La piel que habito

Osaka

Vera

Osaka es todo lo opuesto a Nara aquí hay mucho ruido. Así que, el cambio resulta casi divertido. Clara sale de la estación mirando hacia todas partes.

—Creo que hemos vuelto a Tokio.

—No.

—¿Seguro?

—Bastante.

—Porque esto parece igual de caótico.

Me río.

—Es Osaka.

—Entonces me gusta.

Caminamos durante horas. La ciudad tiene una energía diferente. Las calles están llenas de luces, restaurantes y personas que entran y salen de las tiendas. Me dejo llevar sin pensar demasiado en dónde tenemos que estar después.

No tengo ningún lugar al que necesite llegar.

Eso sigue siendo extraño para mí. Normalmente tengo una agenda, horarios, reuniones, reservas y planes alternativos por si algo sale mal. Ahora simplemente camino.

A media tarde entramos en una tienda de música. No tenía pensado hacerlo, pero una canción que suena desde dentro consigue detenerme.

Me quedo quieta.

La reconozco.

Es una canción que mi madre escuchaba muchas veces. No es especialmente triste; de hecho, recuerdo que siempre la ponía mientras cocinaba.

La escucho durante unos segundos.

Clara me mira.

—¿Estás bien?

Asiento.

—Sí.

No quiero que cambien la canción. Quiero escucharla completa.

Cierro los ojos y, por un instante, vuelvo a estar en su cocina. Ella mueve una sartén mientras canta mal a propósito y yo me río desde la mesa.

Es un recuerdo sencillo.

Pero es mío.

Cuando termina la canción, abro los ojos. Clara no dice nada. Solo me aprieta suavemente el brazo.

—Gracias —susurro.

—¿Por qué?

—Por no decir nada.

—No tienes que agradecerme eso.

Salimos de la tienda unos minutos después y seguimos caminando. No vuelvo a pensar en mi madre durante el resto de la tarde y, cuando lo hago, no me duele de la misma manera.

Quizá eso también sea avanzar.

Esa noche cenamos en Dotonbori. Clara quiere probar absolutamente todo y termino riéndome de sus intentos por decidir qué pedir.

—No puedes pedir seis platos.

—Claro que puedo.

—Somos dos personas.

—Podemos compartir.

—Eso dijiste la última vez.

—Y funcionó.

Al final, efectivamente pedimos demasiado. Comemos despacio mientras observamos las luces reflejadas sobre el agua.

—¿Sabes qué? —dice Clara.

—¿Qué?

—Creo que te hacía falta esto.

—¿Comer demasiado?

—No.

—Entonces, ¿qué?

—Volver a hacer cosas porque quieres hacerlas y no porque tengas que hacerlas.

Miro hacia el otro lado.

—Quizá.

—No tienes que decirlo.

Sonrío.

—Lo sé.

Después de cenar caminamos un rato más, pero mi cuerpo empieza a cansarse y finalmente me detengo.

Clara me mira inmediatamente.

—¿Te duele?

—Un poco.

—¿Quieres volver?

Miro las luces antes de responder.

—Sí.

Esta vez no intento demostrar que puedo continuar. No me avergüenza decir que estoy cansada, no me enfada necesitar descansar. Simplemente lo acepto.

Y quizá ese también sea un pequeño cambio.




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