Vera
Nara nos recibe con un ritmo completamente diferente al de Tokio. Después de varios días entre estaciones, calles llenas de gente y edificios que parecen no terminar nunca, caminar por aquí me produce una sensación extraña. Todo parece más tranquilo: las calles, la gente e incluso mis propios pensamientos.
Clara lleva la cámara colgada al cuello y no deja de detenerse para hacer fotografías. Yo camino a su lado con las manos dentro de los bolsillos del abrigo, observando todo sin necesidad de sacar el teléfono.
—¿Te gusta? —pregunta.
—Mucho.
—Estás muy callada.
—Estoy pensando.
—Eso ya lo sé.
Sonrío.
—Estoy intentando no pensar demasiado.
—Eso sí que sería un milagro.
Seguimos caminando hasta llegar a una zona del parque donde los ciervos se acercan a los visitantes sin demasiado miedo. Clara se emociona inmediatamente y empieza a buscar al que, según ella, tiene la cara más simpática.
—Mira ese.
—Lo estoy viendo.
—No, ese de allí.
—Clara, hay veinte.
—Ese tiene cara de simpático.
La miro y no puedo evitar reírme.
—¿Cómo sabes eso?
—Se le nota.
Durante unos minutos me olvido de todo. De la enfermedad, de mi madre, del trabajo y de las preguntas que todavía no tienen respuesta. Uno de los ciervos se acerca a Clara y ella intenta darle de comer mientras yo la observo intentando mantener la seriedad.
—No te muevas —le digo.
—¿Por qué?
—Porque creo que le has caído bien.
—Lo sabía.
Empiezo a reírme cuando el animal se acerca todavía más y Clara intenta mantener la calma. Hacía mucho tiempo que no me reía así, sin esfuerzo y sin pensar después en nada.
Continuamos caminando durante buena parte de la mañana. Mi cuerpo todavía no está completamente recuperado, pero puedo moverme con bastante más facilidad. Hay momentos en los que siento una ligera molestia en las piernas y otros en los que el picor vuelve a aparecer, pero ya no ocupa cada uno de mis pensamientos.
Eso me hace sentir algo parecido a la esperanza. No porque crea que la psoriasis ha desaparecido. Sé perfectamente que no. Simplemente porque durante unas horas puedo dejar de pensar en ella.
Llegamos a una zona tranquila y nos sentamos en un banco. Clara abre una botella de agua y me mira durante unos segundos antes de preguntarme:
—¿Cómo estás realmente?
—¿Qué quieres decir?
—Ayer estabas bien. Hoy también. Pero quiero saber cómo estás de verdad.
Miro hacia delante antes de responder.
—Creo que estoy mejor.
—¿Por la piel?
Pienso unos segundos.
—También.
—Entonces, ¿por qué?
Respiro profundamente.
—Porque estoy empezando a entender que no todo tiene que estar bien para que yo pueda estar bien.
Clara permanece en silencio. Después sonríe ligeramente.
—Eso ha sonado bastante profundo.
—No te acostumbres.
Se ríe.
—No pensaba hacerlo.
Miro hacia los árboles.
—Creo que durante mucho tiempo he esperado a que mi cuerpo estuviera bien para permitirme vivir normalmente.
—¿Y ahora?
—Ahora estoy intentando dejar de esperar.
Clara asiente y no dice nada más. Se lo agradezco. A veces no necesito que alguien responda. Solo necesito poder decir lo que pienso.
Por la tarde entramos en una pequeña cafetería. Pedimos algo caliente y nos sentamos junto a la ventana. Saco mi cuaderno del bolso y Clara me mira sorprendida.
—¿Desde cuándo llevas eso?
—Desde antes del viaje.
—Nunca te lo había visto.
—Porque nunca lo usaba.
Abro una página en blanco.
—¿Y ahora?
—No lo sé.
Cojo el bolígrafo y empiezo a escribir. No pienso demasiado en lo que pongo. Solo dejo que las palabras aparezcan. Escribo sobre Tokio, sobre Kioto, sobre mi madre, sobre la exposición de las mariposas, sobre el hospital y sobre la sensación de volver a caminar sin dolor.
No escribo sobre Alessandro.
Cuando termino, leo lo que he escrito. No parece una historia. Son simplemente pensamientos, pero me gusta verlos ahí, fuera de mi cabeza.
Cierro el cuaderno.
—¿Qué has escrito? —pregunta Clara.