Vera
Hiroshima es diferente a cualquier otro lugar que hemos visitado durante el viaje. Hay algo en el ambiente que me obliga a caminar más despacio. No sé si es el lugar, la historia o simplemente la manera en la que algunas ciudades consiguen hacer que uno piense.
Clara y yo caminamos durante un largo rato sin hablar demasiado. No necesito llenar el silencio. A veces el silencio también puede acompañar.
Visitamos varios lugares y escuchamos historias que hacen que me quede pensando durante mucho tiempo. Me doy cuenta de lo fácil que es creer que tenemos el control de nuestras vidas. Planeamos, organizamos, decidimos y pensamos que sabemos lo que ocurrirá mañana.
Después basta un instante para que todo cambie.
Mi madre lo sabía. Quizá por eso siempre insistía tanto en disfrutar las cosas pequeñas: una llamada, un café, un libro, una conversación, una tarde cualquiera.
No sabía que algún día iba a entender sus palabras precisamente porque ya no estaría aquí para repetírmelas.
Por la tarde nos sentamos cerca del agua. Clara permanece a mi lado.
—¿Quieres volver al hotel?
Niego con la cabeza.
—Todavía no.
—¿Quieres hablar?
Miro hacia delante.
—No.
—Está bien.
Me quedo en silencio durante unos minutos. Después, sin apartar la mirada, digo:
—Creo que estoy empezando a despedirme.
Clara me mira.
—¿De tu madre?
Asiento.
—No quiero despedirme de ella. Nunca. Pero creo que tengo que despedirme de la versión de mí que se quedó atrapada el día que murió.
Clara no responde. Solo me toma de la mano.
Y esta vez dejo que lo haga.
No lloro. No porque no me duela, sino porque por primera vez el recuerdo de mi madre no llega acompañado únicamente de la sensación de pérdida.
También aparece su risa, su voz, sus libros, las fotografías que me enviaba y su manera de cocinar. Recuerdo la frase que siempre me decía antes de marcharme.
Llámame cuando llegues.
Sonrío.
—He llegado, mamá —susurro.
Clara me mira.
—¿Qué?
Niego con la cabeza.
—Nada.
Pero sé que no es nada.
Es algo.
Quizá es la primera vez que siento que puedo seguir adelante sin sentir que estoy dejándola atrás.
Esa noche, en el hotel, abro el cuaderno. Escribo durante bastante tiempo. Cuando termino, no vuelvo a leerlo. Lo cierro y me quedo unos segundos mirando la portada.
Me siento extrañamente tranquila, mañana regresamos a Tokio y por primera vez desde que salimos de casa, tengo ganas de volver. No porque quiera regresar a mi antigua vida, sino porque quiero descubrir cómo será la nueva.