La piel que habito

El regreso

En sus últimos meses, su salud había empeorado mucho. Ya no se trataba únicamente de la rutina que había aprendido a llevar durante tantos años, ni de las molestias que de alguna manera había aprendido a soportar, sino de un deterioro que empezaba a hacerse cada vez más evidente. Caminar unos pocos pasos podía dejarlo completamente agotado y con una dificultad enorme para respirar. Se ahogaba con facilidad y muchas veces necesitaba detenerse, esperar y recuperar el aire antes de poder continuar. Su cuerpo estaba acumulando demasiado líquido y sus pulmones también estaban afectados, haciendo que algo tan sencillo como respirar se convirtiera en un esfuerzo. Por las noches la situación podía ser todavía más complicada, porque acostarse no siempre le permitía descansar. A veces sentía que le faltaba el aire y necesitaba permanecer sentado para poder respirar mejor.

Según me contó la mujer de su padre, hubo noches en las que, cuando se quedaba con ellos, la única manera que encontraba para descansar era sentándose sobre sus piernas. Su padre lo sostenía mientras él intentaba quedarse dormido, permaneciendo allí el tiempo que fuera necesario. Imaginar esa escena me resulta difícil incluso ahora. Después de tantos años en los que mi hermano había tenido que aprender a convivir con su enfermedad, llegar a un punto en el que ni siquiera podía dormir tranquilamente debía ser agotador para él, pero también debió ser muy duro para su padre verlo así. Aun así, allí estaba, sosteniéndolo, buscando la manera de que pudiera pasar aquella noche un poco mejor.

Su cuerpo estaba cada vez más debilitado, pero él seguía intentando hacer su vida dentro de lo que podía. Seguía hablando con las personas que quería, haciendo bromas y buscando momentos en los que pudiera olvidarse, aunque fuera durante un rato, de todo lo que estaba pasando. No quería que cada conversación girara alrededor de su enfermedad ni que cada día se convirtiera únicamente en una espera entre una complicación y otra. Había aprendido a vivir con muchas limitaciones, pero eso no significaba que hubiera dejado de tener ilusiones. Había terminado sus estudios, todavía esperaba su graduación y seguía pensando en todo aquello que quería hacer algún día.

Por eso, cuando recuerdo aquella etapa, intento no verla únicamente desde el miedo que podía provocar su estado de salud. También quiero recordar al muchacho que seguía estando detrás de todo aquello: el que hacía reír a los demás, el que quería compartir con sus amigos, el que tenía planes y hablaba de su futuro como si todavía tuviera todo el tiempo del mundo. Quizá nosotros veíamos que su cuerpo estaba llegando a un límite, pero él todavía encontraba razones para mirar hacia adelante. Y mientras pudiera hacerlo, seguramente eso era lo que quería seguir haciendo: vivir como él, no como su enfermedad.

y quedarse así con él, sosteniéndolo mientras conseguía conciliar el sueño.

Hay imágenes que no necesitan haber sido presenciadas para quedarse dentro de una familia. La imagen de un padre sosteniendo a su hijo porque su propio cuerpo ya no le permite dormir tranquilamente es una de ellas. Durante años, él había necesitado ayuda para muchas cosas relacionadas con su enfermedad, pero aquella situación era diferente. Su cuerpo estaba cada vez más debilitado y las dificultades ya no aparecían solamente en momentos concretos, sino que empezaban a formar parte incluso de las cosas más básicas: caminar, acostarse o simplemente respirar. Había noches en las que, cuando se quedaba con su padre, no podía dormir acostado porque le faltaba el aire, así que tenía que sentarse sobre sus piernas mientras su padre lo sostenía y permanecía allí con él hasta que conseguía descansar. Pensar en eso resulta difícil, sobre todo porque detrás de aquella imagen hay un padre viendo cómo su hijo lucha por algo tan sencillo como poder dormir.

Y, sin embargo, seguía siendo él. Seguía haciendo bromas, hablando con las personas que quería y buscando cualquier oportunidad para distraerse de todo aquello que estaba viviendo. Seguía pensando en sus estudios, en lo que vendría después y en las cosas que todavía quería hacer. Eso es algo que considero importante contar porque sería muy fácil mirar sus últimos meses únicamente desde la enfermedad y olvidar que, incluso cuando su cuerpo le recordaba constantemente sus límites, él seguía intentando vivir como cualquier otro muchacho. Tenía amigos, gustos, sueños, sentido del humor y ganas de hacer cosas. No quería que cada conversación girara alrededor de cómo se sentía ni que las personas que lo rodeaban lo miraran únicamente desde su condición.

Quizá esa era una de sus mayores fortalezas. No porque no tuviera miedo, ni porque todo le resultara fácil, sino porque intentaba que la enfermedad no ocupara cada espacio de su vida. Había aprendido a convivir con ella durante tantos años que, incluso en los momentos más difíciles, todavía encontraba la manera de buscar algo que le hiciera sentir que seguía siendo él. Pero su cuerpo estaba llegando a un punto muy delicado y cada vez resultaba más difícil ignorarlo. Nosotros lo veíamos empeorar, sabíamos que estaba pasando por un momento complicado, pero nadie podía imaginar hasta dónde llegaría aquello ni que el tiempo que creíamos tener sería mucho más corto de lo que pensábamos.




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