón. Cuando salgo de Tokio estoy convencida de que necesito escapar de todo. Ahora entiendo que quizá no estaba intentando escapar. Solo necesitaba dejar de correr durante unos días.
El tren continúa avanzando y, por primera vez en mucho tiempo, no siento ninguna necesidad de saber qué viene después.
Llegamos a Tokio por la tarde. La estación vuelve a recibirme con su ruido habitual: personas caminando deprisa, anuncios, trenes que llegan y salen, conversaciones que se mezclan unas con otras.
Clara mira el itinerario que lleva guardado en el teléfono.
—Tenemos que revisar qué hacemos mañana.
—Podemos hacerlo después.
—Vera.
—¿Qué?
—Tenemos un viaje planeado.
—Lo sé.
—Y todavía nos quedan varios lugares.
—También lo sé.
Me mira con desconfianza.
—¿Qué estás tramando?
—Nada.
—Eso me preocupa más.
Me río.
—Solo quiero descansar esta tarde.
—¿En el hotel?
Pienso unos segundos.
—No.
—Entonces, ¿qué quieres hacer?
Miro hacia la salida de la estación.
—Caminar.
Clara sonríe.
—Eso sí lo entiendo.
Salimos sin decidir demasiado. Caminamos durante un rato y dejamos que la ciudad nos lleve de un lugar a otro. Tokio vuelve a envolverme con su ritmo, pero esta vez no siento que tenga que seguirlo. Puedo caminar más despacio, detenerme, entrar en una tienda si algo llama mi atención o simplemente no hacer absolutamente nada.
Y descubro que eso también es viajar.
Después de un rato, Clara se detiene frente a una cafetería.
—Necesito sentarme.
—¿Cansada?
—Tengo derecho a estarlo.
—Por supuesto.
Entramos y conseguimos una mesa junto a la ventana. Mientras esperamos, saco el teléfono y reviso algunos mensajes. Hay correos del trabajo, varias notificaciones y un mensaje de mi padre preguntando si hemos llegado bien.
Le respondo que sí.
Después apago la pantalla.
No quiero abrir ningún correo. No hoy.
Clara me observa.
—¿No vas a mirar el trabajo?
—No.
—¿Seguro?
—Completamente.
—Estoy orgullosa de ti.
—No exageres.
—Para ti esto es un acontecimiento histórico.
Sonrío. Quizá lo sea.
Después del café, Clara quiere volver al hotel. Yo, en cambio, sigo caminando. No tengo un destino concreto. Solo quiero aprovechar las últimas horas de luz.
Termino entrando en una pequeña galería que encuentro casi por casualidad. No es una exposición importante ni aparece en ninguna de las recomendaciones que tenemos apuntadas. Es simplemente un espacio pequeño con varias obras de artistas contemporáneos.